Rocío Márquez | Cantaora

"Ahora tengo muy claro que prefiero gustarme antes a mí que a la gente"

  • La cantaora publica 'Visto en el Jueves', donde rehace viejos cantes encontrados en el popular mercadillo sevillano, hilo común de este disco que rechaza tanto la cultura de "usar y tirar" como la inanidad del concepto 'apropiación cultural'

La cantaora Rocío Márquez (Huelva, 1985), momentos antes de la entrevista. La cantaora Rocío Márquez (Huelva, 1985), momentos antes de la entrevista.

La cantaora Rocío Márquez (Huelva, 1985), momentos antes de la entrevista. / Antonio Pizarro

Al Jueves, donde uno puede encontrar casi literalmente cualquier cosa, más conviene ir con ánimo de encontrar que buscando algo predefinido, y naturalmente, diríamos que sobre todo, dispuestos a disfrutar del desahogado paisanaje que se congrega en el mercadillo más antiguo y peculiar de Sevilla. Lo supo pronto Rocío Márquez, que durante un tiempo vivió al lado del tramo de la calle Feria donde cada semana –el mismo día que le da nombre, desde muy temprano hasta el mediodía– se despliega tamaña batahola en la que conviven los cachivaches pintorescos junto a –si hay suerte en la visita de marras– algunos viejos y modestos tesoros olvidados. A ella le "alucinó" especialmente el trasiego de vinilos y casetes. "¡Y tirados de precio! Aunque no sólo es eso –dice–. Lo mejor es que te encuentras joyas descatalogadas que son complicadas de encontrar hasta por internet. De algunos artistas, como Emilio el Moro, me enamoré gracias al mercadillo".

De esos vagabundeos de puestecillo en puestecillo surgió el último disco de la cantaora (Huelva, 1985), Visto en el Jueves (Universal), que sale hoy a la venta, en el que reinterpreta a un amplio abanico de artistas –de Bambino a su idolatrado Pepe Marchena, de Rocío Jurado a Paco Ibáñez, de la Piquer al Cabrero, de Menese a Vallejo– difuminando muy premeditadamente la brecha entre lo flamenco y lo no-flamenco, entre lo pretendidamente nuevo y lo supuestamente viejo.

"Me hace gracia cuando se habla de apropiación. ¡Pero si el flamenco viene de la mezcla! ¿Qué apropiación de qué? Y por eso me apetecía entrelazar, no tener que pedir permiso... El concepto de reutilización siempre está presente, tanto en el planteamiento del disco como en las canciones y los cantes: Luz de luna, por ejemplo, la descubrí por la versión del Cabrero, y a partir de ahí llegué a la original de Álvaro Carrillo; igual que conocí antes Se nos rompió el amor por la Fernanda [de Utrera] que por Rocío Jurado. Vivimos en un mundo en el que impera el usar y tirar debido al ritmo frenético del capitalismo, y no es bueno. Vaya, eso todos lo sabemos", explica Márquez, que con criterio "hedonista" grabó este álbum –que se cierra con un "regalito": la interpretación de Andaluces de Jaén de Miguel Hernández junto a Kiko Veneno– con elementos mínimos, sí, pero enjundiosos: la extraordinaria guitarra de Juan Antonio Suárez Canito y las percusiones de Agustín Diassera.

–Se está comentando mucho, y es lógico, que regresa a la guitarra como fundamento del sonido tras grabar Firmamento con Proyecto Lorca, una formación de música contemporánea, y Diálogos de viejos y nuevos sones con la viola de Fahmi Alqhai. ¿Hay que volver de vez en cuando al campamento base?

–Eso me apetecía, claro, pero hay otros factores. Date cuenta de que mover guitarra y voz es mucho más fácil. Los otros repertorios que tengo de otros discos y espectáculos son más complicados de montar, y al final ocurría que cada vez que iba a guitarra y voz sólo tenía el formato tradicional, y a mí me apetecía tener una alternativa a ese formato, aunque con los mismos elementos. Eso pesó también... Mira, la verdad, ha ido respondiendo todo bastante a lo que me pedía el cuerpo. Otras veces he metido más la cabeza, pero esta vez diría que he metido más el corazón. También, probablemente, porque es la primera vez que me produzco yo.

–¿Cómo fue la experiencia?

