Cultura

Transitar el desconciertoBreviario de la modernidad

Cristian Crusat es autor de relatos. También ensayista y traductor, pero, fundamentalmente, autor de relatos, un género complicado que se mueve en las arenas movedizas de la indefinición, que se enfrenta al reto de conquistar al lector en esa media distancia en la que el escritor lo tiene que dar todo sin tiempo a reponerse, centrado en mantener la tensión de la historia hasta el final. Y qué difícil es rematar bien un cuento. Whiskey con agua, como lo definía el maestro Fernando Quiñones para diferenciarlo de la novela -un trago largo- y de la poesía -whiskey solo-. ¿Pero whiskey y agua en qué proporciones? Ahí el secreto.

Solitario empeño, publicado como los anteriores en la editorial Pre-Textos, es el cuarto libro del malagueño Cristian Crusat, que es un autor reconocido y premiado pese a su juventud y su corta -aunque imparable- trayectoria. En él recorre algunos de los caminos menos transitados de la vieja, oscura y castigada Europa. La Europa del pretendido bienestar, ahora perdido en el abrazo cruel de la crisis económica. La tierra prometida que no cumple sus promesas, que ha perdido la razón, ciega, sorda, muda. Un escenario desolador sólo entrevisto entre las páginas de estos relatos. Cuentos personales que no pecan de oportunistas, aunque sean oportunos.

Hay autores que escriben sobre la realidad y hay otros, como le ocurre a Crusat, que crean un mundo propio en el que conviven múltiples realidades. Es difícil introducirse en el mundo de este autor. La puerta está apenas entreabierta. Sus cuentos no son amables, no están escritos para agradar, ni para convencer. No son literatura de moda, sino literatura de verdad, capaz de cambiar algo dentro del que se enfrenta a estos textos.

En algunos de ellos, el lector tiene la sensación de encontrarse en mitad de un mal sueño definido por signos inquietantes, como ocurre en el titulado Sarajevo-Estepona, aunque esos signos cobren todo su sentido para dibujar el panorama desolador de la guerra, el desarraigo, la violencia. Oscuridad para arrojar luz sobre el pasado, también sobre el presente. El miedo, la sinrazón de nuestro tiempo suspendida en el temblor de los cuerpos de las adolescentes suicidas que se cuelgan de los árboles de la ribera del Miljacka.

En estos cuentos está también la infancia, las difíciles, a veces comprometidas, relaciones familiares: la madre, amante de un hombre muy joven. Hiriente luz de un inquietante paraíso terrenal habitado por dioses y monstruos en Hijos de los focenses. Encontramos también el miedo al otro, al extraño, la desigualdad del primer mundo, y de nuevo la mujer madura, inquietante, en Timbre.

Especialmente redondo el titulado La casa de Thomas y el ciclo de Saturno: un pueblo de la costa almeriense, un barrio marginal habitado por personajes variopintos que viven en la calle para soportar la canícula estival. El verano compartido por un joven español que trabaja en el extranjero, su novia holandesa y el padre de ésta: un anciano impertinente, punto discordante en el aparente idilio vacacional, que no es tal idilio, que es más bien la antesala de algo que parece no suceder nunca. Recuerdos, vueltas atrás, despedidas y reencuentros vividos de soslayo. Como en la mayoría de los relatos del libro, la identidad de los personajes desleída en la soledad que los enfrenta en una sociedad, en un tiempo, de rápidos cambios. Viejas fortalezas que han dado paso a un mundo en tránsito.

Cierra el libro Audacia, verano de 1894, homenaje de Crusat a uno de los autores sobre los que más ha trabajado: el judío francés Marcel Schwob, ya que se ha encargado de editar, prologar y traducir sus artículos y ensayos críticos, recogidos en El deseo de lo único (Páginas de Espuma, 2012). El puerto de Calais es el brumoso escenario en el que Schwob se anticipa al viaje a punto de comenzar, rememora pasajes de su vida y de su relación con autores como Robert Louis Stevenson. Pero este relato es también una reflexión personal sobre la creación y sus empeños, sobre la literatura como forma de penetrar en los secretos de la existencia. Audacia para enfrentarse a los fantasmas interiores, para trascenderlos y transcender.

