Tony Takitani | Crítica La soledad del armario

  • Murakami regresa con una historia de soledad extrema, amor pleno y desesperada pérdida, un relato arropado por las ilustraciones de Ignasi Font

El escritor y traductor japonés Haruki Murakami (Kioto, 12 de enero de 1949). El escritor y traductor japonés Haruki Murakami (Kioto, 12 de enero de 1949).

El escritor y traductor japonés Haruki Murakami (Kioto, 12 de enero de 1949).

En el prólogo de su colección de narraciones cortas Sauce ciego, mujer dormida, el escritor Haruki Murakami (Kioto, 1949) admitía que escribir relatos es "como plantar un jardín", frente a escribir novelas, "que es como plantar un bosque". De aquel variado ramillete de flores raras procede este Tony Takitani, que Tusquets rescata ahora como único protagonista de un volumen en el que el relato está arropado por las inquietantes ilustraciones de Ignasi Font.

Tony Takitani es una historia de soledad extrema, pero también de amor pleno y desesperada pérdida. El protagonista se parece a muchos otros personajes perfilados por el autor japonés -un solitario e inteligente joven capaz de alcanzar el éxito profesional- pero lo distingue de los demás su carácter falsamente mestizo. Su nombre occidental, Tony, trae a sus compañeros de colegio el irremediable sabor de la derrota y el recuerdo de la sangre japonesa mezclada con la del enemigo norteamericano. Y aunque no es el caso, y su nombre es únicamente el emblema de un agradecimiento, éste apelativo se erige como una frontera insoslayable entre el niño y el mundo, entre el adolescente y sus compañeros, entre el hombre y la sociedad que lo rodea.

La historia urdida por Murakami, que ha sido llevada al cine por Jun Ichikawa, parece reivindicar la individualidad como una manera posible de alcanzar el equilibrio y el bienestar personal en una sociedad, la japonesa, en la que las relaciones sociales tienen un enorme peso en la vida de las personas, incluso hoy en día. No estamos sin embargo ante un personaje conflictivo o desequilibrado, sino ante un hombre capaz de alcanzar el éxito en el trabajo y de prosperar económicamente sin someterse, como la mayoría de los mortales, a presiones laborales y familiares. Marcado por la relación con su padre, al que apenas ha tratado, el joven protagonista de esta historia hace de su habilidad innata para el dibujo su razón de ser, el motivo primero de su existencia. Esta actividad, en la que centra todos sus esfuerzos, propicia su aislamiento, porque de nadie necesita para ejercerla. Trabaja en casa y no tiene ninguna relación personal verdaderamente profunda. La autosuficiencia tiene, no obstante, un precio: la soledad y el desarraigo.

El amor, sin embargo, penetra sin dificultad en la hermética vida de este austero personaje. El objeto de esta pasión sin fisuras es una mujer aparentemente sencilla que cumple a la perfección un ideal amoroso que el protagonista de la narración nunca se había planteado explícitamente. Como suele ocurrir con la mayoría de los personajes de Murakami, el carácter de esta mujer aparentemente dócil y convencional acaba revelando su zona oscura. Su desmedido entusiasmo por la ropa cara se convierte en el detonante de una tragedia y el armario en el que guarda su fantástica colección, en el símbolo irremisible de una pérdida.

Ilustración de Ignasi Font para la portada. Ilustración de Ignasi Font para la portada.

Ilustración de Ignasi Font para la portada.

El relato desvela una correlación entre el amor obsesivo que Takitani siente por su esposa y la adicción a las compras que manifiesta esta tranquila y perfecta ama de casa. El armario vestidor donde ella guarda sus muchas prendas de carísimas marcas se configura como un lugar sagrado que encierra la esencia de la mujer y, por extensión, del amor que el protagonista siente por ella. Cuando la mujer desaparece, el vestidor se convierte en el emblema de la soledad.

Tony Takitani delata la destreza del autor japonés más internacional para un género, el del relato, que ha visitado intermitentemente a lo largo de su trayectoria literaria y que cultiva sin las presiones añadidas que le suponen dar respuesta con sus novelas a la legión de seguidores que tiene desperdigados por todo el mundo. Él mismo lo ha confesado: "para mí escribir novelas es un reto, escribir relatos es un placer" y es éste un alegato que se concreta en la libertad expresiva y de temas que aborda en sus narraciones cortas, en las que incorpora lo vivido y lo imaginado, su pasión confesa por la música, sobre todo por el jazz -el protagonista de esta historia es hijo de un músico que toca el trombón en una banda-, y su devoción manifiesta por autores como F. Scott Fitzgerald, Raymond Carver o Antón Chèjov.

Tony Takitani es un relato intimista, en el que el espacio juega un papel fundamental: la habitación del hogar paterno del protagonista, donde pasa largas horas a solas, el apartamento en el que trabaja y desarrolla toda su vida, y el vestidor de su esposa, que es corazón emocional de la casa, el lugar donde sucede la revelación, lo trascendente.

No aparece en esta narración el componente sobrenatural al que nos tiene acostumbrado el autor japonés, pero sí participa de esos elementos que podríamos llamar anómalos y de ese ambiente inquietante que es indiscutible marca Murakami. Las expresivas ilustraciones de Ignasi Font refuerzan esta vertiente del relato y amplían el horizonte de esta turbadora historia.

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