Cultura

Louise Bourgeois: la redención y el trauma

  • El Museo Picasso presentará el próximo verano una amplia retrospectiva con más de cien obras de la artista francoamericana, una de las mayores influencias del siglo XX, mano a mano con el Moderna Museet de Estocolmo

El pasado mayo, con motivo de la inauguración de su exposición en el CAC, Marina Abramovic hablaba así en una entrevista concedida a este periódico: "Las mujeres no están tan preparadas para sacrificarse por el arte como los hombres. Las mujeres quieren tener familia e hijos y además dedicarse al arte. Pero, siento decirlo, eso no es posible. Tenemos un cuerpo y para ser artista hay que consagrarlo a ello por completo. El arte exige el sacrificio de todo, incluida la vida normal. Pero separar el arte por una cuestión de género me parece muy perjudicial para el mismo arte. No hay un arte masculino o femenino. Sólo arte bueno y arte malo". Hoy, resulta especialmente ilustrativo analizar esas palabras a la luz de la obra y la experiencia de Louise Bourgeois (París, 1911 - Nueva York, 2010), cuyo tránsito desde el más absoluto anonimato hasta la coronación como una de las grandes influencias del siglo XX procedió de manera tan vertiginosa como conflictiva. Bourgeois abrió camino en mucho sentidos, y también en la exégesis de género; pero si Abramovic parece tenerlo muy claro al respecto, en la creadora francoamericana esta suerte de condena sartriana a la elección no se asume sin angustia y sin combate. Afortunadamente, Málaga volverá a tener la oportunidad de adentrarse en su mundo y extraer las conclusiones merecidas gracias a la amplia retrospectiva que el Museo Picasso acogerá del 15 de junio al 27 de septiembre de 2015, un ambicioso proyecto que reúne 103 obras entre esculturas, celdas y obras de papel y textiles (lo que supone una de las exposiciones de Bourgeois de mayor volumen de las dedicadas a la artista en los últimos años) en coproducción con el Moderna Museet de Estocolmo. Iris Müller-Westermann, conservadora del mismo, es la comisaria de la muestra.

Precisamente, la exposición podrá verse en la institución sueca antes de su llegada a Málaga (del 14 de febrero al 17 de mayo) con, esencialmente, la misma propuesta que vendrá en verano al Picasso (el montante de piezas asciende a 105, sólo dos más de las que podrán verse aquí). Y en la presentación del Moderna Museet se indica que la exhibición se distribuye en nueve secciones "relacionadas respectivamente con asuntos como la memoria, el trauma, las relaciones, la sexualidad, la ansiedad y el desafío de combinar los roles de madre y artista". De modo que sí, Bourgeois entra de lleno en el asunto que nos ocupa, el mismo que vertebró su creación artística, expresada a través de sus abrumadoras esculturas. En 2011, la Fundación Proa de Buenos Aires dedicó otra gran exposición a Bourgeois, y el comisario, Philip Larratt-Smith, indicaba en un artículo con el sugerente título Louise Bourgeois: el retorno de lo reprimido, lo siguiente: "Las obras evidencian cómo el psicoanálisis intervino en el pensamiento de la artista, y cómo el diálogo con ese discurso creó un universo emocionante sobre la compleja, conflictiva, y sutil vida contemporánea. El mundo interior, el de las relaciones familiares, el lugar del padre, la madre, la hija y la esposa están tratados de manera singular, propia y personal, y convierten a Bourgeois en un icono de los temas más trascendentales del siglo XX". Y continúa: "Sus famosas obras colgadas, pendientes de un hilo, muestran la fragilidad, la delicadeza de los acontecimientos, evidenciando la ambivalencia entre el mundo exterior y el mundo interior del sujeto". Toda una declaración de intenciones que merece un análisis esmerado: el que cada visitante del Museo Picasso sea capaz de alumbrar.

