Juan Manuel Gil. Escritor "No concibo escribir desde la solemnidad"

  • El almeriense reflexiona sobre la fascinación que nos causan las historias en 'Trigo limpio', una novela llena de humor que le valió el Premio Biblioteca Breve

El novelista Juan Manuel Gil (Almería, 1979).

El novelista Juan Manuel Gil (Almería, 1979). / Rafa González

"Siento una atracción natural y peligrosa por esas novelas a las que se les ven las vísceras, esas que se abren como fruta madura; por los textos dispersos que van y vienen y me llevan y me traen, como si la historia progresara a fuerza de cortocircuitos espontáneos. Eso me ha supuesto más fracasos que aciertos, claro, pero solo desde ese vértigo entiendo esto de madrugar para escribir un rato". Hace esta afirmación el protagonista y narrador de Trigo limpio, la novela con la que Juan Manuel Gil obtuvo el Premio Biblioteca Breve, pero bien podría suscribir estas frases el autor, un creador exigente y poco amigo de las fórmulas que hasta ahora se había buscado en libros como Las islas vertebradas y Un hombre bajo el agua. Su nueva obra, que sedujo a un jurado que incluía a grandes nombres como Enrique Vila-Matas o Pere Gimferrer, es otro proyecto ambicioso y difícil de clasificar. La vuelta de Gil a la Almería de su infancia y su primera adolescencia, cuando la ampliación del aeropuerto trastorna la vida de los vecinos, cuenta la historia de un novelista que intenta dotar de carne a un amigo del pasado que se ha convertido en un fantasma, pero es mucho más: entre otras cosas, una investigación sobre lo que de invención tiene la memoria –porque, como dice uno de los personajes, "recordar tiene más de creatividad que de acta notarial"– y un homenaje, lleno de humor y de entusiasmo, a las ficciones que nos cautivaron.

–El libro sugiere que las historias no nos pertenecen, que nunca podemos poseer un relato del todo aunque cuente una experiencia vivida.

–El escritor acaba comprendiendo pronto que sus historias, las que escribe y publica, dejan de pertenecerle muy pronto, se independizan. Pero eso pasa también más allá de la literatura, en la realidad. Necesitamos compartir relatos con generosidad, para que el resto de la gente de nuestro entorno los hagan suyos: sólo así componemos una red de creencias que nos permiten sostenernos en la vida. Con las historias el mundo se nos hace más humano y más amable; lo que nos cuentan, lo que nos contamos, forma una parte fundamental en la existencia de cualquiera. Lo que pasa es que también debemos cuestionar esos relatos, que no son verdades inamovibles, que están en continua construcción, y por eso debemos ponerlos en tela de juicio de vez en cuando en la vida.

–El narrador descubre siendo un chaval que si logra "ser escuchado", contar su historia, se ganará el respeto de los otros.

–Esto es muy viejo, el poder emocionar con un relato ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad. Resulta muy emocionante congregar a un auditorio, ya sea grande o pequeño, y comprobar que tu palabra ordenada de manera precisa genera una emoción en el otro, una emoción que de algún modo vuelve al emisor. En ese sentido, el protagonista de esta novela ansía por encima de casi cualquier cosa escribir un libro que cause ese impacto en el lector, cree que así se sentirá querido, valorado, protegido. Mi protagonista es capaz de apoderarse de los relatos de los demás si eso contribuye a que su historia sea más poderosa.

Juan Manuel Gil, con el Premio Biblioteca Breve. Juan Manuel Gil, con el Premio Biblioteca Breve.

Juan Manuel Gil, con el Premio Biblioteca Breve. / Alejandro García / Efe

–"No existe", se lee en el libro, "patria más salvaje que la juventud". Los chavales de la pandilla son capaces de robar a minusválidos o de irrumpir en un aeropuerto. La de entonces era, quizás, una infancia más temeraria que la de ahora.

–Sí, totalmente. Quizás por eso cuando hablamos de nuestra niñez la inflamos de nostalgia, porque tenemos la sensación de algo que se ha extinguido y no va a volver. En la literatura, si vuelves a ese periodo corres el peligro de caer en la añoranza. En mi caso no tengo esa tentación. Nuestra vida era salvaje, trepidante, en aquellos años, muy aventurera, sí, pero también implacable. La infancia de ahora no conoce lo que yo y la gente de mi generación llamaría la ley del descampado. Nosotros teníamos cicatrices en la cabeza, perdíamos dientes de leche en algún golpe mientras hacíamos deporte o cometíamos alguna travesura. Los niños de ahora quizás estén más protegidos.

