Cultura

El jardín como meditación

  • Una muestra en Granada propone un interesante diálogo entre el arte occidental y los valores 'otros' del oriental

El arte occidental construye presencias, formas o figuras. El arte oriental las suprime. El arte occidental cuando abre un espacio -plaza o templo, jardín o interior- lo hace de modo que el enclave está animado por el posible encuentro con un trozo de materia tocada por el soplo de la belleza. El arte oriental, sin embargo, cultiva el vacío de manera que las rocas que aparecen en el jardín hacen valer el intervalo en vez de promover el peso o la masa. El arte occidental en suma empuja a la percepción del objeto, mientras el oriental invita y propone el vacío, tal vez para sintonizar con la silenciosa energía de la naturaleza o para recuperar el desconocido sosiego o escuchar en nuestro interior la voz sin palabras de la duración.

Consciente de estos valores otros del arte oriental, Alicia Chillida propone esta muestra cuyo punto de partida fue su estancia en el jardín zen de Ryöan-ji, un jardín seco en Kyoto que data del siglo XV. Concibe la muestra como un diálogo entre autores de diversas culturas siguiendo las ideas de Mirei Shigemori, polifacético artista japonés e infatigable lector de la filosofía europea, que buscó puntos de encuentros entre ambas culturas.

De ahí que sea del todo coherente tropezar en la muestra con la obra de Lucio Fontana, Concepto Espacial. Expectación, cuyo blanco lienzo rasgado invita a la mirada ávida a volver sobre su propio acto, hacia el interior de su propia intención. Junto a esta pieza, el Double Rift de Richard Serra: la gran escala de los planos negros tienen análogo eco que la obra de Fontana pero se dirige al cuerpo más que a la mirada. Ambas piezas conectan perfectamente con las caligrafías de Mirei Shigemori, las partituras y dibujos de John Cage motivadas por el ya citado jardín de Kioto y el Árbol de Víctor Grippe. Frente a todas estas piezas de silenciosa sencillez, el plano azul de IKB (International Klein Blue) 43 de Yves Klein que se completa con el Salto al vacío del artista francés.

La muestra está instalada en la cripta del Palacio de Carlos V, con lo que algunas piezas se sitúan en los recogidos espacios que, como pequeñas capillas, rodean el núcleo central. Adquieren así especial relieve, como ocurre con las fotografías de Yukio Nakagawa, un autor japonés que reinterpreta el ikebana -arte japonés del arreglo floral- como destrucción. Prensa por millares claveles o tulipanes hasta que sus pigmentos se desprenden en una suerte de sangre floral. En estos mismos recintos, un sorprendente Tàpies, Grattage rojo, muy tardío (fechado en 2008, el autor contaba entonces 85 años) y la breve escultura Cruzeiro do Sul de Cildo Meireles: un cubo de cinco centímetros de arista, la mitad de madera de pino y la otra mitad de roble, que simbolizan el hallazgo del fuego por la etnia Tupi. El espacio se completa con la imagen de una acción fotográfica de Juan Hidalgo llena de atractivas ambivalencias: la indudable presencia del cuerpo tiene como contrapartida el recogimiento, mientras que en la figura realidad y ficción se solapan. El recorrido de esta parte de la exposición tiene una recompensa más: la inesperada vista del Patio de los Arrayanes, espacio cuya serena quietud ni siquiera quiebran las idas y venidas de los visitantes de la Alhambra. Es un complemento adecuado de la muestra, como lo es el catálogo donde destaca el texto de la poeta Chantal Maillard.

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