Crac | Crítica

La ensoñación y el eco

  • 'Crac' es la extraña persecución de un viaje estudiantil, hecho por Lawrence de Arabia, antes de serlo; viaje que sirve a Rolin para narrar, subrepticiamente, lateralmente, la historia de Tierra Santa tras el colonialismo

Imagen del escritor francés, nacido en 1941, Jean Rolin Imagen del escritor francés, nacido en 1941, Jean Rolin

Imagen del escritor francés, nacido en 1941, Jean Rolin

Suponemos, y entiendo que suponemos bien, que este Crac de Rolin parte de una fascinación previa: la fascinación de cierta Europa cultivada por la figura de Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia. En concreto, este libro de Rolín, melancólicamente periodístico, se centra en el itinerario estudiantil de Lawrence por tierras sirias (era en 1909, antes de convertirse en el minúsculo caudillo que entró, triunfal, en Damasco), y que proporcionaría parte del material de su tesis universitaria: La influencia de Las Cruzadas en la arquitectura militar europea del siglo XII. Como se ve, la tesis es del mayor interés, y sugiere un vector alimenticio, luego no desmentido, cual es el futuro viaje de la ojiva gótica entre el estrépito de las armas, de vuelta al solar umbrío, tras perder Tierra Santa.

Se ofrece una secuencia histórica, que lleva al joven Lawrence desde su fascinación por la caballerosidad cruzada, hasta la cuadriculación y el reparto de aquellas tierras

Sin embargo, no reside ahí el interés de Rolin por aquel joven de asombrosa resistencia física, que viajaba por Francia en bicicleta y que atravesó los arenales sirios “a pie enjuto”, como decían nuestros clásicos del XVIII, despreciando la dócil ayuda de las bestias (lo cual nos trae a la memoria a Nietzsche, trágicamente idiotizado, cuando confiesa que “no me bustan los caballos”). ¿Cuál es, entonces, el interés, la posible intención de Rolin al escribir estas breves páginas, cuyo fondo -y cuya superficie-, vienen ocupadas por la guerra de Siria? Quizá ofrecer el esqueleto fantasmal de una secuencia histórica. Aquélla que lleva al joven Lawrence, desde su fascinación por la caballerosidad cruzada (Lawrence siempre llevó encima un ejemplar de La muerte de Arturo, de sir Thomas Malory), hasta la cuadriculación y el reparto de aquellas tierras, como oficial del Imperio, junto a sir Winston Churchill. Una secuencia que no quedaría ahí, sino que incluye el Mandato francés en Siria, así como los frecuentes conflictos armados, que llegan hasta hoy mismo, cuando Turquía acaba de abrir hostilidades contra la guerrilla kurda. ¿Es esta su intención? ¿Es esta cadena, donde voluntariamente se desdibuja o se omite un eslabón, la que Rolin quiere ofrecer aquí, ayudado de su probidad literaria y de una distancia púdica y compasiva? Así lo parece y así cabe creerlo con verosimilitud. La aventura juvenil de Lawrence sería, entonces, la cenefa cultural -la fascinación de Saladino aún perdura en el imaginario europeo-, de un complejo proceso de construcción/destrucción, en el que los desdichados sirios aún se hallan inmersos.

No sin muchas diferencias, y todas ellas de importancia, cabría relacionar este Crac de Rolin -por su tono, por su deliberada y falsa ligereza-, con La guía para viajeros inocentes de Mark Twain. Allí, bajo el divertido relato turístico, se adivinaba la impresión de pobreza y la orfandad intelectual que le produjo, no sólo a Twain, la visión de Tierra Santa. Probablemente, es este mismo sentimiento el que pudiera rastrearse en Crac (Crac es el nombre de una de las fortalezas que quiso visitar Lawrence), pero ya sin el dramatismo inicial de aquellos primeros turistas, lectores voraces del Libro (cuáqueros todos), que esperaban hallarse ante la inhóspita solemnidad del Antiguo Testamento, y no ante una breve y desolada estampa de miseria. Como digo, algo de esto hay en Crac, y no sólo por lo que concierne a Rolin; sino por lo que, acaso, Rolin pensaba de los sentimientos de Lawrence.

Pasado el tiempo, no es fácil comprender la fascinación que suscitó aquel hombre enfermizo, obstinado y cruel que se hizo llamar Lawrence de Arabia. Su figura es la figura del impostor, cuando descubre que su sueño -el sueño de la pureza, de un Oriente espiritual y cálido, que le hizo despreciar a los turcos- es mentira. Rosita Forbes lo describió ridículamente disfrazado de espía en un hotel de Alejandría. Robert Graves, sin embargo, o el propio Malraux, crearían la leyenda de un personaje, de proporciones míticas, que quizá no existió nunca. Sí existe, no obstante, su significación cultural, y el eco de su ensoñación, vagamente imperialista. Sobre este camino se dispone Rolin, el viejo camino de las Cruzadas, que holló, hace más de un siglo, aquel mozo brillante y atormentado, el héroe de El Heyaz, que amó la inhumana grandeza del desierto.

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