Análisis

luis alberto del castillo

Exposición de motivos

Mi mente ha cavilado hasta hallar un título genérico para esta nueva serie de artículos. Es evidente que nuestro mundo vive unos tiempos de cambios. España y nuestra comarca llevan un gran número de papeletas en esta rifa. La irrupción del coronavirus, también nombrado Covid-19, ha irrumpido de manera sorpresiva en nuestra civilización. Es indudable y no hace falta ser muy listo para advertir las mutaciones profundas acaecidas en nuestros hábitos de vida. Incluso en los usos y modos de hablar y no nombramos las palabras nuevas, entre las que sobresale con todo mérito, … o demérito, "desescalada". Así, en el caso del confinamiento, me decía mi gran amiga y compañera de docencia, María Luisa Martín: "Luis, estás bien confitado con este mes de confinamiento". Y más adelante comentándolo con mi caro amigo, Alberto González Troyano, me hacía la siguiente aclaración y apostillaba: "Luis, Marisa ha utilizado bien el calificativo confitado, tú vienes de una familia de confiteros y no de pasteleros como se dice ahora". No pude por menos que reírme ante las ocurrencias de mis dos buenos amigos.

Y seguimos con grandes amigos que con sus preguntas u ocurrencias no cesan de suministrarme temas para lo de los "cambios". Me llamó hace unos días José Maria Baena para comentarme si yo sabía algo sobre una noticia de un amigo suyo, inglés, sobre unos Cristos pintados en San Roque y en Algeciras, que había leído en un diario nacional. Según él, la clave era que lo habían pintado unos soldados durante la guerra civil y no había manera de borrarlos y habían originado un extenso culto popular. Le respondí que del Cristo de San Roque, con todo mi respeto, "ni flores a María". Pero que el referido a Algeciras lo recordaba, pues había ido de pequeño a rezarle junto con mi madre y demás miembros femeninos de mi familia. Era el famosísimo Cristo del no menos famoso "Patio del Cristo".

De todo ello y lo que pasó y de otras muchas cosas hablaré en otros artículos. Pues, recordando a mi admirado profesor de Filosofía: "no existe mejor remedio contra los días aciagos que los recuerdos".

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