Rodolfo Otero | Crítica En la compañía de Antonio

  • Las memorias de de Rodolfo Otero, escritas por Benito Carracedo, nos permiten acceder a los entresijos de la más grande compañía de baile español de los años 50

Rodolfo Otero como Corregidor y Rosita Segovia (La Molinera) en 'El sombrero de tres picos'. Rodolfo Otero como Corregidor y Rosita Segovia (La Molinera) en 'El sombrero de tres picos'.

Rodolfo Otero como Corregidor y Rosita Segovia (La Molinera) en 'El sombrero de tres picos'. / Archivo Rodolfo Otero

Gracias a Rodolfo Otero nos metemos de lleno en el día a día de la compañía de Antonio en los años 50, sin duda la etapa más brillante del bailaor sevillano como intérprete, coreógrafo y director. Allí nos enteramos de algunos secretos de la agrupación. Otero habla sin tapujos de las exigencias de Antonio como jefe, y también de las propias autoexigencias, que le llevaron al flamenco primero y luego a ser un bailarín de carácter capaz de incorporar, entre otros, al corregidor en la coreografía más famosa de Antonio, El sombrero de tres picos, estrenada en el Festival de Granada de 1958. También sin tapujos habla Otero de la homosexualidad de Antonio y también de la de Mairena. Eran otros tiempos, difíciles para los homosexuales. Tanto que Otero se niega a ir a solas con Antonio a un palco del teatro por miedo al qué dirán. También nos cuenta Otero su despedida de la compañía, por escrito y sin explicaciones y del proceso judicial, por despido improcedente, que le siguió, y que ganó. No fue solo El sombrero de tres picos. También estrenó con Antonio las Danzas Fantásticas (1955) de Turina, El amor brujo (1955), Sonatina y Fantasía Galaica (1956) de Halffter, Cerca del Guadalquivir (1956), el primer espectáculo narrativo de baile creado a partir de la obra de Lorca, en el que Otero hace de guardia civil, La taberna del Toro (1956), serie de estampas flamencas tradicionales, que mantuvo Antonio en repertorio hasta los años 70, y Jugando al toro (1960), donde incorporaba al astado, con una cabeza de toro de mimbre sobre la suya. Es decir la época dorada del Ballet de Antonio, entre 1953 y 1961 en que es despedido sin previo aviso, por celos profesionales en opinión del propio Otero. Aunque lo cierto es que no recibió ninguna explicación. Otros espectáculos que no estrenó pero que bailó son las Sonatas del padre Soler, El segoviano esquivo de Matilde Salvador, Serranos de Vejer (1953), etc. Participó también con Antonio en la película Honeymoon (1959) de Michael Powel. A pesar de este lamentable final de su relación profesional, afirma Otero que Antonio fue el mejor bailaor del mundo. Superior, incluso, a su paisano Vicente Escudero. Afirma que el baile sobrio de Vicente Escudero es magnífico pero prefiere los aires andaluces: "en Andalucía la gente es más tolerante". Habla largo y tendido sobre la dureza de su ciudad.

Portada libro de memorias de Rodolfo Otero. Portada libro de memorias de Rodolfo Otero.

Portada libro de memorias de Rodolfo Otero.

Cuando salió del Ballet de Antonio montó su propia compañía, junto a Pepín Soler, el Ballet de Altamira, con un repertorio donde combina el flamenco con versiones de obras de Albéniz, Falla, Turina, etc. Después formará dúo con su mujer, María Rosa en el Ballet de Antonio, Rosa España como solista. En 1985 abre su academia en Valladolid y se dedica, desde entonces, fundamentalmente a la enseñanza de su arte. Otero cree que el mejor público del flamenco es el inglés y también afirma que cualquier pueblo de España es preferible, según su punto de vista, a Nueva York.

Rodolfo Otero González (Montilla, 1932-Valladolid, 2018) conoció el flamenco cuando, con 14 años, asistió a una función en el Teatro Zorrilla de Carmen Amaya y su troupe. En su casa no tenían afición a lo jondo pero Otero se empeñó en bailar flamenco. Y lo consiguió. Ya para entonces había dado sus primeras clases de sevillanas. Incluso había sido boxeador profesional. Y al poco tiempo le pidió una audición a Antonio, que actuaba en el Teatro Lope de Vega de Valladolid. Y Antonio lo cogió. Otero había llegado con apenas dos años a Valladolid ya que su padre, leonés como su madre, fue nombrado director de una escuela pública en esta ciudad.

El bailaor pudo ver publicada esta obra en vida además de ser dedicatario de las XIV Jornadas Flamencas de Valladolid. De hecho, este libro ha sido posible gracias al empeño de Pedro Sanz, creador de las Jornadas, que han alcanzado ya 16 ediciones, y agitador flamenco de la ciudad castellanoleonesa. En realidad se trata de unas memorias de viva voz, a la manera de las que publicó su maestro en su momento, dictadas a Benito Carracedo que reproduce, entrecomilladas, todas las declaraciones del bailaor.

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