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Análisis

Joaquín Aurioles

El equilibrio del miedo

El problema de las profecías alarmistas en economía es que pueden terminar cumpliéndose por el simple hecho de haber sido formuladas. No tienen porqué ser acertadas. Si resultan lo suficientemente convincentes como para generar desconfianza o miedo en algunos agentes, el efecto rebaño o de manada hará el resto. El mundo financiero es particularmente sensible a este fenómeno, pero también el real. Podría ser el caso de las irresponsables declaraciones de la ministra de Trabajo sobre que el turismo, la cultura y el ocio no podrán reactivarse antes de final de año. No solo por el desánimo sobre potenciales usuarios, sino también de productores e inversores y la posibilidad de que el impacto sobre la actividad y el empleo sea superior al justificable por razones de seguridad.

El miedo nos protege frente a decisiones arriesgadas en contextos de incertidumbre, pero ¿es racional? "Sólo los pilotos viejos tienen miedo", decían durante la Primera Guerra Mundial, cuando los jóvenes pilotos se lanzaban a operaciones con escasas probabilidades de salir vivos. Pero la aceptación de riesgos excesivos puede ser tan irracional como lo contrario. La probabilidad de ser víctimas de un ataque terrorista es muy reducida, pero aceptamos solidariamente restricciones de libertad por razones de seguridad colectivas, a pesar de vivir en los contextos sociales más seguros de la historia.

La irracionalidad de los comportamientos que provoca hace del miedo una herramienta política útil. Mensajes como el estado de alarma o el caos, la crítica al Gobierno erosiona la unidad nacional en la lucha contra la pandemia o la coalición de gobierno con la izquierda radical sólo puede terminar en el abismo nos indican que el miedo es ingrediente habitual en las estrategias de los partidos políticos. Puede que sea lícito hacerlo, pero la utilización del miedo para influir sobre las conciencias de los individuos puede provocar reacciones colectivas en absoluto indiferentes para otros ámbitos de la convivencia ajenos a la política y muy particularmente para la economía. Las decisiones económicas contienen niveles de riesgo que los agentes confrontan con las compensaciones esperadas y determinan su aceptación o rechazo, con su consiguiente repercusión sobre el nivel de actividad y empleo y sobre el progreso en general.

El conflicto es de naturaleza similar al que enfrenta a los economistas en torno a las consecuencias a corto y largo plazo de las políticas económicas. La diferencia es que a largo la economía completa todos los ajustes que provoca la medida, mientras que a corto la reacción es parcial y puede que incluso contradictoria con el ajuste final. Por ejemplo, se puede aceptar un mayor déficit fiscal para pagar las pensiones este mes, pero la acumulación de déficits podría obligar a tener que reducirlas en unos años. El miedo es saludable y la prudencia acostumbra a situarse en posiciones intermedias del rango entre los niveles máximos de seguridad y riesgo, aunque R. Shiller, Premio Nobel de Economía en 2013, advertía hace unos días que el exceso de miedo puede llevar a deprimir la economía más allá de lo estrictamente necesario.

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