–El aeropuerto de Almería y las protestas que suscitó su ampliación tienen un peso importante en la trama. ¿Cómo recuerda aquello?

–El aeropuerto nos jodió el desarrollo del barrio, eso es así. Lo ampliaron y cercenaron nuestro futuro, el futuro de la zona. Los vecinos tuvimos que acostumbrarnos a ver cómo aterrizaban aviones, cómo despegaban, habituarnos al olor a queroseno, al ruido ensordecedor de las turbinas, a la vibración de las ventanas. Todo eso ha formado parte de nuestras rutinas. Yo ya no vivo ahí, pero mis padres sí. Lo que ocurre es que un aeropuerto, a los ojos de un niño, es algo completamente distinto a lo que percibe un adulto: una maquinaria fascinante, una puerta a la aventura. Nosotros lo interpretamos así, como ese lugar que nos iba a salvar todas las tardes. Si un balón salía disparado hacia allá nosotros nos colábamos, y si no nos permitían el paso nos picaba la curiosidad, nos atrevíamos a saltar la valla. Lo contemplábamos con fascinación, una fascinación que yo hoy asocio a la literatura.

"Los niños de hoy no conocen lo que yo llamo ‘la ley del descampado’. Nuestra infancia fue salvaje, implacable"

–Uno de los hallazgos del libro es que reflexiona sobre la construcción de la novela. Uno de los apuntes que hace el narrador es que los escritores tienen que escribir "en primera persona si queremos tener algún futuro".

–Yo he abordado esa reflexión sobre el proceso de escritura desde la parodia, desde el humor, pero eso no significa que no haya verdad en esos planteamientos. Es cierto que ese narrador en primera persona que ha ganado terreno en detrimento del narrador omnisciente, esa mirada subjetiva, fragmentada, a ras de calle, más personal e íntima, tiene más sentido ahora, en mi opinión. ¿Por qué? Porque diferencia a la literatura de otras formas de ocio, todos estamos entregados a las películas y a las series, nos pegamos un maratón de un capítulo tras otro en una tarde. Y en ese panorama, creo, el escritor puede buscar la complicidad del lector, hacer que este se vea en la mirada del otro. De ahí que haya cobrado tanta fuerza la autoficción. Yo no estoy en contra del género, pero lo uso para parodiarlo, un concepto muy cervantino.

–Usted no quiere darle demasiada importancia a su oficio. Da la impresión de que respaldaría una convicción del padre del protagonista, que dice que escribir novelas no es sino "una manera, como cualquier otra, de hacer tiempo mientras te llega la muerte".

–Sí [ríe]. Este es un libro en el que la solemnidad tiene poca cabida. Yo no concibo la literatura desde la gravedad. Toda esa pedantería con la que a veces se habla del papel del escritor... a mí eso no me interesa. En algunas novelas ese tono me parece hueco, vacío, y no me emociona. Y yo busco en la literatura, fundamentalmente, la emoción, ya sea a través de la piel o a través del intelecto. Sin ella no me seduce una novela. He procurado que esa solemnidad no entrara en Trigo limpio.

–Propone un homenaje a grandes textos como La Regenta, Luces de bohemia o Nada. Ganar el Biblioteca Breve, que han obtenido tantos grandes autores, es otra forma de incorporarse al linaje de la mejor literatura en castellano.

–Sumarse a la nómina de autores que han ganado el Biblioteca Breve supone una responsabilidad, un peso, no lo voy a negar. Muchos escritores que se han hecho con ese premio han dado calorcito a mi biblioteca, muchos han escrito libros a los que he vuelto. Pero, antes que presión, siento muchísima alegría. Lejos de experimentar nerviosismo lo que albergo es serenidad. Ganar un premio así te da perspectiva y confianza en tu método. Ahora, cuando suena el despertador a las cinco, la hora en que me levanto para escribir, lo hago con más ilusión si cabe.

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