Crítica de Cine

Bening se supera pero no alcanza a Grahame

Annette Bening y Jamie Bell, en 'Las estrellas de cine no mueren en Liverpool'. Annette Bening y Jamie Bell, en 'Las estrellas de cine no mueren en Liverpool'.

Annette Bening y Jamie Bell, en 'Las estrellas de cine no mueren en Liverpool'.

Me temo (porque nunca debió ser olvidada) y a la vez espero (porque es una grandísima intérprete de películas extraordinarias) que muchos jóvenes y no tan jóvenes descubrirán a Gloria Grahame gracias a esta película. Y éste es su mérito mayor. Tal vez después de verla les pique la curiosidad por ver las películas en las que ella fue la Violet de ¡Qué bello es vivir!, la Ginny de Encrucijada de odios, la Laurel de En un lugar solitario, la Rosemary de Cautivos del mal o la Debby de Los sobornados (donde protagoniza una de las tres escenas de maltrato más famosas del cine clásico: el bofetón de Glenn Ford a Rita Hayworth en Gilda, Edward G. Robinson humillando a Claire Trevor en Cayo Largo y, por encima de todas por su dureza, Lee Marvin arrojándole agua hirviendo a la cara en esta obra maestra de Fritz Lang).

Mujer de fiero carácter y vida tempestuosa, su brillante carrera, culminada cuando ganó el Oscar en 1953, se vio reducida a la televisión a partir de los años 60, alternándola con el teatro. Cuando le diagnosticaron un cáncer lo ignoró y no se sometió a tratamiento. Prosiguió con su actividad y tuvo una apasionada relación con un joven actor inglés hasta que la muerte la alcanzó. Grahame no sólo era una mujer madura buscando rejuvenecerse -luchar contra el tiempo y contra la muerte que la acecha- con un amante joven; era sobre todo una mujer sola que tras muchas relaciones turbulentas -que la película ignora- busca amor y una estrella en declive ansiosa de cotidianidad, de sentimientos comunes de gente corriente, de brazos y hogares acogedores, de eso, en fin, que se llama normalidad pequeño burguesa: algo de lo que tantos quieren huir fugándose en las películas y a veces echan de menos quienes las interpretan.

La película se basa en el libro de memorias escrito por su joven amante. La dirige con corrección y algo de inspiración el mediocre director inglés Paul McGuigan logrando su mejor película. En parte porque sus limitaciones le impiden caer en los excesos melodramáticos a los que el tema se prestaba. Afortunadamente no le ha dado por hacer un Sunset Boulevard que sólo un genio como Wilder puede permitirse y una mujer como Grahame no merecería. Pero sobre todo es su mejor película gracias a la poderosa interpretación de Annette Bening (algo olvidada últimamente) en un esfuerzo extraordinario. Porque esta gran actriz tiene una presencia menos poderosa en pantalla que aquella a la que interpreta y un rostro menos atormentadamente hermoso. Bening no puede alcanzar a Grahame pero su esfuerzo tampoco cae en el vacío porque el director y la actriz, tal vez conscientes de ello, no intentan imitarla. Solo recrear el último episodio de su vida con dignidad. Y lo logran. No es poco. Jamie Bell le da una correcta réplica y Vanessa Redgrave, como siempre en su espléndida vejez en la que se muestra mejor actriz -por más contenida- que en su juventud, aporta valor dramático.

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