Crítica de Cine

Poética de payasito triste de Lladró

Fotograma de la cinta dirigida por Guillermo del Toro. Fotograma de la cinta dirigida por Guillermo del Toro.

Fotograma de la cinta dirigida por Guillermo del Toro. / e. s.

Estupendo el diseño de producción de Paul D. Austerberry y la dirección fotográfica de Dan Lausten. Interesante -pese a que se acumulen cursilerías poéticas que me han recordado una Amelie empeorada- el planteamiento argumental y la primera hora de las dos que dura. En un mundo feérico fuertemente irrealizado en lo bueno (la vivienda que la protagonista comparte con un anciano ilustrador publicitario que puede recordar a Norman Rockwell, situada sobre un viejo cine en el que siempre se proyecta La historia de Ruth de Henry Koster) y en lo malo (las subterráneas y siniestras instalaciones secretas del Gobierno durante la Guerra Fría) una limpiadora muda se enamora de un ser anfibio (versión dulcificada y bastante amanerada de la criatura de La mujer y el monstruo de Jack Arnold, fundido con otras criaturas del universo Del Toro) capturado en el Amazonas y recluido en las instalaciones subterráneas para someterlo a crueles experimentos.

La exposición de la trama, pese a sus cursilerías y su grosero maniqueísmo (los malos son blancos heterosexuales -salvo un espía soviético- y los buenos son el pintor gay, la chica muda, su amiga afroamericana y el monstruo) mantiene el interés. Es una variación interesante sobre el tema de la bella y la bestia, tiene esa poesía fácil del amor entre los desdichados, tan de lágrima de Arlequín o de payasito triste de Lladró, apoyada por la pegajosa música del camaleónico Alexandre Desplat (aquí haciendo de Yann Tiersen), buenas interpretaciones (sobre todo de los secundarios Richard Jenkins y Octavia Spencer, porque Sally Hawkins sobreactúa y Michael Shannon está condenado a un personaje de cartón piedra) y los ya referidos buenos trabajos del diseñador de producción y el director de fotografía.

Pero cuando en la segunda parte las historias de amor, rescate y persecución se intensifican la película entra en una zona tan disparatada como aburrida que requeriría genio, no talento, para sortear los escollos de lo inverosímil e incluso lo grotesco. Y Guillermo del Toro tiene talento, pero no genio. No logra hacer creíble lo increíble ni emocionante lo extravagante dentro de los parámetros de una historia de fantasía poética. E incurre en lo grotesco cuando hace cabriolas líricas como el baile de la chica y la criatura en una reproducción del decorado del Let's Face the Music and Dance de Siguiendo la flota, haciendo ella de Ginger Rogers y el anfibio de Fred Astaire. Las muchas citas cinéfilas -además de La mujer y el monstruo, La historia de Ruth y Siguiendo la flota se ven fragmentos de películas de Alice Faye, Shirley Temple o Carmen Miranda- aportan entrañable simpatía y complicidad pero no bastan para crear complicidad.

Supongo que se trata de una de esas propuestas en las que se entra o no. Yo no he entrado, a diferencia de casi todos mis colegas, de los señores académicos que la han nominado a trece Oscar, del jurado del Festival de Venecia que le dio el León de Oro o de la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood que le concedió el Globo de Oro a la mejor dirección. El rey me ha parecido, si no desnudo, sí con poca y mala ropa. Y así lo cuento.

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