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Los derrotados y los tristes

  • Julio Manuel de la Rosa publica una historia de sordidez y heroísmo en la Barcelona triunfal de los 40-70, por donde asoma la oscura sombra del poder en el franquismo

Ahora que se cumplen doscientos años del nacimiento de Poe, ¡y de Larra, El Pobrecito Hablador, que murió sin haber cumplido los 30!, nos topamos con Guantes de seda, novela de Julio Manuel de la Rosa cuyo misterio no es un misterio algorítmico o una argucia intelectual, como en los relatos de don Edgar, sino que nace del opaco silencio de posguerra, de su cotidiana y universal injuria, más la obligada discreción de quienes vivían al margen de aquella Barcelona triunfal de los 40. Esto es: travestis, homosexuales, prostitutas y elementos clandestinos en general, que atravesaron la noche del primer franquismo entre coplas de la Piquer y plantos en comisaría.

¿Qué secreto se guarda y se desvela en estos Guantes de Seda? Resumamos: primera mitad de los 70; una cuadrilla municipal se encuentra con el cadáver de un mendigo en un banco del parque Güell. Tras las indagaciones habituales, el muerto resulta ser Luis Riera, antiguo campeón de Europa de boxeo y gloria nacional en la inmediata posguerra. ¿Cómo es posible que aquel joven triunfante llegara a la consunción y a la miseria, al absoluto abandono y a la muerte, en los últimos años de la dictadura? Aquí es donde comienza la aventura de estos dos jardineros metidos a detectives (los descubridores matutinos del cadáver), y el paulatino descendimiento a un mundo de escasez y oprobio donde las clases altas del Régimen se daban un baño de oscuridad y pecado pasada ya la medianoche. Como novela de boxeo, Guantes de seda es deudora del Young Sánchez de Aldecoa, así como de aquellas fotografías de Massats, donde jóvenes de pecho frágil entretenían su hambre dando agónicas brazadas contra un sparring. Como novela de misterio, De la Rosa homenajea a Vázquez Montalbán y a Eduardo Mendoza, (Tatuaje y La verdad sobre el caso Savolta), sin olvidarse de García Pavón y de otros cuantos conjurados españoles del género negro. A todos rinde tributo; a todos se le paga su debido óbolo. No obstante, la singularidad de Julio Manuel de la Rosa, su particular maestría, reside en la capacidad para indagar en la soledad, en la pulcra indefensión de su protagonista, como ya había hecho en Los círculos de Noviembre, donde nos presenta a un Fernando Pessoa abstraído, meditabundo, meticuloso, que pasea su desdicha por los desniveles de Lisboa y atiende a la perfección del afeitado como a un verso cadencioso, esotérico, augural, de Álvaro de Campos (hay toda una historia, tan enigmática como burlesca, del encuentro de Pessoa con el ocultista y farsante Alistair Crowley en Lisboa). Decía que Julio Manuel de la Rosa, a través de la aseada soledad de un jardinero jubilado y su acompañante, nos muestra una soledad más vasta y tal vez más aciaga: la soledad del triunfador a puñetazos, del lumpen aupado a los laureles, cuya ignorancia y ambición le abren el camino hacia el abismo.

De fondo, como ya hemos dicho, las brigadas del amanecer, sobrenombre la burguesía dorada del franquismo, que gustaba del vértigo dominical del cabaret y del amor equívoco sin mayor peligro. También asoma aquí, para que la novela sea más verosímil, aquella gauche divine por donde anduvieron, errabundos y espléndidos, Barral, Gil de Biedma o Juan Goytisolo. Así, Luis Riera es víctima del poder tanto como de su propio e inesperado éxito. De igual modo, Andrés Roig y Cándido Escobar, sus desveladores póstumos, habrán de sucumbir a las poderosas razones de un Estado que todavía quiere -y puede- ocultar sus vergüenzas. ¿Cuál fue la vergüenza de Luis Riera, y quiénes le hicieron caer nuevamente en la desdicha? El misterio de Riera es un misterio infantil, una costumbre ingenua, impropia en cualquier caso de un boxeador de fama. Por contra, el enigma de sus valedores es la vieja costumbre del poder, de su violento espejismo, que tantas veces nos recordó Leonardo Sciacia. El poder está para ejercerlo, nos dirá el italiano, y el militar que aquí se trasluce tras la desgracia de Riera, no hizo más que cumplir su atávico mandato: el triunfo de la voluntad, la electrizante satisfacción de los instintos. A este general, héroe de la División Azul, bien es verdad que le tentaba el amor homoerótico. Pero el principio es el mismo; y las víctimas, siempre las víctimas, se parecen demasiado unas a otras.

Una España pretérita y feroz se asoma a las páginas de Guantes de Seda, y uno se pregunta qué pasó para que el odio, para que el infortunio, para que la más cruel de las necedades, triunfara sobre nosotros como un cáncer.

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