BIENAL DE FLAMENCO "Sevilla es la Bienal"

  • A puerta cerrada y en un ambiente frío, la cita jonda ha arrancado en el Alcázar su edición más extraña bailando por sevillanas y aplaudiendo a su gran maestro, Manuel Herrera

María Moreno y Antonio Canales bailan por sevillanas en el Real Alcázar. María Moreno y Antonio Canales bailan por sevillanas en el Real Alcázar.

María Moreno y Antonio Canales bailan por sevillanas en el Real Alcázar. / Antonio Pizarro

Con la extrañeza y la parafernalia que marca la pandemia, esta noche ha arrancado en los Reales Alcázares la XXI Bienal de Flamenco de Sevilla proyectando la imagen que mejor representa el momento actual que vivimos, la filosofía de la cita y la idiosincrasia de la ciudad. La de un grupo reducido de políticos, periodistas y artistas, los menos, que a puerta cerrada, con mascarilla y la distancia aconsejada, hicieron compás por sevillanas en un flashmob retransmitido al mundo por Youtube y aplaudieron las palabras de su pregonero, el flamencólogo y gestor cultural Manuel Herrera. Convirtiéndose el momento, que tenía que haber sido abierto, multitudinario y participativo y en la Plaza de España, en un íntimo acto de resistencia con el que gritar: la Bienal es Sevilla y Sevilla no es nada sin su Bienal.

Así, sosteniendo entre sus manos la añoranza de todas esas improvisadas y felices que por primera vez en mucho tiempo no se han podido bailar en la Feria de Abril, Rafael Riqueni, el guitarrista que mejor recoge las emociones contradictorias de esta ciudad, dio los primeros compases primero de su Amargura y después de Aire de Sevilla, las memorables y emotivas sevillanas, que bailó con pasión el genio sevillano, Antonio Canales, y la joven gaditana, María Moreno, Giraldillo Revelación en 2018.

Los tres artistas, acompañados por bailaores como Fernando Romero y Ana María Bueno, Anabel Veloso y Alejandro Rodríguez o José Galán y Lola López y alumnos de distintas escuelas, se fueron cruzando y dando vueltas de la primera a la cuarta mostrando a los aficionados de cualquier rincón del planeta -que virtualmente podían sumarse a través del hashtag #LaBienalxSevillanas-, que así es como Sevilla afronta sus males y celebra la alegría de seguir mirando de frente al futuro.

Tras el flashmob, tomó la palabra Manuel Herrera Rodas, quien dirigió la cita del 1998 al 2002, director también del clásico ciclo los Jueves Flamencos de Cajasol e impulsor y agitador prudente de casi todas las iniciativas en torno al flamenco en Andalucía.

Herrera lo dejó claro desde el inicio. No es poeta, ni como "Luis Rosales, que abrió la primera Bienal, ni como Felipe Benítez Reyes, encargado de pregonar la última" ni pregonero. Él, en realidad, aunque no lo comentó, ha sido maestro de escuela y también otro grande -y bueno- de lo jondo, no desde lo artístico, pero sí desde su compromiso vital. Y es asimismo testigo vivo de esta cita desde sus inicios. Por eso, en su discurso, más académico que lírico y más divulgativo que grandilocuente, buscó acentuar la grandeza del flamenco y pedir que "nos afirmemos más en la realidad de que este hecho cultural es un argumento esencial para la divulgación de la ciudad" y no exhibir sus logros particulares, aunque entre ellos esté el de que ser una de las personas más queridas en el mundillo.

De esta forma, con su habitual tono afable y en un ambiente más frío del deseado, repasó la historia del flamenco para evidenciar que lo duradero se construye poco a poco, con acontecimientos fundamentales como el Concurso de Granada en 1922, la Primera Antología de Cante de Hispavox de Perico el del Lunar, el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba o la creación de la primera Bienal, cuyo manifiesto leyó en 1980 José Luis Ortiz Nuevo también en los Reales Alcázares.

Manuel Herrera Rodas ofreció un pregón sabio y memorable. Manuel Herrera Rodas ofreció un pregón sabio y memorable.

Manuel Herrera Rodas ofreció un pregón sabio y memorable. / Antonio Pizarro

En sus palabras, por tanto, el flamencólogo dio su sitio a aquellos nombres e instituciones que han contribuido a la profesionalización, divulgación y reconocimiento de lo jondo, desde los Cafés Cantantes y las Academias de Baile, a las peñas flamencas como la suya El Pozo de las Penas "de las que la Bienal no se puede olvidar", pidió, pasando por los festivales, los teatros o los medios de comunicación, y muy a pesar de las vicisitudes y "abusos" sociales y políticas, "de señoritos cortijeros y gente sin otros valores que los del dinero, la frivolidad y su influencia", a los que ha tenido que enfrentarse este arte.

También quiso dar las gracias a poetas, intelectuales, investigadores, periodistas y artistas consagrados y jóvenes, como Demófilo, Félix Grande, Falla, Lorca, Juan Ramón Jiménez, Manuel Torre, Pastora Pavón, Chacón, Mairena, Fosforito, Caballero Bonald, Ricardo Molina, Moreno Galván, Távora o Paco Cabrera y el propio Ortiz Nuevo, entre otros, "sin los que la Bienal nunca se habría celebrado. O habría sido otra cosa", afirmó. Todos, argumentó, han logrado que se cumplan "estos cuarenta años de sueños, de proyectos, de luces y sombras" y que el flamenco llegue a tener "el prestigio universal del que hoy goza".

Con este aniversario, por tanto, se abre una nueva Bienal que "desde su origen aspiró a ser mucho más que un concurso" y que ahora pide "perpetuarse, ser el referente, servir de reclamo, hacer de escaparate de lo nuevo, y de lo que es raíz y esencia". Una Bienal que "viene a marcarnos el flamenco que hoy se estila y el que se presume que se estilará mañana". Una Bienal que tiene que demostrar "que el flamenco hace tiempo ya que soltó amarras y vuela desprovisto de prejuicios y de ataduras" y marcar los "nuevos caminos". Una Bienal que es plataforma, escaparate, acontecimiento y agitadora de conciencias. Porque, concluyó, "esta es la Bienal de Flamenco. Y la Bienal es en Sevilla".

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