jazz

Miradas cruzadas

  • Una caja con 18 CD recopila los discos clásicos de Chet Baker junto a las fotografías de William Claxton

Chet Baker, en una de los más icónicos retratos que le hizo el fotógrafo William Claxton. Chet Baker, en una de los más icónicos retratos que le hizo el fotógrafo William Claxton.

Chet Baker, en una de los más icónicos retratos que le hizo el fotógrafo William Claxton.

El pasado 13 de mayo se cumplieron 30 años de la muerte de Chet Baker (1929-1988), uno de los músicos que más contribuyó a forjar ese arquetipo jazzíztico que cruzaba arrebatos, fracasos, drogas y, por supuesto, música. Desde sus primeros años como representante del cool jazz en los años 50 hasta su violenta muerte, rodeada de teorías, en el hotel Prins Hendrik de Ámsterdam en 1988, su trayectoria se desplazó por un desigual itinerario en el que terminó imponiéndose su romántica y privativa visión de la música, en su momento injustamente ubicada bajo la sombra de Miles Davis. En este escenario, su relación con la heroína jugó un papel crucial que terminó por incorporar a su música una dosis de tragedia y misterio, idónea para expandir su figura más allá de los contornos del espectro jazzísitico.

Ningún fotógrafo supo recoger mejor la atractiva imagen de galán de sus inicios que William Claxton (1927-2008). De hecho, sus primeras fotografías profesionales situaron en su objetivo al trompetista y cantante de Yale, Oklahoma, proyectando su imagen tanto en las revistas de la época como en portadas y encartes de sus discos. Consciente del carisma de su imagen, el fotógrafo de Pasadena, California, supo explotar ese perfil romántico, a veces arropado con bellas mujeres, colegas o idílicos paisajes californianos y en otros casos hurgando de forma más íntima en su melancólico y repeinado perfil.

El cruce de miradas entre jazz y fotografía se plasma ahora en Chet Baker. Portrait in Jazz by William Claxton, un monumental cofre de 18 CD a precio reducido que agrupa sus registros clásicos realizados entre 1952 y 1962 en diferentes formatos y contextos: desde su popular e ineludible vertiente como baladista romántico de tersa voz, menospreciada en sus comienzos y documentada en el estupendo álbum Chet Baker Sings (1954/56), hasta prescindibles grabaciones italianas realizadas durante sus giras europeas y entre las que figuran unas curiosas tomas junto a una orquesta dirigida por el mismísimo Ennio Morricone. Entre ambas desfilan sus almibarados registros con cuerda, los discos que documentaron su asociación con el pianista Russ Freeman -Live At Ann Arbor (1955), entre ellos - o el saxo alto de Art Pepper -Playboys (1956)-, las potentes sesiones del cuarteto sin piano junto al barítono del gran Gerry Mulligan o interesantes trabajos junto a otros colegas de la dimensión de Phil Urso y Bobby Timmons -en los registros del Forum Theatre en 1956- o Paul Chambers, Johnny Griffin o Philly Joe Jones con In New York (1958). Un verdadero festín de discontinuo recorrido licenciado en su momento por sellos como Pacific Jazz, Riverside o Jazzland que aquí aparece agrupado e impulsado por las sugerentes y emblemáticas fotografías de William Claxton.

En realidad, aquel Chet Baker de esquiva mirada ocultaba una tortuosa vida, también para quienes le rodeaban, obsesionada con satisfacer su hábito. Él mismo la resumió en 1963: "de ser el jazzman de ascenso más rápido del mundillo, me he convertido en el yonqui más conocido del mundo". Luego llegarían el irreparable declive físico, una paliza en 1966 que liquidó su dentadura hasta el punto de tener que replantearse su técnica, y, pese a todo, unos años finales en los que supo seguir ofreciendo muestras de su innato talento en discos para sellos como Criss Cross o Steeplechase. Su recientemente recuperada biografía Deep in a Dream. La larga noche de Chet Baker (Reservoir Books / Penguin Random House; 2018) de James Gavin permite escarbar en su borrascosa crónica mientras se regresa a aquella imperecedera música que, muy a pesar suyo, lo enfiló hacia los dominios de la leyenda.

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