Pablo Heras-Casado. Director de orquesta.

"He procurado no seguir una escuela determinada, sino hacer la mía propia"

  • A sus 38 años, el granadino será, el 30 de enero en la Semana Mozart de Salzburgo, el primer español que dirigirá a la legendaria Filarmónica de Viena, una cita que lo consagra definitivamente como figura internacional.

-¿Qué le pasó por la cabeza cuando conoció la invitación?

-Digamos que no llegó completamente por sorpresa, ya hacía un par de años que estábamos cocinándolo un poco el mismo festival, la orquesta y yo. Después de que Harnoncourt [el director austriaco que en un principio iba a dirigir el concierto del día 30] anunciara que dejaba los escenarios definitivamente, se precipitaron las cosas y fue entonces cuando recibí un mensaje del director del festival preguntándome si podía y quería asumir el concierto. Y me pareció una ocasión fantástica para el debut. Estoy muy muy muy contento, lo veía venir, pero el momento, el programa y el que llegue avalado por Harnoncourt lo hace todo aún mejor.

-Harnoncourt, de hecho, propuso su nombre para sustituirlo. ¿Qué relación tiene con él?

-No hay una relación personal directa, pero al mismo tiempo considero que tengo un vínculo privilegiado con él desde que hace un par de años me invitara a dirigir el Concentus Musicus Wien, su mítico ensemble de música antigua. De hecho en 2016 voy a volver a dirigirlo. Fue un honor que él decidiera tenerme en cuenta.

-Todo el mundo está celebrando su debut como un hito histórico en toda regla...

-Pero si ya hubieran dirigido antes otros españoles a la Filarmónica de Viena yo sentiría la misma responsabilidad. Es un añadido bonito y especial y evidentemente siento que hay una responsabilidad por ello, porque soy consciente de que esto tiene incluso una parte histórica, y resulta que me ocurre a mí... Pero no lo siento como una presión añadida.

-Lo que quería preguntarle, también, era esto: el hecho de que sea un hito histórico, en el año 2016, que lo es, ¿no dice algo sobre la consideración, la relevancia social y la calidad de la enseñanza musical que tradicionalmente ha habido en España? Algo no sé si bueno...

-De la enseñanza musical dice muy poco, desde luego, pero del talento sí dice mucho. El talento siempre ha existido, pero no las condiciones adecuadas para desarrollarlo. Sólo hay que mirar estadísticas: desde que empezó a haber con normalidad escuelas de música y conservatorios en las ciudades ha habido un estallido de talento. Hay mucha gente, de mi generación y más joven, que empezó a llenar esas escuelas y conservatorios y ahora ocupa puestos importantes en todo el mundo. Pero la enseñanza todavía tiene mucho que mejorar, los recursos que se dedican a ella son penosos, auténticamente penosos, y de eso podemos poner ejemplos en Sevilla o en Granada, donde son normales cosas que no deberían serlo, como que no exista insonorización en las aulas o que haya que cerrar el edificio por haber una fuga de gasóleo, como pasó hace sólo unos días. A pesar de todo, el talento florece, sí, pero lo que hace falta es que las instituciones estén de verdad y por fin a la altura.

-Y a todo esto, ¿por qué les cuesta tanto a las orquestas españolas invitar a jóvenes directores españoles?

-Yo creo que es una cuestión de complejos. Quizá ahora no cuesta tanto ya, aunque sea por una circunstancia tan triste como es la llegada de las vacas flacas. Pero antes muchas orquestas y teatros y todos los festivales parecían interesados sólo en tener a la Bartoli o a Villazón cantando allí y al siguiente Karajan dirigiendo. Igual que ha ocurrido en otros aspectos de la sociedad española, esto pasó también en la música. Lo cual ha tenido un efecto muy negativo para los artistas, precisamente los de esa hornada con un talento más que suficiente y que sin embargo se encontró en un panorama en el que sólo queríamos tener las salas llenas de karajans y zubin mehtas y kleibers, y todo lo que sonara o pareciera un poco a eso tenía preferencia. La crisis obligó a replantear las cosas, y sólo entonces se miró un poco al director de tu ciudad o de tu país, que también tiene que cosas que hacer y posiblemente, de hecho, más ganas de trabajar y mayor gusto por las cosas bien hechas.

-Es difícil no pensar en el papel de los políticos en todo esto. Parece obvio que fueron poseídos por una obsesión con la espectacularidad y cierto brillo fácil e inmediato. De modo que al llegar esas vacas flacas lo hizo también un debate ineludible: cómo asegurar la viabilidad y la sostenibilidad de proyectos tan costosos como una orquesta. ¿Cuál sería a su juicio el modelo más equilibrado?

-Es como si quieres amueblar una casa poniendo un cuadro que te ha costado un montón de millones y un sofá carísimo. Y luego te llevas a tus amigos a la casa para que admiren cuánto relumbra todo, que para algo te has gastado la pasta, ¿no? Claro, luego resulta que una casa no es habitable y sostenible sólo con un sofá carísimo y un cuadro millonario. Son tantas cosas... Yo lo que sé es que hacía falta mucho menos dinero del que se gastó en aquellos años. Y yo conozco muy bien los cachés que se han pagado en España. Tengo colegas, artistas, que me han llegado a decir: "Es que me pagan tanto que me da vergüenza, de verdad". Esto ha pasado en España. Y en Andalucía en concreto. Eh... Y entonces tú qué piensas, tú qué tienes que pensar ante algo así... ¿Somos tontos o qué? Ahora se habla mucho de la viabilidad económica pero, señores, viabilidad no es seguir pagando esos cachés, aunque evidentemente entiendo que hay toda una estructura de profesionales que también tienen que pagar facturas, como todo el mundo. Pero se trata de echarle imaginación y sobre todo de asumir que el día a día y el verdadero calado social de una orquesta no consiste en invitar a tres figuras al año, sino en implicar realmente a la orquesta con los jóvenes músicos y con su ciudad. Y eso no es cuestión ya de tanto dinero, ¿verdad?