–Ya tenía ganas, porque yo en el fondo soy muy mandona. Y cuando te producen hay que saber ceder y disfrutar de que te están dirigiendo. He disfrutado y aprendido mucho y he aprendido mucho. Cano y Agustín lo ponían muy fácil, y yo confiaba porque sabía que había elegido a las personas que me iban a dar lo que buscaba.

–En el disco versiona a José Menese o El Cabrero, que son ese tipo de artistas de otros tiempos, en lo que además de cantaores eran héroes del pueblo. ¿Ese poder de impacto del flamenco en la cultura verdaderamente popular se ha perdido?

–Se ha transformado. Lo que pasa es que todavía no lo hemos identificado y lo criticamos.

–¿En qué sentido?

–Yo creo que ahora mismo el flamenco el alcance que tiene el flamenco es mucho mayor que en otros tiempos. Pero claro, ahora la música casi que se ve más que se escucha, y estos cambios se han sucedido de manera muy rápida. Hasta que empecemos a interiorizar estos nuevos cauces de la música lo criticaremos y lo cuestionaremos, pero que haya otras maneras de hacer y muchos más estímulos no significa que esa conexión popular no existe. Ahí están esos chavales de 12 y 15 años flipando con Rosalía... Es otra manera de conectar con lo popular. Yo sé que a la gente le cuesta entenderlo, pero eso está ahí, existe.

–¿Debería renovar el flamenco sus debates, ampliarlos un poco más allá de la dichosa pureza?

–Pero eso no está sólo en el flamenco, existe en todas las artes. Eso de que la pureza se pierde lo venimos escuchando desde Demófilo. Así que no vamos a sorprendernos por que surja esta cuestión, y en realidad a mí me parece maravilloso que siga existiendo ese debate. Es verdad que a veces da mucha pereza, pero tenemos que verle a esos discursos su parte necesaria.

–Que es...

–Hombre, los ortodoxos aportan muchísimo. Son muy necesarios. Si no, se nos podría ir de un lado la balanza y entonces es cuando la liamos. Es importante que exista la convivencia entre estas dos vías o estas dos maneras de vivir el flamenco. No gusta exponerlo de una manera tan bipolar, pero creo que se me entiende. Y diré más: yo que siempre he defendido un flamenco abierto, alternativo y tal y cual, creo que en este momento es el flamenco tradicional el que necesita más apoyo, porque tiene menos voz.

–Vamos, que en contra de ciertos discursos supuestamente provocadores pero que encuentran todo tipo de plataformas para ser lanzados, lo verdaderamente underground es un tío cantando en una peña de Gelves...

–Ahí voy, ahí voy. Deberíamos revisar ciertos discursos y darnos cuenta de la manera en que han cambiado las tornas. Antes quizás había que apoyar esa línea vamos a llamarla aperturista, que yo por cierto sigo apoyando. Pero todo ha pasado muy rápido, increíblemente rápido, y ahora quizás haya que poner más el foco de atención en el flamenco de toda la vida, para que no se nos seque ese caudal de arte y emoción del que todos podemos beber. ¿Y por qué ahora se les presta menos atención a los ortodoxos? Porque generan menos dinero. Así de sencilla y de perversa es esa lógica.

–¿Están haciendo estragos en el flamenco ciertos esnobismos?

–Yo espero que no... pero no estaría de más tener la atención puesta ahí. Ahora mismo ese flamenco, el ortodoxo, está en clara desventaja tanto social como económica, mientras que el modernito, con los medios de comunicación, con las redes sociales, yo diría que tiene la supervivencia garantizada, de modo que, si vamos al fondo de la cuestión, yo entiendo que tengan miedo, que estén de uñas. El sistema que hay ahora mismo no les favorece. Ahí está, creo yo, el verdadero debate, y tienen motivos para sentirse molestos.

–Dijo en una entrevista reciente que los flamencos jóvenes son "gente sana que apenas bebe alcohol". ¿Están cansados de prejuicios y estereotipo? ¿Le han hecho daño al flamenco?

