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Hijo del hombre

  • ‘La invención de Jesús de Nazaret’ (Siglo XXI-España) de Fernando Bermejo Rubio propone un riguroso acercamiento a la figura histórica del padre del cristianismo

Imagen del filme 'La pasión de Cristo', de Mel Gibson. Imagen del filme 'La pasión de Cristo', de Mel Gibson.

Imagen del filme 'La pasión de Cristo', de Mel Gibson. / R.G.

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Lo que sabemos de Jesús el Nazareno es objetivamente poquísimo: Que procedía de Galilea, que predicó la llegada del “Reino de Dios” y que murió crucificado en tiempos del emperador Tiberio; todo ello cimentado en unas bases documentales de una precariedad preocupante. Los datos sobre la identidad del hombre no pueden ser más parcos. En La invención de Jesús de Nazaret (Siglo XXI-España), Fernando Bermejo Rubio recuerda: “de Jesús se ignora casi todo lo relativo al nacimiento, infancia y juventud.

Los ‘evangelios de la infancia’ de Mateo y Lucas apenas son otra cosa que piadosa leyenda”. Si damos credibilidad a estos textos sacros o a otros ajenos a la tradición cristiana, Jesús vino al mundo en Nazaret entre el año 8 y el 4 de nuestra era (que en teoría habría comenzado con el año exacto de su nacimiento); su nombre auténtico tuvo que ser Yeshú o Yeshúa, forma abreviada de Yehoshúa (Josué) y el de sus padres María (Maryam) y José (Yosef). Poco más: “perteneció a una familia numerosa –las fuentes mencionan a sus hermanas y hermanos, estos últimos por el nombre–; parece haber sido un artesano (tékton) –escribe Bermejo Rubio–; es poco probable que estuviera alfabetizado”. Hablaba arameo, la lengua del día a día en Palestina; el hebreo era la lengua de la Torá, la cual, según el judaísmo proviene directamente de Dios; ya saben, ese muro infranqueable contra el cual chocamos todos cuantos queremos acercarnos a los hechos de manera racional.

Sólo una lectura política explicaría por qué aquel profeta fue considerado peligroso

Las dudas se ciernen asimismo sobre qué entendió o pudo entenderse por “Reino de Dios”. Desde hace dos mil años, el cristianismo ha acometido una radical espiritualización de este mensaje utópico desvirtuando el proyecto terrenal, urgente o inmediato de aquel hombre. Obviamente, Jesús de Nazaret habló para la gente de su tierra y de su tiempo prometiendo una solución para los problemas de su tierra y de su tiempo; su predicación debía tener forzosamente una dimensión “sociopolítica” perentoria, toda vez que como sostiene en autor de este excepcional ensayo: “la relación entre lo ‘religioso’ y lo ‘político’ es inextricable”. Sólo una lectura política explicaría por qué aquel profeta, en una tierra y un tiempo en que abundaban los profetas, fue considerado peligroso por las autoridades romanas. No obstante, en el empeño de “universalizar” el mensaje de Jesús, los evangelistas lo “despolitizaron” y redujeron un proyecto presumiblemente antirromano a su mínima expresión, sin conseguir eliminarlo por completo. La historia de Jesús de Nazaret se ha perpetuado en términos maniqueos con los judíos como malvados de la función: “esta trama resulta teológica y literariamente eficaz, […] crea suspense y dramatismo”, escribe Bermejo Rubio, y resulta más fácil de asimilar por la audiencia.

Y llegamos al tercer punto. Aquel humilde nazareno que predijo el adviento del “Reino de Dios” fue ejecutado por orden de las autoridades romanas presentes en la provincia de Judea. La acusación de “blasfemia” que la casta judía habría esgrimido en su contra no se sostiene: “los evangelios testimonian que el galileo compartió las creencias y prácticas de su religión. Fue circuncidado, frecuentó las sinagogas, peregrinó a Jerusalén con ocasión de las festividades, asistió al Templo, celebró la Pascua, y respetó las prácticas de ayuno, la oración y la limosna”, explica Bermejo Rubio. Además, insiste él e insisto yo, si el delito fuera de orden religioso, no se entendería que el reo fuera entregado a los representantes del Imperio: “la blasfemia no desempeña papel alguno –concluye Bermejo Rubio–. De hecho, a Jesús no se le aplicó la forma de ejecución que habría estado permitida en este caso de acuerdo con la Ley mosaica –la lapidación–, sino la pena romana de crucifixión”. Una vez desgajado del judaísmo, al cristianismo le convenía tener a Roma como amiga, pero aquel hombre tuvo que ser enemigo de esta última, no de su propio pueblo.

Desde el mismo título del volumen, la tesis de Fernando Bermejo Rubio está clara y me parece indiscutible: el sujeto histórico llamado Jesús de Nazaret continúa imbuido de elementos ficticios que se han ido depositando sobre su figura a lo largo de los siglos, emborronándola. La reconstrucción histórica de una figura tan escurridiza sería a priori desaconsejable; sin embargo, el propio ensayo acaba convirtiéndose en una lección magistral sobre cómo sortear las dificultades de dicha reconstrucción a fuerza de rigor e inteligencia. No sé si los argumentos expuestos son irrebatibles; diré que son de una contundencia apabullante. La invención de Jesús de Nazaret no deja nada al azar. Estamos ante una obra documentadísima y de amplio respiro que afronta y agota (esa impresión deja) todos los interrogantes sobre la cuestión. Está además muy bien escrito. Sus casi setecientas páginas saben a poco.

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