-Al margen de estas cuestiones, ¿en qué nivel se encuentran las orquestas españolas en comparación con las internacionales que usted conoce bien?

-Aquí falta todavía... tiempo. La Filarmónica de Viena tiene una historia de casi dos siglos, y así tantísimas otras; es que cualquier orquesta de un país tan joven como Estados Unidos tiene ya cien años ininterrumpidos... Aquí, en Valencia quisieron crear la-mejor-orquesta-europea de la noche a la mañana, pero es que resulta que así no se puede hacer. Insisto, hace falta tiempo. Y hace falta también que desde las gerencias, los responsables de las orquestas, tanto a nivel político como de gestión interna, sean capaces de crear estructuras modernas y flexibles, pero por encima de todo que tengan ideas y un concepto que defender porque, con mucha frecuencia, lo que falta aquí en última instancia es saber a dónde se quiere ir realmente con una orquesta.

-Apenas hemos hablado de usted... En su carrera se ha desenvuelto hasta ahora con mucha amplitud de miras en cuanto a repertorios que ha trabajado. ¿Cómo se conjuga esa curiosidad con la especialización a la que parece que empuja cada vez más su mundo?

-Yo es que no me he planteado nunca, ni en mi vida ni en la música, esto de acatar etiquetas o compartimentos. En algún momento, cuando empezaba sobre todo, muchos me decían: uno, "mira, es que no se puede hacer todo"; el otro, "quien mucho abarca poco aprieta"; después se te acercaba otro, "ten en cuenta que luego, si quieres tener un nombre, has de ser conocido por algo en concreto". En fin, cosas que en realidad no tienen nada que ver con nociones artísticas ni intelectuales, sino con otras cosas, así que nunca quise hacerles caso. Siempre he vivido esto de una manera instintiva, y luego por supuesto he trabajado todo lo que tenía que trabajar y más para conseguirlo. Me interesa trabajar para eso, para tener una visión amplia tanto, tanto da si dirijo Mendelssohn, Bach o Stravinski. No creo en una música cerrada sobre sí misma.

-Pero supongo que en cualquier caso sí habrá un repertorio con el que, por razones de afinidad o gusto personal o incluso por vínculos meramente sentimentales, se encontrará más a gusto...

-No, verdaderamente no. No me encuentro más a gusto dirigiendo a Tomás Luis de Victoria que a Mussorgsky, ni más cómodo con Ravel que con Verdi, pongamos por caso. Es que si fuera así no lo haría como lo hago. Tal como yo lo vivo, cada música está conectada con una parte de mí, y todas esas partes son importantes.

-¿Qué directores actuales o del pasado han sido sus principales inspiraciones?

-Muchísimos. No hay una figura preeminente, digamos, que haya definido una escuela para mí. De hecho, siempre he procurado no seguir una escuela determinada, sino tratar de hacer la mía propia. Puedo citar desde mi primer profesor, Harry Christophers, hasta el último, que fue Pierre Boulez, y luego mucha gente que me ha influido, como Kleiber o Abbado o Gardiner. Son muchos...

-Lleva usted dirigiendo 20 años y muchos de ellos implicado en trabajos muy importantes, desde el Teatro Real, donde es director principal invitado, a numerosos teatros y orquestas de todo el mundo. Pero su despegue internacional, coronado ahora por su debut con la Filarmónica de Viena, se ha producido en los dos, tres últimos años. ¿Cómo se asimila acceder a esa fama en tan poco tiempo?

-La verdad es que yo no lo puedo asumir de ese modo porque realmente no siento que haya sido rápido. En esos 20 años no he parado de dirigir, han sido muchas muchas muchas horas, que no se ven a lo mejor, pero que han sido trabajadas. En Granada, muchísimo, con muchos grupos y muchos repertorios, después simultaneando Cataluña y Granada, y más tarde también en Madrid y otros sitios... Claro, todo eso tiene menos visibilidad que las orquestas a las que dirijo ahora. Pero aquello era trabajo también, y de hecho me dio recursos y un bagaje para poder afrontar todo lo que me está llegando ahora. Quizá por eso cuando todos estos momentos me han llegado [se refiere a sus citas más mediáticas o de mayor prestigio] no se me han hecho tan grandes, o mejor dicho, no se me han hecho demasiado grandes.

-El de la música clásica es un mundo muy competitivo y desde un punto de vista profesional tremendamente exclusivo, ¿cómo de duro resulta, en lo personal, lidiar en ese terreno?

-Tan duro como uno quiera. Depende de cómo te lo plantees y de cómo seas. Evidentemente es un trabajo de muchísima disciplina, mucho trabajo, mucha tensión, responsabilidad, competencia... todo eso, sí. Y demanda muchísimo física y emocionalmente, pero si tus mimbres son fuertes nada tiene que cambiar. En cualquier ámbito, en una situación digamos extrema, de estrés o de lo que sea, sale la verdadera esencia de uno. En mi caso, nada de lo que soy ha cambiado: mi familia, mis raíces, Granada y mis referentes son los mismos de siempre. La dificultad, la responsabilidad y cierta obsesión hay que saber llevarlas, cómo no, pero bueno, forman parte del trabajo, como de tantos otros.

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