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Contra la melancolía

  • Lumen recupera el regocijante ensayo en el que Edith Sitwell reunió las disparatadas peripecias de algunos de los ejemplares más extravagantes de la aristocracia inglesa

Era sin duda la persona apropiada para escribir este libro, que alcanzó un éxito considerable entre sus paisanos y fue, junto con la singular biografía que dedicó a la reina Isabel I -Fanfare for Elizabeth (1946), publicada en España por Planeta-, su obra en prosa más difundida. En efecto, Edith Sitwell, más conocida como poeta, y considerada una de las referencias del Movimiento Moderno de entreguerras por críticos tan perspicaces como Cyril Connolly, reunía todas las cualidades necesarias para convertir el relato de las locuras y extravagancias de un puñado de personajes disparatados en un ensayo memorable. La primera de ellas, la excentricidad, pues sólo alguien que simpatizara de verdad con quienes llevan al extremo la "exageración de las actitudes corrientes en la vida", podía captar lo que tienen en común tipos humanos tan distintos y extraordinarios como los aquí recogidos, entre los cuales, es costumbre repetirlo, podría haber figurado ella misma.

Perteneciente a una ilustre familia de la aristocracia inglesa, Edith Sitwell optó, como sus hermanos menores Osbert y Sacheverell -los tres fueron escritores y colaboraron en salones, antologías, recitales o espectáculos teatrales-, por dedicarse al cultivo de la literatura. Coetánea de los integrantes de Bloomsbury y partidaria de las tendencias poéticas más innovadoras, fue admirada por T. S. Eliot y protegió a jóvenes escritores como Dylan Thomas o Denton Welch. De carácter rompedor y ferozmente independiente, cortó muy pronto el contacto con sus padres, con los que mantuvo una relación tempestuosa, y permaneció soltera toda su vida. Su propio aspecto físico, que ella realzaba con su afición a los disfraces y los vestidos estrafalarios, llamaba la atención, no en vano fue retratada por los pintores y fotógrafos más celebrados de su época. Al final de su vida fue designada Dama de la Orden del Imperio Británico y se convirtió al catolicismo, poco antes de quedar confinada en una silla de ruedas. Además de sus poemas y de una autobiografía póstuma, escribió, entre otros, un libro sobre Alexander Pope y una novela basada en la vida de Jonathan Swift.

Publicado en 1933, English Eccentrics -reeditado por Lumen en la misma traducción de Jordi Fibla, de finales de los ochenta- es un libro original, divertido e inteligente que explota el filón, tan british, de las manías y rarezas de la nobleza, aunque no todos los personajes recogidos pertenecen a la aristocracia. Dividido en diecisiete capítulos, a cual más asombroso, por sus páginas desfilan anacoretas, charlatanes, alquimistas, aventureros, naturalistas, literatos, deportistas, petimetres, piratas, un variado repaso a las formas que puede adoptar el desafío a las convenciones. Sabemos así de la moda dieciochesca de alojar a un ermitaño, contratado al efecto, en los terrenos de las casas de buena familia, para dar encanto a la vista e impresionar a las visitas. O del anfibio lord Rokeby, que decidió que su medio natural era el agua y se pasaba las horas metido en una bañera. De sir Kennelm Digby, inventor de un remedio llamado Polvo Simpático. De William Huntington, predicador y carbonero, "amado por Dios pero aborrecido por los hombres". De Jemmy Hirst, que iba de caza a lomos de un toro y rodeado de una piara de cerdos. De John Mytton, que se prendió fuego a la camisa para acabar con un ataque de hipo. De Margarte Fuller, "una dama instruida" pero demasiado entregada a las efusiones sentimentales. De Charles Waterton, "el sudamericano errante", que alojó durante meses a un perezoso y se paseó montado en un cocodrilo. De John Elwess, millonario jugador y avaro patológico. De Carlyle, cuya necesidad de silencio absoluto era tal que su mujer tenía que pagar para ahuyentar a los vecinos. De las macabras vicisitudes del cadáver de John Milton, cuyos restos fueron objeto de deseo de fetichistas sin escrúpulos.

"Los ingleses -escribe Sitwell- son especialmente propensos a la excentricidad, y creo que esto se debe, en parte, a ese conocimiento peculiar y satisfactorio de su infalibilidad que es el sello distintivo y el derecho de nacimiento de la nación británica". Esta manera de expresar las afirmaciones más chocantes en un tono aparentemente neutro e incluso solemne es característica de la autora, como su finísimo sentido del humor, un humor genuinamente británico que relata las mayores barbaridades sin descomponer el gesto, a menudo evitando llamar a las cosas por su nombre o haciéndolo de un modo intrincado y alusivo. La sucesión de tipos anómalos, sabiamente hilvanada, está volcada en una prosa exquisita que rebosa ingenio, ironía, sutileza y cierta amigable crueldad. Sitwell cita con profusión las numerosas fuentes de donde ha extraído el material para sus semblanzas -cartas, memorias, biografías, poemas-, pues el valor de este libro no tiene que ver tanto con el carácter novedoso de las historias y anécdotas, muchas de ellas familiares para el lector británico, como con la gracia y el talento narrativo de la recopiladora, que compone de forma natural y como sin esfuerzo un extraordinario catálogo de los desvaríos de la condición humana. Pero la simpatía de la autora por sus personajes es evidente. No en vano Sitwell consideraba que la excentricidad podía ser, frente a los dóciles, una suerte de antídoto contra la melancolía.

Edith Sitwell. Traducción de Jordi Fibla. Editorial Lumen. Barcelona, 2009. 440 páginas. 20,90 euros.

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