Cultura

Canciones sin palabras

  • Fred Hersch publica el excelente 'Floating', un álbum donde certifica de nuevo su rol como modelo de referencia del piano del jazz contemporáneo.

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Floating. Fred Hersch Trio. Palmetto records, 2014.

Cuando, en 2008, Fred Hersch padeció un episodio de demencia asociado a una crisis de neumonía que le mantuvo dos meses en estado comatoso y le hizo perder la movilidad de, entre otras zonas de su cuerpo, las manos, muchos pensaron que vida y obra del pianista de Cincinnati podían haber llegado a su fin. Había debutado discográficamente como líder en 1984, justo el mismo año en que tuvo la desgracia de contraer sida y cuando declaró abiertamente su homosexualidad. Su condición de seropositivo no ayudó en aquel suceso y Hersch tuvo que luchar duro para volver a retomar su pulso creativo mientras mostraba su cara más activista participando en conciertos y álbumes benéficos con el objeto de recaudar fondos para la investigación contra la enfermedad. Afortunadamente, y rebatiendo los pronósticos más pesimistas, Hersch pudo volver a estudios y escenarios, abriendo la puerta de una de las fases más valiosas y destacables de una trayectoria que parece no menguar: su última evidencia acaba de ver la luz con el título de Floating.

Después de estudiar en Boston y trabajar en Nueva York a finales de los años 70, Hersch había curtido su piano como acompañante de consagrados de la dimensión de Art Farmer, Stan Getz o Joe Henderson. Excelente academia para un músico que tuvo que aprender a despojarse poco a poco de la vitola de "heredero de Bill Evans" mientras hacía madurar un estilo lírico y equilibrado, lucido en el manejo tanto de voces como de silencios.

Sus primeros trabajos ofrecieron un prometedor nivel a la búsqueda de un afianzamiento que llegaría de la mano de un contrato con el sello Nonesuch. Los monográficos dedicados a Billy Strayhorn (Plays Billy Strayhorn, 1995), los compositores Rodgers y Hammerstein (Plays Rodgers & Hammerstein, 1996) o Thelonious Monk (Thelonious, 1997) desplegaron una refinada lectura del estándar, edificada desde una aportación que iba mucho más allá del mimético homenaje. Hersch ya había dejado pruebas de sentirse cómodo en formatos como el trío o el piano solo (así visitó el Maybeck Recital Hall de Berkeley en 1993 y allí registró su directo para su serie) y ellos constituirían los patrones instrumentales utilizados en aplastante mayoría a lo largo y ancho de su carrera, aunque sin prescindir de colaboraciones con vientos y maderas como en el caso del volumen dedicado a Cole Porter dentro del estupendo triple Songs Without Words (2001).

Todas y cada unas de estas reseñas discográficas contienen pistas más que contundentes para conectar y asombrarse con un piano al que, paradójicamente, aquel capítulo de demencia le sirvió de revulsivo. Tras él, Hersch retomó la vía de la inspiración de forma inusitada. Sunnyside y Palmetto fueron las etiquetas discográficas que mantuvieron la apuesta por un músico convertido ya entonces en referencia del piano contemporáneo, poseedor de una precisa combinación de seguridad y riesgo e instructor de seguidores como Brad Mehldau o Ethan Iverson. Un pianista y compositor al que The New Yorker definió como "un maestro que se especializa en un lirismo sublime y en rozar continuamente el peligro". De hecho, sus últimos años han sido testigos de una sucesión de trabajos sin fisuras; de sus visitas (en solitario: Alone at the Vanguard, 2011, o trío: Alive at the Vanguard, 2012) al mítico templo neoyorquino Village Vanguard, a colaboraciones como la suscrita con Julian Lage (Free Flying, 2013) pasando por una ineludible serie de álbumes en trío cuyo última muestra es Floating.

John Hébert (contrabajo) y Eric McPherson (batería) prolongan aquí su colaboración con Hersch en un combo que ya huele a clásico y que se vuelca en un repertorio conformado por siete originales, dos estándares (If Ever I Would Leave You más ese You & The Night & The Music que en tantas ocasiones interpretara el maestro Bill Evans y al que Hersch insufla aquí una oxigenada marca rítmica) así como una recreación de Let's Cool One de Monk que cierra el álbum. Una secuencia que, según Hersch, se establece tal y como si se tratara de un concierto en directo.

La emulsión de siluetas armónicas, melódicas y rítmicas cabalga sobre el asombroso juego de manos de un líder que explota un uso condensado de los recursos mientras articula el engrasado entendimiento con sus brillantes acompañantes. Dedicatorias al pianista y amigo Kevin Hays, la bajista Esperanza Spalding, el desaparecido pianista Shimrit Shoshan (con un Far Away al que hay que regresar una y otra vez), Hébert o su propia madre ordenan un excelente trabajo con el que Hersch y sus canciones vuelven a recordarnos que "cada nota en un acorde es una voz que quiere mudarse a algún lugar".

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