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Análisis

PANDEMIA Manuel barea 61

Discos contra el virus y las cacerolas

Había afilado los dedos para extraerle sangre al teclado con el asunto de las manifestaciones, el caceroleo, el cabreo, la indignación y todo eso... Bah. Que lo hagan otros. A diestra y siniestra. Y por el centro también. La toma de la calle es legítima cuando la ocupan los míos con sus reivindicaciones justas y proporcionadas. Cuando la ocupan los otros es usurpación de la vía pública, una algarada callejera, disturbios y desmanes. Cuando la hacen los míos es libertad de expresión. Cuando la hacen los otros es una bronca injustificada, una acción con fines oscurísimos y un evidente interés desestabilizador. Cuando la hacen los míos es desde el libre ejercicio de la crítica ciudadana. Cuando la hacen los otros es ruido caprichoso y ganas de molestar. Una cacerolada contra el Rey la organizan "unos piojosos antisistema" y una cacerolada contra el Gobierno la organizan "unos ricachones fachas".

Así que iba por la calle tranquila y vacía, por en medio de la calzada gracias al escaso tráfico, barruntando los zascas que iba a endiñar en la entrada de hoy -la 61, dos meses ya, se dice pronto- y creí tener una aparición. No podía ser. Me froté los ojos. Y después los abrí mucho. No era un espejismo. El estado de alarma había saltado por los aires. Ahora sí. La puerta de Record Sevilla estaba abierta y a medida que me iba acercando fui percibiendo la música que salía de su interior y luego entré con mi mascarilla y mis guantes y me fui a las bateas de discos y empecé a hurgar en ellos como si hubiera descubierto la tienda, como si fuera la primera vez que entraba en ella. De nuevo estaba delante de todos esos nombres y de todos esos títulos. Y muchos de ellos, otra vez, por enésima vez, me hipnotizaron, y ahí estaba yo, en el centro del conjuro, maldiciendo y al mismo tiempo casi alegrándome de que el plato esté encerrado en un confinamiento de enseres -casi el 90% de la casa- en un lejano guardamuebles del extrarradio: maldiciendo porque para qué me iba a llevar algunos vinilos a los que le eché el ojo si no voy a poder escucharlos ahora, y casi alegrándome de que sea así para no triturar la economía doméstica, con la que hay que ser en estos tiempos más cuidadoso que nunca (esto es mentira: sé que iré a por esos vinilos que estarán guardados hasta que recupere el giradiscos).

Así que salí de Record Sevilla con unos cuantos CD bajo el brazo: uno de Teenage Fanclub que se me había escapado en su día y otro de Tindersticks que también se había fugado en su momento, uno de Oxford Collapse, a los que descubrí en internet, y el Logos de Atlas Sound. Y a siete euros. Y sí, dejé atrás la tienda ignorando la pandemia. Puede que le llamen escapismo. Tal vez los de las cacerolas estén más comprometidos, sí, ¿pero con qué?

Sabía que por la noche, al pinchar los discos, conseguiría con la música lo que Cortázar le atribuye en El perseguidor: borrarme del mapa durante un par de horas.

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