Poder del sueño | Crítica

El orden de las sombras

  • Atalanta publica el 'Poder del sueño', significativa antología de Caillois sobre los sueños y su interpretación en la antigua China, así como sobre la fabulación literaria del onirismo, en las obras del XIX y el XX

El escritor y erudito, vinculado al surrealismo, Roger Caillois El escritor y erudito, vinculado al surrealismo, Roger Caillois

El escritor y erudito, vinculado al surrealismo, Roger Caillois

No podemos deslindar esta antología de Caillois de su vinculación al surrealismo; no sólo en lo que concierne a esta ordenada colecta de cuentos y apólogos, relativos al sueño, sino a aquélla otra, vinculada a las piedras, a su rotundidad inhumana, cuyo interés alquímico corría parejo a una belleza fabulosa, desolada y áspera. Caillois, pues, como Gaston Bachelard, como más tarde su amigo Borges, acomete aquí no sólo una imaginería del sueño, cosa fácil de encontrar en la temprana obra de Freud, La interpretación de los sueños, de cuya casuística acaso haya salido esta inquietud posterior por agavillar relatos, sino una caracteriología y una probable acotación de su linaje. Así, en la primera parte de esta obra, Caillois agrupa textos chinos donde se recoge el testimonio, antiguo como la escritura, de los sueños y su interpretación, de los sueños y su virtud fantástica. En la segunda, más próxima a nosotros, se acopian ya relatos literarios. Vale decir, obras manifiesta y deliberadamente ilusorias. Y de entre ellas, tan numerosas en el XIX, sólo aquéllas cuya naturaleza onírica se releva abruptamente al lector, tras una lectura atenta y sobrecogida.

Caillois rinde tributo a una doble veneración romántica: el orden positivista y el temblor de lo oscuro

Como digo, Caillois es hijo de aquel doble impulso, nacido con el Romanticismo, que buscó dar orden y una prelación al ejército de sombras que pueblan nuestro imaginario. El propio carácter y la atribución misma de tales asuntos ocupó las divagaciones de Adisson y Burke, a lo largo del XVIII, y llenaría con profusión el campo abierto por Longino (por la recuperación de su obra en el XVII de Boileau), en torno a lo sublime, ya en el Ochocientos. A esta doble veneración: el orden positivista y el temblor de lo oscuro, se deben la Antología del humor negro de Breton, así como sus Manifiestos. Pero también es obvio que sin la ciencia duplicada de absurdo y desmesura, tal y como la concibe Lautréamont, no existiría ese último refugio de lo mágico y celeste, luego perimetrado exhaustivamente por Bachelard, en el que lo surreal adquiere su alta y porosa corpulencia. Trece años después de publicado este libro (1962), Borges firmaría el prólogo a su Libro de sueños, obra que no puede desvincularse de la amistad de ambos en Buenos Aires, como tampoco las antologías que acometerían, por separado, sobre el relato fantástico.

Esta es la razón más probable, aparte las obvias de oportunidad y pericia, de que Caillois recabara relatos de Borges y Cortázar para ambos estudios, si bien es cierto que no son obras de especial relevancia (Everything and nothing de Borges, Lejana de Cortázar). Sí debemos mencionar, en cualquier caso, el extraordinario valor de los relatos de Somerset Mauhgam y H. G. Wells, cuyo final, no por temido y esperado, deja de ser sorprendente. De hecho, esta cualidad de lo temible, característica de lo surreal y lo romántico, sería un rasgo principal de lo sublime. De manera que, incluso los relatos “paradisíacos”, donde se prefigura o se degrada una forma del Edén, vienen intermediados por lo aciago. Es el caso del relato anónimo sobre Los jardines de Alamut, sobre el Viejo de las Montañas iranias, donde nació la secta de los hachisinos, luego novelada por Feuchtwanger. También ocurre así en la Historia de las Montañas Escarpadas de Allan Poe, El chico de los matojos de Rudyard Kipling y La puerta del muro de Wells. Incluso en La muerta enamorada de Gautier, extraordinario relato de aparecidos y vampiros, hay una variante sacrílega, llena de melancolía, sobre la idea de Paraíso. Por contra, en Visión de Carlos XI de Merimé y en Lord Mountdrago de Mauhgam, es una admonición o una advertencia lo que se sustancia; en El camisón azul de Golding, es una anticipación de lo terrible aquello que paraliza y redirige a sus protagonistas. En Las tiendas de color canela de Schulz y La visita al museo de Navokov, nos hallamos, sin embargo, ante alguna forma, no del todo ortodoxa, de epifanía. En Un atónito estupor, obra de Kuttner y Moore, será el tema de la doble realidad, de su imposible solapamiento, lo que nos inquiete.

En ninguno de ellos se da la ensoñación melancólica o fantástica, de carácter benévolo, que encontramos en los viejos sueños chinos. Esta es otra diferencia crucial, la maravilla dócil o propicia, que Caillois no busca y no formula, acorde con el siglo, en su colectánea surreal de sueños.

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