Relatos de verano

Braulio Ortiz

Los días en Vermont (II)

Amelia no esperaba que se cumpliera un sueño y que pese a ello no llegara la calma: seguía necesitando, y cada vez lo necesitaba más, que todo estuviese en orden

Amelia no esperaba que la nostalgia pudiese ser un estallido, un sobresalto similar al de una película en la escena en que disparan a un hombre y sus vísceras y su sangre se esparcen por el entorno; no esperaba que el ánimo pudiese romperse de improviso y desparramarse como un vaso que contiene líquido; que oiría la palabra Vermont y que su olfato recordaría el mar y los pinos y ella recuperaría a aquella chica que entre sus muchos intereses estudiaba botánica y deseaba conocer los nombres de los árboles y las plantas, pinus pinea, pino piñonero, arrayán o mirto, myrtus communis.

Amelia no esperaba que se cumpliera un sueño y que pese a ello no llegara la calma: seguía necesitando, y cada vez lo necesitaba más, que todo estuviese en orden, perfectamente alineado, todo en su sitio como si de una maldita casa de muñecas o de un museo romántico se tratara. Como si ante la falta de miedos reales el caos, un caos doméstico e insignificante, se hubiese erigido en un monstruo pavoroso.

Cuando llamó Ernesto -Amelia había ido al gimnasio porque el ejercicio la serena-, a ella le resuena todavía, porque aquella observación le sonó hiriente como un reproche y los reproches tienen un largo eco, aquello que le había dicho la psicóloga: ¿No deberías sentir algo de gratitud?

Ernesto le dice que su primo, el mamón, va a tirar Vermont, y le dice también que hace ya un cuarto de siglo, y la llama aviadora, y Amelia acepta la idea de la fiesta, sepultemos con una celebración esta añoranza, se entusiasma con el plan y lo comparte con Leticia, pero también se pregunta si está fuerte de ánimos para sobrellevar el recelo. Elisa, por ejemplo, que no pudo escapar de su pueblo, ¿no va a recriminarle su golpe de suerte? ¿Acaso la reina del agravio, como la definió Ernesto, la mujer a la que el mundo puso todo tipo de obstáculos y que añadió a esa dificultad una afición malsana por inventar conspiraciones y ataques contra ella, no va a mostrarle su desaprobación? Con una sonrisa torcida, pero con una voz suave y una actitud aparentemente mansa que Amelia no podrá interpretar como una invitación al enfrentamiento, le lanzará dardos del tipo podías haber compartido el premio o tú no tendrás queja, ¿no? o ¿recuerdas lo que es estar más de un año en un mismo sitio? Ociosa, burguesa, privilegiada.

Ernesto ha fijado la fecha del reencuentro: el 9 y el 10 de mayo. Lo demás aún es impreciso, le han pedido a Elisa que se encargue.

Amelia deja el gimnasio, ya se ha duchado, y mientras pasea por South Kensington en dirección a su piso calibra las consecuencias de volver a Vermont. En el camino repara en una ironía: ella y Elisa nunca encajaron porque a la primera, firme y decidida, le sacaba de quicio ese carácter pusilánime y temeroso de la segunda, pero el tiempo no ha hecho sino acercar sus temperamentos. ¿No se ha vuelto ridículamente frágil y asustadiza, Amelia, con su carisma devorado por los trastornos? Anda a paso rápido para dejar atrás sus propios fantasmas, pero no puede evitar enredarse en sus cavilaciones: supone que ser joven es creer que puedes hacerlo todo y hacerse mayor no es sino la constatación de los fracasos, e irrumpen en su reflexión -porque ella posee una memoria prodigiosa por la que le vuelven una y otra vez diálogos de películas o fragmentos de libros, tu memoria de opositora, le dice Ernesto a veces- unos versos de Luis Muñoz que anotó en un taller de poesía: ese tiempo feliz, siempre perdido, / esa estación dorada que tuviste.

En estos años, desde que ganó aquel sorteo de la Primitiva, se ha inscrito en cursos de las disciplinas más dispares: de literatura inglesa, de escritura, de historia del arte, de ciencias políticas, de decoración de interiores, de interpretación, de repostería, de cocina japonesa, de enología, de inglés y de francés y de italiano, no tienes razón, Elisa, nopuedes llamarme ociosa, yo quería aprender, estudiar, enriquecerme, y ha residido en Cambridge, Bérgamo, París, San Sebastián, Buenos Aires, allí apenas un mes porque coincidió su estancia con un invierno húmedo y se cansó de las lluvias y sintió una soledad desoladora, paradójicamente ahora vive en Londres donde llueve a menudo y a menudo la invade el desamparo, y en ese periplo conformado por la improvisación y el capricho, en esa existencia a salto de mata, ha llegado a algunas conclusiones íntimas que sólo ha confesado a Ernesto: que ese premio que le permitió todo tipo de experiencias la salvó, porque ella, tan inquieta y activa, en realidad desconocía a lo que quería dedicarse. Y que esa repentina prosperidad también la condenó, porque inoculó en ella una falta de confianza inédita hasta entonces: ¿Y si su buena estrella conlleva algún tipo de castigo? ¿Y si antes o después aparece, por ejemplo, una enfermedad? ¿No ha sido ya demasiado afortunada frente al resto del mundo, y no debería pagar los privilegios de los que ha gozado?

Amelia llega al fin a su pequeño apartamento, escapa de las sombras de una noche mal iluminada, se sirve un vaso de zumo de naranja y decide evadirse encendiendo un rato la televisión, buscando algún programa de los cocineros que le gustan, Nigella Lawson, Lorraine Pascale o Los fabulosos hermanos panaderos, pero antes de sentarse en el sofá su pensamiento obsesivo la sacude con una pregunta incómoda: ¿Debió decirle alguna vez a Ernesto que lo quería?

Nunca sospechó que la nostalgia, no sabe qué movimiento ha hecho que se ha derramado el zumo, podía estallarle en las manos como una maldita granada.

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