Cultura

"Me interesa rascar en la costra que esconde la parte miserable de la realidad"

  • El autor sevillano publica 'Moro', la descarnada epopeya de un inmigrante sin papeles recién llegado a la costa andaluza

En ocasiones la vida consuela con ciertas recompensas pero nunca las promete y en realidad raras veces las concede. Porque esto no lo sabe, o porque ni lo quiere pensar, Hassam, el joven marroquí que protagoniza Moro, la nueva novela de Daniel Ruiz García, lo arriesga todo para cruzar el Estrecho en una patera que lo conduce directo a las playas de un lugar más parecido a una pesadilla miserable que a un paraíso. Siempre crudo, por momentos sórdido, este relato de aventuras -pero sin brillo: "en blanco y negro", concede- estuvo guardado durante casi una década en un cajón hasta que la joven editorial Eutelequia se empeñó en sacarlo a la luz. Visceral como acostumbra, y al tiempo más contenido, el autor de Chatarra, Perrera y La canción donde ella vive relata, al cabo, la historia de un pobre diablo que aspira a vivir con dignidad y en el trance de intentarlo se vaciará por dentro hasta que de él, de la persona que fue, sólo le quede la rabia.

-¿Por qué la inmigración ilegal no existe para la literatura contemporánea?

-Entiendo que el tema lleva implícito un nivel de drama, de tensión, que es poco complaciente. Es difícil, es feo. Todas las historias de inmigración ilegal acaban mal, eso creo. Y también hay muchos riesgos: puedes caer en el sentimentalismo, en el buenismo, en una imagen edulcorada. Yo quería retratar esto como lo que es, algo áspero, descarnado. Si alguien me dice: es que no tengo ganas de leer el libro porque es desagradable... bueno, lleva razón, nada que objetar.

-¿Y por qué, entonces, quiso escribir sobre ello en su momento?

-Tenía ganas de escribir una novela de aventuras pero con un planteamiento actual. Respeto la literatura escapista y de carácter lúdico, pero a mí como autor no me convence. El paso del Estrecho me pareció una epopeya, la epopeya de una desgracia. Eso es lo que me sedujo. Luego quise que fuera una novela muy periodística, que los hechos narrados fueran lo más fidedignos posibles, y de ahí vino el tono. Porque al contrario que mis otras novelas, que tienen narradores más impertinentes, incluso más exhibicionistas, en esta ocasión me pareció inapropiado hacer literatura exuberante con este tema.

-Los géneros están muy presentes en sus novelas, pero con sus rasgos retorcidos, dislocados...

-Soy lector de literatura de género, y crecí leyendo literatura de género. Ahora que se habla tanto del posmodernismo, yo creo que la literatura del futuro es una literatura que está obligada a dialogar con los géneros, porque éstos conservan la herencia de la literatura de quiosco, de la literatura popular. Mi literatura es de género, pero no de una manera clásica.

-¿Por qué cree que han sido y en muchos casos siguen siendo denostados? Esa imagen de literatura menor con la que se puede jugar pero no hacer Arte Verdadero...

-Yo creo que esa percepción está cambiando. El debate sobre la seriedad de los géneros me parece absolutamente inválido: yo creo que las principales aportaciones que se están haciendo en los últimos 20, 30 años son literaturas vinculadas a géneros. La noción de literatura pura responde a un planteamiento muy elitista y al final el único diálogo que propicia se produce entre el crítico y el escritor. Pero el futuro de la literatura está en los lectores, ¿no? Y donde la literatura gana es en el lector. Hay mucha literatura de salón.

-¿Es la llamada integración racial en realidad una cuestión económica? Su novela invita a reparar en el hecho de que el racismo es ante todo pensamiento de clase...

-Creo que es así. Pienso por ejemplo en la Orquesta del Diván [formada por jóvenes músicos israelíes y palestinos y auspiciada por la Fundación Baranboim-Said]. Que por otro lado me parece muy bien, pero la gente que toca en ella es de clase superalta, tienen todos apartamentos en Berlín y Nueva York, y ellos jamás han sufrido ese problema de integración. Yo hablo de otra gente: del moro que vive en la medina y que es un arrastrado, que vive de las dádivas del turismo y que sacrifica los ahorros de mucho tiempo para jugársela.

-¿De dónde le viene ese apego por los desarrapados? ¿Hay riesgos? Hay quien critica esas elecciones, por considerar que se está parasitando el dolor ajeno sin haberlo sufrido. ¿Qué piensa de esta postura?

-Siempre me ha interesado mucho rascar en la costra que esconde la parte más miserable de la realidad. Desde pequeño me ha obsesionado. Sé que es un tipo de literatura que no es del gusto de todos. Con lo cual yo mismo me cierro muchas puertas. Creo que pierdo más que gano. Podría tener más lectores haciendo una literatura mucho más acomodaticia, no tan pesimista. Hablar de los pobres, de las putas, de los inmigrantes, de la miseria, eso no agrada. Pero bueno: yo quiero contar las historias que me interesan de verdad.

-¿La necesidad -la verdadera necesidad- nos hace peores? En su novela ni siquiera los parias son capaces de ayudarse...

-Mi concepto de la condición humana en esos casos, en casos de necesidad, no es optimista. Soy poco idealista, nada romántico. Cuando llegamos a un punto de explotación humana, lo peor de las personas sale, la miseria sale. Leer literatura sobre los campos de concentración, por ejemplo la trilogía de Primo Levi, es desolador. Cuando nos someten a ciertas tensiones no somos nada buenos. De hecho, en la novela el protagonista consigue hacerse valer a través de la fuerza, y ése es el discurso que plantea, y sólo por él es reconocido y premiado.

-Le persigue cierta fama de heterodoxo, y es verdad que cuesta ubicarlo. Desde luego, no en el nicho de mercado del autor joven más o menos mediático, más o menos oficial: con 500 teorías sobre el arte de novelar y textos autoconscientes y autobiográficos.

-Siempre he sido de contar historias, con trama, con estructura; con una visión probablemente muy clásica de la literatura. Soy un escritor periférico, y hago alarde de serlo. He ido un poco por libre pero en realidad me gusta, eso me permite no tener ningún tipo de atadura. Y creo que lo que no se le puede negar a mis libros es cierta coherencia. Todo el rollo ése del Nuevo Drama me parece demencial, entre otras cosas porque llevo haciendo nuevo drama que es viejo drama desde que me puse a escribir. Es ridículo e infantil. Desde la periferia se ven estas cosas mejor. La literatura, hoy, mañana y siempre, será lo mismo: contar historias que lleguen al lector. Leo mucha literatura contemporánea y casi todo se me cae de las manos. Yo sé que queda carca hablar de autenticidad, pero hay demasiada superficialidad. Todo muy cool, muy de escaparate, pero rascas un poco y se te deshace como una figurita de yeso. Hay mucha literatura de una vacuidad preocupante. Se vende un envoltorio: salir en Qué leer poniendo posturas, ir a muchos caterings en Madrid, dar muchos abrazos, gritar, ver quién es más capullo, quién es más herético que nadie... Eso es ruido. La literatura es un oficio solitario: los libros se paren en soledad. Tú todo eso demuéstramelo contándome una historia. Dedícate a escribir. Lo demás es otra cosa.

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