Por ahora, lo cierto es que el desajuste entre el mundo interior y el exterior del artista explica, en gran medida, la obra de Bourgeois. Y el psicoanálisis encuentra, como suele, una explicación a este desequilibrio: el trauma. El mismo tiene su origen en un desagradable suceso de la infancia servido en bandeja por su padre, un hombre colérico e intratable que mantuvo una relación con la niñera mientras desatendía sus responsabilidades básicas de padre de familia. A este preludio se unieron sus dificultades para tener hijos una vez que conoció a su marido, el historiador norteamericano Robert Goldwater, en 1938 en París. Su historia sigue un proceder similar a la de Sara, la mujer de Abraham: después de instalarse en Nueva York, cuando quedó patente la imposibilidad de concebir por parte de Bourgeois, ambos regresaron a Francia y adoptaron un hijo en 1939; pero al año siguiente Bourgeois dio a luz a un hijo, y en 1941 a un segundo vástago natural. Resulta lógico, por tanto, que Bourgeois decidiera consagrar su vida a sus hijos de manera abnegada, ya que el don con el que ya no contaba le había sido dado; pero, al mismo tiempo, el impulso de la creación artística le exigía cada vez más tiempo, y no es de extrañar que Bourgeois llegara a interpretar el mismo como un parásito indeseable que pretendía separarla de sus hijos. Unida esta coyuntura al recuerdo fatal del padre, el psicoanálisis prefigura el trauma: de ahí la obsesión de Bourgeois por las arañas (la más famosa de sus esculturas, la gigantesca Maman, reviste varios ejemplares y uno de los mayores adquirió rango de icono junto al Museo Guggenheim de Bilbao), animales representativos de los desórdenes psicológicos y temores irracionales como pocos; así como por las celdas estremecedoras en las que logra alumbrar el sentimiento de falta de libertad de manera tan perturbadora como absoluta; por no hablar de una obra tan arrasadora como La destrucción del padre (1974), una polémica instalación que daba la vuelta a la liturgia eucarística a modo de venganza. En todas y cada una de sus obras, Bourgeois habla de sí misma. Así quedó patente en la exposición Tejiendo el tiempo, con una veintena de esculturas que acamparon en el CAC Málaga (donde también se conservan piezas de Bourgeois en su colección permanente; recuérdese el triste robo sucedido a principios de este año) poco después de su inauguración, constituyentes de otros tantos episodios puramente autobiográficos; o la celda que pudo verse el año pasado, también en el CAC, en la exposición colectiva organizada para la celebración del décimo aniversario del centro, con una figura femenina enclaustrada y sumida en una posición de insoportable tortura. Una de las obras sobre papel que llegarán al Museo Picasso, San Sebastián (1998), reproduce el martirio del mismo, saeteado en toda su anatomía, a partir también de una figura femenina, evocadora, como siempre en Bourgeois, de los síntomas del embarazo.

Sin negar la influencia del trauma, tal vez convendría, sin embargo (y en esto la exposición del Museo Picasso puede resultar de gran ayuda), considerar que la manera en que el mundo interior y el mundo exterior convivieron en Bourgeois, más allá del desajuste, respondió, también, a otras causas. Cabe recordar que Bourgeois estudió matemáticas, especialmente geometría, y en algún momento afirmó que esta disciplina le proporcionaba una "paz mental" dado que trabajaba con leyes "que nadie podía cambiar" (su amor por las matemáticas le hizo merecedora del premio del Colegio de Patafísica, que le entregó Fernando Arrabal en Nueva York poco antes de su muerte). A menudo se pasa por alto al hablar de Bourgeois su condición, un tanto sui generis, de exiliada: en su marcha a Estados Unidos en 1939 no parece haber motivaciones políticas, pero Bourgeois era bien consciente de la situación en que quedaba la Francia que dejaba atrás. Ya en Nueva York, su carrera como artista no fue sencilla: luchó contra la incomprensión general hasta que el MoMA le abrió sus puertas en 1982. Demasiados vaivenes, en fin, para una matemática fiel. Su compromiso feminista y por los derechos de gays y lesbianas se inscribe en un posible orden de sus tormentos sentimentales en su madurez. De cualquier forma, el arte fue otro a partir de Bourgeois. Y vale la pena comprobarlo.

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