–Pues este tema me resulta curioso, porque esa visión romántica y salvaje, que ha podido perjudicar en muchas cosas, también nos ha beneficiado en otras, a la hora de exportarlo al extranjero por ejemplo. A la gente, al final, lo exótico le gusta. Esto siempre es un arma de doble filo, está claro. Ahora, por ejemplo, tú llegas a un sitio y escupes en el suelo, o te presentas a una actuación pasadísimo y la lías muy gorda, y el programador sabe que hay otros 25.000 que no le van a dar problemas y artísticamente más o menos van a resolver, así que para la próxima ocasión va a llamarlos a todos esos antes que a ti. En algunos aspectos creo que sí ha perjudicado, ha generado prejuicios y nos ha cerrado determinadas puertas. Pero, insisto, por otro lado justamente ese aura que rodeaba al flamenco era lo que muchos compraban, es decir, les gustaba el flamenco sobre todo por el envoltorio. Así que diría que a la larga esos clichés nos han quitado casi tanto como lo que nos han dado.

–Ahora ustedes aprenden flamenco en academias y fundaciones y en el inabarcable archivo que ofrece internet, no cantando con otros hasta las tantas en un corral de vecinos. Lo que, entre otras cosas, moldea una vivencia menos comunitaria de dicha cultura. ¿Esto es bueno, malo o sencillamente inevitable?

–Probablemente ésta es una de las cosas que más les cuesta comprender a los mayores. Pero es que siempre cuesta entender que la vida sigue. Y no podemos dejar al flamenco fuera de sintonía de lo que es el arte y de lo que es la vida hoy. Y te voy a decir algo: en este aspecto, yo entiendo que les cueste. Sobre todo porque ahora vamos rapidísimo. Si a mí, con 33 años, me parece a veces que esto va tan rápido que no tiene demasiado sentido, cómo no voy a entender a una persona de dos o tres generaciones por arriba, es normal que sienta angustia. Yo en los últimos años he tenido muchas veces la sensación de que me quedaba atrás. Algo tan básico ahora como un videoclip; ¿qué flamenco hacía antes un videoclip? Pues ahora parece que si no tienes uno, y caro, no puedes sacar el disco, y casi tienes que disculparte por tener una carrera pero no un videoclip. Y como esa cuestión, otras tantas, entre ellas las redes sociales. Es que realmente esta vida, a ese ritmo, es una locura. Pero esto es lo que hay... lo que hay en un sistema capitalista heteropatriarcal con unas características muy definidas y con unas consecuencias muy claras. O sea que yo los miedos los entiendo perfectamente, pero vuelta atrás no hay. No aceptar eso es querer ir en contra del curso de la vida. Prueba, a ver... Y ojo: eso no significa que tengamos que estar de acuerdo con todo cuanto se nos impone. Creo que debemos todos intentar imponer las necesidades humanas, y no me refiero no ya a nivel profesional, sino ideológico. Porque de tanto producir se nos va la vida.

–Desde hace unos años se le señala como un faro del flamenco de su generación. Halagador, claro, pero ¿pesa, por otro lado, tener el foco siempre encima?

–Es curioso, porque esto yo no me lo había planteado nunca, de verdad, pero ahora que me lo preguntas me doy cuenta de que no siento ninguna presión en este momento y sin embargo en otros sí que la sentía. Y creo que la diferencia es que ahora hago lo que de verdad creo que tengo que hacer. Me pesó mucho lo de la Lámpara [del Festival de La Unión, que ganó en 2008]. Era un miedo aquello... Me preguntaba: si soy yo de verdad, cien por cien, ¿tiraré por tierra lo poquillo que haya podido ir labrando? Eso me tuvo paralizada un año entero. Se me pasó cuando comprendí hasta el fondo que yo no podía dejar de ser la persona que era, y que estaba dispuesta a aceptar las consecuencias. Porque si se pierde esa verdad en el escenario, ¿entonces qué nos queda?

–¿Tiene hoy menos necesidad de aceptación que al principio?

–Eso no lo sé, pero lo que sí sé, y lo tengo muy claro, es que prefiero gustarme a mí que a la gente. Después de una actuación pueden venir a decirme oye, qué maravilla, y ves que el público ha reaccionado bien, y los músicos... pero si yo siento que no, ya puede venir Pastora [Pavón] a decirme que soy una fenómena, que no me va a servir de nada. Y al revés: a veces, en el escenario, a mí misma algo me ha emocionado, y luego te viene alguien y dice hoy no has estado muy fina, ¿no?, y he pensado: O tú no te has enterado. Claro, si puedo gustarme a mí y gustarle a la gente, uf, ese disfrute no tiene nombre.

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