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Siete miedos | Crítica Alucinante Sarajevo

  • El bosnio Selvedin Abdic entrega en 'Siete miedos' una inclasificable novela que es a la vez historia de fantasmas, mitología balcánica y crónica de las heridas bélicas

Imagen de Sarajevo en los años 90, durante la guerra de los Balcanes. Imagen de Sarajevo en los años 90, durante la guerra de los Balcanes.

Imagen de Sarajevo en los años 90, durante la guerra de los Balcanes. / M. G.

La literatura balcánica de posguerra, tras la brutal escisión de Yugoslavia, ha ido produciendo un género propio entre autores nacidos en la sufrida bisagra de Europa. La raya trazada sobre el terrible auto de fe de los años 90 ha ido marcando poco a poco cierta distancia sobre los hechos. La crudeza del pasado se abandona en todo o en parte, salvo tal vez en la experiencia que relata el indispensable Velibor Colic desde su exilio europeo (Los bosnios, Manual de exilio).

La secuela del trauma aún palpita literariamente en el subconsciente. Pero, insistimos, los escritores han tomado aire, ya sea desde el exilio o en las ciudades natales donde aún viven, y han hecho de la literatura y del recuerdo una destilación personal. Por eso hablamos, aun con cautela y matices, de cierta generación postraumática.

La tragicomedia, el absurdo, la mirada underground o la sátira política han tenido cabida en la nueva ola narrativa. Ivica Djikic ironizó sobre el "resurgimiento croata" (La repetición) y su Cirkus Columbia fue llevado al cine por Danis Tanovic. El brillante Aleksandar Hemon emigró a Estados Unidos con el concepto de bosniedad doblado en la maleta. Miljenko Jergovic ha urdido un mundo propio, que lo mismo ofrece la epopeya yugoslava de La casa del nogal que recrea, con humor negro, el reencuentro con el país triturado a través de un viejo Volvo 75 (Freelander).

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Si Goran Vojnovic relató en Yugoslavia, mi tierra el trauma familiar que dejó la guerra (aun con la distancia referida), en Faruk Sehic, ex soldado de la Armija, los ríos de Bosnia se convierten en una espléndida fábula local en Las aguas tranquilas del Una y en Cuentos con mecanismo de relojería (ambos libros, dicho sea de paso, publicados por La Huerta Grande, sello vinculado a la librería madrileña Los Editores, la primera que ha cerrado definitivamente por la crisis del coronavirus).

Siete miedos, la novela de Selvedin Avdic, es tal vez la pieza más inclasificable de todas las balcánicas que hemos leído. "No hay nada a lo que le tenga más miedo que al miedo", decía Montaigne. Pero no sabríamos decir si el protagonista de Siete miedos, que es a la vez la voz narradora, le tiene miedo a la historia de terror que cuenta. Su molicie es la de un asceta retirado de todo esfuerzo vital y tener miedo exige mucho.

Nuestro antihéroe nos enseña, sin quererlo en absoluto, el Sarajevo de 2005. Quedan atrás los años de la guerra, cuyo recuerdo pesaroso parece estorbar ahora como un jarrón chino. La visita de la hija de su amigo Aleksa (periodista de radio que huyó durante el asedio serbio sin dejar rastro alguno), saca a nuestro holgazán de la cama (desde que lo abandonó su mujer había permanecido en su jergón largo tiempo, como un Onetti al bosnio modo). Las pesquisas para saber algo de su amigo –él también había sido periodista– nos llevan por los adentros de un Sarajevo rarísimo, donde todo parece guiñar con señales especulativas del más allá. La ciudad aparente oculta otra ciudad demoniaca. La lectura de un diario escrito por Aleksa le sirve al vago detective para adentrarse en los subterfugios de esa otra ciudad. Pero olvídese el lector del clásico cepo narrativo del manuscrito con el que alguien se topa y lee a trasmano del tiempo.

El escritor Selvedin Abdic. El escritor Selvedin Abdic.

El escritor Selvedin Abdic. / M. G.

Siete miedos es una insólita indagación entre fantasmas, terror psicológico, mitología local y demonología. Pero no es una novela de terror canónico, sino un relato alucinatorio, en el que los pelirrojos Pegaz, hermanos ambos, son el reflejo de una larga noche balcánica de insomnio. El resto de la historia es un canto indolente a la vagancia, el realismo práctico y el juicio económico. En este particular polvo en suspensión vive nuestro cínico gandul, que a cada página se nos vuelve más simpático. "Mi vida giraba, como dice Woody Allen, alrededor del nihilismo, el cinismo, el sarcasmo y el orgasmo". De ahí el Onetti y el Woody Allen sarajevino, sin olvido del gran Oblómov de Goncharov.

El destino de Sarajevo, como el del desaparecido Aleksa, parece que obedece a una operación borgiana. "Destino: infinita operación incesante de millares de causas entreveradas". La ciudad, la visible y la demoniaca, se asemeja a la teoría del cementerio y el cubo de basura de la que hablaba el gran Danilo Kis. "El cubo de basura es, igual que el cementerio, un gran almacén del mundo, su esencia. Al poner unos objetos al lado de otros se mezcla lo insólito y lo prodigioso".

La mención al periodismo radiofónico de Aleksa nos ha hecho recordar el documental Good night, Sarajevo de Edu Marín y Olivier Algora, basado en la experiencia de Boban Minic, antaño periodista de Radio Sarajevo en los duros años del asedio. La última voz de la esperanza tuvo que huir de la ciudad por el célebre túnel que el ejército bosnio construyó bajo el aeropuerto para salvar el cerco. Ahora, en Siete miedos, el túnel lleva a la guarida de los hermanos Pegaz.

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