Análisis

francisco andrés gallardo

Ana Orantes

Se ha tardado demasiado, 21 años, para que un ayuntamiento andaluz reconozca la valentía y el testimonio de Ana Orantes, que pagó cruelmete con su vida, en diciembre de 1997, tras haber aparecido en Canal Sur. La sensibilidad general hacia la violencia en los hogares giró de forma brusca ante una tragedia inaudita. Orantes estaba ya muerta tras tantos años de malos tratos, abusos y agresiones. Su relato, autodescrito con una melancolía acre, llevó al maltratador, al verdugo diario, a su última venganza vil.

Bien tarde llegan ya nuestros ayuntamientos a reconocer la figura de esta granadina ultrajada, pero bien está si ahora se suman otros muchos a Sevilla. No puede ser de otra forma. Tras tantas avenidas rotuladas en honor de pájaros, vegetales, planetas o lugares que más bien nos importan poco, el nomenclátor local está para dar importancia y relieve a figuras así: como el de esta mujer de Cúllar Vega que ya debió tener redaños para plantarse ante Irma Soriano y desgranar todo su sufrimiento acumulado, sabiendo en el fondo que era una guerra perdida. Un grito ahogado en su resignación.

Bienvenido sea ese rótulo para Ana Orantes y también para otras mujeres que nunca estuvieron llamadas a los honores pero con las que toda la sociedad está en deuda por su propio fracaso. Es un auténtico ejercicio de memoria histórica que salta con pértiga sobre intereses y resquemores políticos particulares.

También el homenaje a Ana Orantes pone en mayúscula la labor social de la televisión pública y en concreto de un Canal Sur que ahora está en la encrucijada de su destino. Tal vez hasta ahora el valor de aquella mujer estaba minimizado por muchos porque lo concebían como una desgraciada anécdota, más bien tremenda, de la pantalla de casa. Pero tuvo un papel desencadenante que ahora incluso nos sobrecoge. Qué satisfacción para esos hijos que sufrieron junto a una madre asesinada contemplar el rótulo que le rinde tributo y que nos pone en la cara nuestra propia vegüenza.

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