Adentrase en la lectura de Solitario empeño es dar un paso hacia el desconcierto, poner un pie en el límite, aprender a aprender. No basta con pasar las páginas de atenta lectura. La mayoría de estos relatos cobran cuerpo definitivamente algún tiempo después cuando una ráfaga de memoria, cuando un destello de cordura, reintegra todos los elementos expuestos frágilmente. Crusat nos invita al solitario empeño de entender el terreno que pisamos.

solitario empeño

Cristian Crusat. Pre-Textos. Valencia, 2015. 128 páginas. 18 euros

Memorias del Cigarral no es, en sentido estricto, un libro de Historia; o si lo prefieren, es un breve compendio histórico a la manera de Ginzburg y su "microhistoria". Quiere decirse con esto que en estas Memorias del Cigarral se da la ancha ondulación del tiempo (desde el siglo XVI a nuestros días), no por los grandes sucesos de cada época, sino tamizados o filtrados desde una perspectiva muy concreta. Esta perspectiva es la de El Cigarral de Menores, la célebre casa que el doctor Marañón adquirió, a primeros del XX, en las afueras de Toledo y que hoy está en posesión de su nieto, Gregorio Marañón Bertrán de Lis. A él se debe la autoría de estas memorias; unas memorias que exceden el simple homenaje a la figura de su abuelo, para abarcar un ancho vislumbre de la aventura española. Y es precisamente esta disolución de El Cigarral en la Historia y el paisaje, la que le confiere un interés especial a cuanto aquí se dice.

Si hemos titulado estas líneas como Breviario de la modernidad es porque la propia existencia de El Cigarral corre en paralelo al albor del hombre moderno, por influjo directo del Renacimiento. Así, la indagación de su origen lleva a Bertrán de Lis a la figura de Jerónimo de Miranda, canónigo de la Catedral de Toledo, y religioso estrechamente relacionado con el núcleo erasmista de Valladolid, que años atrás había encontrado su fin en las hogueras del Santo Oficio. Será este Jerónimo de Miranda quien mande erigir, en las afueras de Toledo, una residencia campestre, de corte renacentista (la villa extramuros, ajardinada, grave y recoleta es uno de los grandes signos distintivos del Renacimiento), cuya autoría se debe a Juan Bautista de Monegro. Y será este mismo Jerónimo de Miranda quien done, a su muerte, la villa toledana a los Clérigos Menores, convirtiéndose así en el convento de San Julián hasta que, finalmente, se desvincule de la orden con las sucesivas desamortizaciones de Madoz y Mendizábal. Este viejo convento es el que compra un joven Marañón en marzo de 1921. No debemos olvidar, en cualquier caso, y así lo señala Bertrán de Lis, que aquel Toledo imperial de la contrarreforma es el Toledo de El Greco, sobre cuya primacía pictórica en la España filipina no es necesario insistir (según El Greco, Miguel Ángel, el pobre y desmesurado Buonarroti, "no sabía dibujar"). No debemos olvidar, de igual modo, que será Gregorio Marañón, quien reivindique -quien redescubra, con el precedente de Barrés- la estatura mayúscula de El Greco junto con Ignacio Zuloaga y Manuel Bartolomé Cossío.

Quiere decirse, pues, que El Cigarral de Marañón está íntimamente vinculado al vasto proceso de renovación social y cultural que se inicia con la Generación del 98 y acaba con la Generación del 27 y el advenimiento de la Segunda República. De un modo determinante, en El Cigarral se agavillan, movidos por la amistad, las grandes cabezas de entresiglos: Ortega, Unamuno, d'Ors, Pérez de Ayala, Azaña, Lorca, Madariaga, Azorín, Baroja, Menéndez Pidal, Valle-Inclán, Zuloaga y un formidable etcétera en el que se incluyen Juan Ramón, Gómez de la Serna, Vicente Aleixandre y un lejano y solitario Bécquer, cuando visitó la capital para su Historia de los templos de España. Allí dio lectura Unamuno de su San Manuel Bueno, mártir (para desesperación de Lorca, como se recoge aquí en una maravillosa anécdota); y allí dará lectura Lorca -una lectura íntima y conmovedora, según recuerda Morla Lynch- de sus Bodas de sangre. Allí se fraguará, en definitiva, el germen de una España republicana que acabaría conformando -entre el estupor y la desdicha- esa España errabunda que hoy se conoce como la tercera España.

Digamos para terminar que, en los últimos capítulos, Bertrán de Lis detalla los trabajos de conservación y mejora de El Cigarral, a partir del año 77 (trabajos entre los que se incluye una importante colección de esculturas), así como la decisiva intervención del propio autor en la preservación del entorno toledano y la salvaguarda de su patrimonio arqueológico. Se cumple así que sea el nieto quien dé honrosa continuidad a la labor, ingente y olvidada, de su abuelo.

memorias del cigarral

Gregorio Marañón Bertrán de Lis. Taurus. Barcelona, 2015. 248 páginas. 28,90 euros

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