Crítica de Cine cine

Un Bronson con más negritos

Denzel Washington. Denzel Washington.

Denzel Washington. / d. s.

Que Denzel Washington es un gran actor que ha heredado el saber estar ante la cámara y el carisma de Sidney Poitier es un hecho. Que Antoine Fuqua es el director artesanal afroamericano con más tirón comercial es otro hecho. A estos dos hechos hay que sumar que estando Hollywood como está desde hace al menos tres décadas ese gran actor que es Washington ha interpretado películas extraordinarias, correctas, mediocres y horrorosas (entre las que se cuenta la pedantería sobreactuada Fences en la que se dirigió a sí mismo) porque los estudios, por duros que fueran, trataban mejor a sus estrellas que el mercado; y que Fuqua, por mucho oficio que tenga, ha dirigido una pocas películas interesantes (Día de entrenamiento, El tirador, Redención), muchas de chimpún entretenido (Objetivo la Casa Blanca, Los amos de Brooklyn, The Equalizer) y muchas horrorosas (Lágrimasde sol, El Rey Arturo, Los siete magníficos).

El dúo formado por Washington y él ha coincidido en cuatro títulos que participan de las tres categorías. Como productor Washington tuvo la comercialmente feliz idea de rescatar una olvidada serie televisiva The Equalizer, emitida por la CBS entre 1985 y 1989, para interpretar en la gran pantalla a su protagonista, una enésima variación sobre el justiciero de la noche que se toma la justicia por su mano que el cine americano consagró en la década de los 70 en el contexto de un apabullante aumento de la criminalidad, con Taxi Driver en versión de autor, la serie de Harry el Sucio en versión de buen cine comercial y la saga de Charles Bronson en versión cutre-popular. En este caso se trata del prototipo de súper agente retirado que vuelve a entrar en acción impelido -como el Travis de Scorsese- por la brutal explotación de una prostituta adolescente.

Como la cosa le fue bien en 2014 he aquí la segunda entrega. Más de lo mismo. Ni Washington ni Fuqua quieren correr riesgos. Su fórmula es la de las casas de comida que fidelizan a su clientela ofreciendo siempre el mismo menú con idénticas discretas calidades. Intentan, eso sí, profundizar un poco más en el protagonista (que lee a Proust) y en el tema de la redención aleccionadora del joven cuya incorporación, interpretado por el prometedor Ashton Sanders directamente importado de Moonlight, es lo más interesante de la película. Al margen, naturalmente, de las interminables y perfectas coreografías de violencia. Entretenida para quien guste entretenerse con estas cosas de extrema violencia pedagógica. Un Bronson con más negritos, por decirlo a lo Carlos Cano.

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