Diarios | Crítica El vórtice del yo

  • Galaxia Gutenberg edita, de la mano de Lorenzo Luengo, los Diarios de Lord Byron, obra personalísima y desembarazada, donde el lector acaso encuentre una imagen menos épica y solemne del poeta 

Lord Byron vestido a la albanesa. 1835. Thomas Phillips Lord Byron vestido a la albanesa. 1835. Thomas Phillips

Lord Byron vestido a la albanesa. 1835. Thomas Phillips

Si el XVIII fue un siglo epistolar, vale decir, confesional, pero tamizado por la cortesía o la mala fe -recordemos Las amistades peligrosas de monsieur De Laclos-, si el siglo XVIII, repito, tuvo esta forma de púdica individualidad, luego desbordada por el egotismo oceánico y absorto de Rousseau; el siglo XIX hallará en los diarios, y también en las memorias, una forma de privilegiar la naturaleza abismática del yo, en la que el arte había encontrado su última frontera: la frontera de la personalidad y la muchedumbre de sus taras y psicopatías. En ese último apartado cabe incluir estos Diarios de Byron, traducidos y anotados por Lorenzo Luengo, cuya mayor virtud reside, probablemente, en la elegante desvergüenza con que el poeta habla de sí y de los suyos, en un perfecto desorden.

Los Diarios de Byron son la dramatización de dos tropos románticos muy conocidos: la cultura como enemiga de la Naturaleza, y el poeta como una suerte de médium

Ya conocíamos esta versión de Luengo por su discreta edición en Alamut (2008); lo cual nos lleva a felicitarnos por la recuperación de una obra -el inconstante y celérico diarismo de Byron-, acaso de mayor interés que su poesía, hoy envilecida por cierta grandilocuencia áspera y caducifolia. No pretendemos decir con esto que el Byron que aquí se expresa sea el hombre espontáneo y desembarazado -el hombre embarnecido por la "naturalidad"- que soñó el Romanticismo. Sí podemos decir, en todo caso, que la superior inteligencia de Byron era consciente de aquella tierna impostura. En ese sentido, los Diarios de Byron son la dramatización de dos tropos románticos muy conocidos: la cultura como enemiga de la Naturaleza, y el poeta como una suerte de médium, que vive atravesado por el dolor y la iluminación poética. De este doble considerando se deduce, inevitablemente, la melancolía del poeta. Y también esa condición exógena, valetudinaria, que luego señalaría Pessoa.

En última instancia, lo que se deduce de estos Diarios (maravillosamente divertidos, erráticos y caudalosos) es la estatura de Byron como hijo prominente y excesivo de su siglo. Un siglo vertebrado por el vapor y las turbinas, pero entregado, por eso mismo, a la nostalgia y a la bagatela.

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