Fidel Moreno. Escritor y músico

"La bastardía no es una falla ni un error, sino el verdadero motor de todo"

  • El autor publica '¿Qué me estás cantando?', un extenso volumen donde, a través de más de 200 canciones, revisa la memoria sentimental de los españoles a lo largo del siglo XX

Fidel Moreno, durante una reciente visita a la Feria del Libro de Sevilla para presentar su obra. Fidel Moreno, durante una reciente visita a la Feria del Libro de Sevilla para presentar su obra.

Fidel Moreno, durante una reciente visita a la Feria del Libro de Sevilla para presentar su obra. / Belén Vargas

Nacido en Huelva en el 76, crecido en Sevilla y desde hace tiempo afincado en Madrid, a Fidel Moreno lo conocíamos como El Hombre Delgado, alias bajo el que ya ha publicado tres libro-discos donde aúna sendas pasiones, música y literatura. Coartífice de proyectos tan estimulantes como la revista El Estado Mental, actual director de Cáñamo y con un nuevo disco, Y la realidad, ya grabado, vuelca memoria personal, miles de horas de investigación y una lúcida capacidad especulativa en ¿Qué me estás cantando? (Debate, 2018), extenso volumen donde traza una particular historia de España a través de sus canciones, desde el primer tercio del siglo XX hasta 1976.

-Con su libro tiene uno la impresión de enfrentarse a una suerte de Moby Dick: en el fondo, las canciones parecen una excusa para abordarlo todo, de lo personal a lo social pasando por lo familiar.

Las canciones son documentos que nos muestran muy bien la época en que fueron creadas y cantadas"

-Sí, porque pienso, y es lo que defiendo y creo que demuestro, que las canciones no son un punto de vista cualquiera, sino privilegiado. Son documentos que nos muestran muy bien la época en que fueron creadas y cantadas. Y no sólo desvelan los detalles sentimentales, sino también los políticos. De forma que al observar las canciones más escuchadas año a año vas descubriendo los problemas, las alegrías y las tristezas que vivieron esas generaciones.

-Por ¿Qué me estás cantando? desfilan más de 200. ¿Qué criterio siguió para la selección?

-Investigué cuáles fueron las más escuchadas en cada momento, las que más dinero recaudaron según la SGAE hasta el año 68. Más allá de esa fecha no pude conseguir datos de la SGAE, porque no te los dan. Así que a partir de ahí utilicé listas de lo más escuchado según las radios, las revistas y las tiendas, que eran en muchos casos listas amañadas, pero que cruzadas con las canciones que han quedado en la memoria colectiva te dan una idea de lo más escuchado de cada época.

-Pero también se cuelan otras muy significativas (Què volen aquesta gent? de María del Mar Bonet, L'estaca de Lluís Llach o A cántaros de Pablo Guerrero, por ejemplo) que sólo alcanzan popularidad en determinados círculos.

-Sí, ésas están en la segunda parte del libro, La música de mis padres. Ahí se produce una primera escisión de los públicos fruto de un hallazgo tecnológico: la popularización del tocadiscos. A partir de ese momento la gente puede consumir un pienso musical diferente al que ofrecen las radios. Hasta entonces el público estaba cautivo. Lo cual no era ni bueno ni malo, porque también tenía sus virtudes que una población como la española estuviera escuchando las mismas canciones: por un lado era una restricción, pero por otro permitía una experiencia colectiva como no hemos vuelto a tener.

-En la primera parte, La música de mis abuelos, se detiene en muchos de los himnos de la Guerra Civil, en los que hoy, casi inevitablemente, observa "un involuntario efecto paródico".

-He tenido que hacer un ejercicio de honestidad. Cuando escuchas esas canciones te ves obligado a comprobar en qué medida siguen siendo eficaces en su estrategia narrativa. ¿Y qué sucede hoy con palabras como libertad, que están en boca de políticos mentirosos y de gentuza? Al final, con tanto uso, las palabras se vuelven tópicas y pierden su significado. Basta con leer a Orwell o a cualquier testigo de la época para saber que los cancioneros que se vendían en pequeños pliegos eran cantados y sentidos por la gente de una manera que les incitaba no sólo a la lucha, sino incluso a cambiar de vida. Eso hoy ya no pasa.

-Aunque desde los 80 se le concede parte del reconocimiento que en décadas anteriores algunos le negaron, ¿cree que llegaremos a asumir alguna vez que la copla es lo más parecido que hemos tenido aquí a un Tin Pan Alley, con su cadena de producción de fantásticos letristas, compositores, arreglistas e intérpretes?

-Yo creo que ya se reconoce, porque la gente se acuerda de las canciones, siguen vivas. Lo bueno de las canciones es que se nos pegan más allá de nuestros prejuicios ideológicos. Y eso es estupendo, porque nos salvan de la idiotez de la egolatría. Uno puede estar de acuerdo o no con determinada ideología, pero de pronto hay una canción que te sacude y sugiere cosas. Creo que nuestra manera de relacionarnos con la cultura o con los productos culturales puede ser, principalmente, de dos maneras, o bien siguiendo el principio del placer o actuando de forma represiva. Obviamente, yo soy partidario del placer y estoy en contra de quienes se dedican a catalogar determinados géneros como bastardos o espurios. Es gente que en realidad no entiende cómo se producen los fenómenos culturales, que siempre llegan por hibridación. La bastardía no es una falla ni un error, sino el verdadero motor de todo. Siempre hay quien se arroga un supuesto conocimiento para determinar que tal género es menor frente a otro, pero eso es absurdo. El flamenco, por ejemplo, es una gran creación cultural. ¿Pero es popular? No, lo que es popular es la rumba. Y eso hace que a la rumba se la mire con altanería, cuando en realidad es un hallazgo de primera magnitud que habría que valorar más, igual que habría que valorar más las sevillanas. Mairena hizo mucho daño. Aunque realizó un trabajo necesario de catalogación de cantes, por otro lado marginó todo lo popular, como si por el hecho de serlo, de gustarle a la gente, ya fuera malo. ¿Por qué? Tenemos que ser un poco más humildes.

-¿Son canciones como Raskayú o La vaca lechera las primeras muestras de un pop español?

-Las etiquetas son siempre terreno resbaladizo... ¿Qué es el pop? A eso yo respondo no tanto en terminos estilísticos como socioeconómicos, y en ese sentido, el pop es la música popular en la cultura de masas. A partir de ahí tenemos que abrir un poco más la horquilla y pensar en Imperio Argentina como pop: en el año 36 la gente estaba cantando La falsa moneda, La piconera, todas canciones con letras de Ramón Perelló, que era un coplero anarquista. El autor de la música de La vaca lechera, Francisco García Morcillo, se pasó la guerra en París haciendo jam sessions con Django Reindhart. Hablamos de gente con un nivel enorme, pero su rastro se pierde por esta relación rara, contrariada, que tenemos en España con nuestra lengua, con nuestra cultura. Ya es hora de empezar a cambiar esto. De hecho, creo que ya estamos en ello.

-Más de 700 páginas repletas de información y opinión... ¿Cuánto tiempo le llevó?

-Nueve años desde que empecé a escribirlo, y previamente ya había leído e investigado mucho. Durante este tiempo he vivido la gran revolución que ha supuesto internet a nivel archivístico. Habíamos perdido muchas cosas que sólo hemos recuperado gracias a internet.

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