Cultura

"En España se tiende a confundir el concepto de lo sagrado con lo eclesial"

  • El escritor elabora en su último libro, 'Desiertos de luz', una reflexión sobre el ser humano como centro del Universo

El refuerzo de las medidas de seguridad por el temor a acciones terroristas En el erial altamente tecnificado sobre el que se cimientan los pilares del siglo XXI, y donde el humanismo poético sobrevive socialmente como una actitud restringida, la obra de Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946) abre un oasis de lúcido pensamiento creativo en el que es grato detenerse a beber. En su último libro, Desiertos de la luz, publicado por la editorial Tusquets, enarbola una visionaria reflexión en torno al ser humano restituido como centro del universo.

-Poeta, novelista, crítico, traductor, autor de ensayos y libros de viaje, su "biografía literaria" parece directamente extraída del Renacimiento. Díganos, ¿en qué faceta creativa se siente más a gusto?

-Creo que en la poesía... Esta es como el sustrato del resto de mis libros. Siempre he creído que la experiencia de escribir y la experiencia de vivir deben ir fundidas.

- El símbolo del desierto ("el laberinto abierto de la luz"), asociado a los conceptos de negación y vacío, es una constante a lo largo del libro. ¿Se trata únicamente de un desierto interior?

-No exclusivamente. Por una parte está el desierto físico, el que suscitó algunos de los poemas, el que rodea el Mar Muerto, y por el otro se encuentra, en efecto, ese otro desierto interior, el que remite a los problemas esenciales del ser humano, a las últimas preguntas. El desierto, en ambos casos, como espacio absoluto, desprovisto de los signos y señales de la Historia y en el que, en consecuencia, el ser humano puede sentir y reflexionar de una manera más radical.

-De muchos de sus textos parece desprenderse una suerte de humanitas clásica entendida como mirada solidaria hacia lo Otro. ¿Son malos tiempos para la filantropía?

-Sí, hay en mi libro un tipo de sentimiento -llamémoslo piedad, compasión o humanitas- que ya se hallaba muy presente en los tres anteriores, una parte fundamental e irrenunciable de mi obra poética. Para algunos, soy exclusivamente el autor de Sepulcro en Tarquinia, una obra que, me consta, en su día marcó a muchos lectores. Pero el autor no puede quedarse estancado en sus hallazgos; debe seguir buscando. De ahí que la poesía sea una profunda vía de conocimiento.

-"Tiempos negros/ para las almas con gran sed de Dios", escribe en uno de sus poemas. ¿Es la suya una poesía religiosa, o, más bien, una poesía deísta, pero exenta de credo?

-Me alegra que me haga esta pregunta, pues a raíz de la publicación de mi libro se ha hablado del posible sentido "religioso" del mismo. Este calificativo es de uso delicado porque vivimos en un país en el que -a causa de un lastre decimonónico que arrastramos-, de un anticlericalismo fácil; se tiende a confundir lo sagrado con lo eclesial. Lo sagrado es una presencia que acompaña al ser humano desde los orígenes. Y éste sí es un concepto que puede sintonizar con mi poesía. Lo sagrado es una presencia muy viva en poetas como Hölderlin o Rilke. Creo, por ello, que es mejor hablar de poesía profundamente existencial. Por otra parte, no hay que olvidar en qué lugar nace la segunda parte de este libro: en Palestina, en Israel, en esos espacios en los que sorprendentemente las tensiones bélicas y lo sagrado se debaten desde hace tres mil años. Esos espacios sagrados pueden condicionar también a los lectores que lean mi libro con "anteojeras" previas.

-En su obra parecen confluir con afán sincrético las enseñanzas del neoplatonismo con las doctrinas confucionistas, budistas y taoístas, que envuelven un universo simbólico en cambio, enteramente particular. ¿Cambió su viaje a China su manera de mirar el mundo?

-El libro que escribí sobre China, La simiente enterrada, ya lo tenía desde hace tiempo en mi cabeza, porque me eran muy familiares esas doctrinas, pero sólo el viaje desencadenó el libro. A la luz de esas ideas mi vida ya había cambiado hace tiempo.

-Por último, respóndase a usted mismo: "¿Qué podemos hacer en este tiempo/ en que todo parece deshacerse?".

-Vivir en la consciencia, reflexionar, ser fieles a la verdad y, luego, como escritores, proyectarlo en nuestras obras. Que vida y obra vayan fundidas.

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