Crítica de Cine cine

Buenos efectos especiales y budismo de bazar

DOCTOR STRANGE

Fantástica, EEUU, 2016, 115 min. Dirección: Scott Derrickson. Intérpretes: Benedict Cumberbatch, Chiwetel Ejiofor, Rachel McAdams, Michael Stuhlbarg, Mads Mikkelsen y Tilda Swinton. Guion: C. Robert Cargill, Thomas Dean Donnelly, Joshua Oppenheimer y Jon Spaihts. Fotografía: Ben Davis.

Teniendo en cuenta la filmografía de Scott Derrickson -Hellraiser V, El exorcismo de Emily Rose, Ultimátum a la Tierra, Líbranosdel mal- este nuevo y entretenido disparate tebeo-místico-épico de la factoría Marvel no está tan mal. Junto a Sinister es de lo más aseadito de su cochambrosa filmografía. Aquella era rescatada por un muy buen Ethan Hawke y ésta por un igualmente bueno Benedict Cumberbatch: los actores todavía pueden hacer algo para que los efectos especiales no sean las únicas estrellas de las películas-cómic. El personaje del Doctor Strange fue creado por Stan Lee y Steve Dikto en 1963 y ha sido adaptado a la televisión en 1978 con imagen real y en 2007 en versión animada, además de aparecer -como es propio de Marvel- en varias historias de otros superhéroes. La de ahora es la adaptación cara y de lujo con él como protagonista absoluto.

Los superhéroes jugaron y juegan un papel sustitutivo de la religión, y sus creadores mezclaron la Leyenda Dorada -la venerable compilación medieval de vidas de santos- con personajes e historias de otras religiones y criaturas varias nacidas de la literatura fantástica u otros cómics. Un potaje, vaya, o un popurrí que aquí toma una versión más o menos tibetana y budista que podría llenar varias páginas de referentes, empezando por las novelas Siddhartha de Hesse (1922) y Horizontes perdidos de James Hilton (1933). Claro que de ellas a los cómics va la misma distancia que de una cerámica Ming a un gato de plástico moviendo la pata.

El Doctor Strange es un ser atormentado y duramente castigado por la vida que se redime y descubre sus poderes en el Tíbet a base de un jarabe de filosofía supuestamente budista, meditación y artes marciales. El resultado le convierte en un mago y, en pura lógica, lo único interesante de esta película es la magia, es decir, los efectos especiales. Deudores de Origen y de otro puñado de películas más creativas que ésta, lo único valioso que ofrece -junto a la interpretación de Cumberbatch (no así la de Tilda Swinton, convertida en la maestra de este precedente marveliano del Pequeño Saltamontes)- es el espectacular y carísimo trabajo de los responsables de los efectos especiales. Lo lógico en el universo Marvel, al fin y al cabo.

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