Cultura

Polanski frente a la convención social

  • El director adapta 'Un dios salvaje', una comedia sobre los bajos instintos que se esconden bajo la máscara de la educación · La nueva entrega de la saga 'Crepúsculo', el otro gran estreno de la semana

Si hay un superviviente en el cine actual, ése es Roman Polanski. Casi octogenario, la serie de catastróficas desdichas que ha caído sobre su vida no le han impedido hacer una obra irrepetible. De niño fue uno de los contados supervivientes del gueto judío montado por los nazis en Varsovia. Brillante estudiante de cine, tuvo que salir de su país para ampliar sus horizontes profesionales. A finales de los 60, su esposa, la bella Sharon Tate, fue asesinada junto con otros amigos en la tristemente célebre matanza perpetrada por Charles Manson y su panda de satanistas, uno de estos hechos que cerró con sangre la presunta década prodigiosa. Polanski se libró de ser una de las víctimas al estar en Londres negociando una película. Más adelante, en los años 70, se convirtió en el polaco errante al tener que abandonar Estados Unidos, tras ser acusado de abusos sexuales con una menor, hecho que tuvo sus ramificaciones hasta hace poco, cuando la implacable justicia norteamericana consiguió que fuese detenido en Suiza en 2009 por este hecho, aunque al final los jueces helvéticos le diesen la libertad.

No obstante, antes de estos episodios judiciales, Hollywood ya había perdonado a Roman Polanski, otorgándole en 2002 el Oscar al mejor director por El pianista. Este premio, así como la Palma de Oro conseguida por este mismo filme, pareció descorchar el tarro de las esencias del cineasta, pues empezó un período triunfal. Rodó una versión más que interesante de Oliver Twist (donde por fin alguien se atrevió a plasmar en una pantalla el tremebundo final ideado por Dickens a costa de la ejecución de Fagin) y luego vino una obra maestra como El escritor, en el que la mejor tradición paranoica del director se fundía con una depuradísima narrativa propia de los maestros. Es por ello que puede sorprender que su siguiente largometraje, que se estrena hoy, Un dios salvaje, sea la adaptación de una obra teatral. Aunque hay que recordar que Polanski hizo en su momento una extraordinaria versión de La muerte y la doncella.

Un dios salvaje es una exitosa obra de Yasmina Reza, la dramaturga francesa de origen sefardí. Se estrenó en 2006, y pronto tuvo versiones en las principales capitales mundiales. En España se encargaron Maribel Verdú y Aitana Sánchez-Gijón. Como en otra de sus obras punteras, Arte, un grupo de personajes se enfrenta a sus contradicciones en un solo escenario y en tiempo real. Polanski empezó a trabajar la idea con la propia Reza en su encierro domiciliario suizo, y lo que le gustaba precisamente era eso, que Un dios salvaje se atenía a la vieja regla aristotélica de la unidad de tiempo. Para recrearla, trabajó con los actores dos semanas antes de rodar, ensayando el filme como si se estuviese trabajando en una representación teatral y no en una película. Los cuatro protagonistas son de categoría y acumulan una buena cantidad de Oscars. Son John C. Reilly, Jodie Foster, Christoph Waltz y Kate Winslet. Con estos mimbres Polanski consiguió una cinta que deslumbró en el Festival de Venecia, aunque no se llevó ningún premio.

La historia nos presenta a dos matrimonios que se citan debido a un conflicto: sus hijos han protagonizado un episodio de violencia y se reúnen para hablar del tema. Una de las parejas es americana; la otra europea. Lo que empieza como una educada y civilizada comida acaba complicándose cuando salga a la luz todo lo que esconden los cuatro personajes, que vuelven a los instintos más primitivos.

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