Geai (Las aventuras de una sonrisa) | Crítica El límite difuso

  • Pre-Textos ofrece por primera vez en español esta fábula moral de Christian Bobin sobre el paso del tiempo y la dimensión espiritual de la vida

El escritor francés Christian Bobin (Le Creusot, 1951). El escritor francés Christian Bobin (Le Creusot, 1951).

El escritor francés Christian Bobin (Le Creusot, 1951). / D. S.

Geai (Las aventuras de una sonrisa) de Christian Bobin nos habla de la vida a ambos lados de un límite difuso, el que nos separa del otro lado del espejo, el que nos blinda frente a lo que no entendemos, el que nos aleja de conjeturas y nos impulsa a seguir adelante sin hacernos demasiadas preguntas. Pero también nos habla Bobin de la posibilidad de traspasar una frontera, de conseguir que esa línea que nos separa de la vida invisible se desvanezca y nos permita percibir esa otra mitad oculta.

¿Quién está preparado para dar el salto? ¿A quién le sucede el horror y la maravilla? ¿Qué o quién es capaz de provocar el formidable salto mortal? El autor francés nos lo desvela en este relato deslumbrante y nos pone ante la tesitura de admitir –o no– que existe algo más allá de esa frontera, aunque a veces dé miedo, aunque nos saque de nuestra complaciente espera del paso de los días.

Geai es la historia de un encuentro: el del niño Albain con una dama sonriente vestida de rojo. Ella llevaba muerta "dos mil trescientos cuarenta y dos días cuando comenzó a sonreír" y su sonrisa es una invitación, también una tabla de salvación. "No se puede empezar a decir algo del poder de esa sonrisa hasta la llegada de Albain, 8 años, demasiado joven para haber recibido la enseñanza de Geai, para haberla conocido con vida. Pero bueno, la conoce ahora en su sonrisa...".

Su cuerpo intacto está bajo las aguas del lago helado cuando el niño la encuentra: la cuna de hielo, la dama del lago que nos remite a la poderosa fuerza de una mujer capaz de encarnar una profecía. Es este descubrimiento el que activa el relato, el que abre la puerta, el que hace posible el deslumbramiento.

La muerta y el niño pronto se hacen inseparables. Ella lo acompaña en todo momento, es un ángel protector que nunca juzga, que siempre asiente con una suave mueca complaciente. Sólo Albain es capaz de verla. Es el inocente, el niño, el único capaz de asomarse al umbral de ese otro mundo. Para él es tan real como su padre que intenta educarlo a bofetadas, como sus hermanas pequeñas –una le provoca ternura, la otra temor– o su madre, la "giganta" que a veces lo cuida amorosamente, que a veces desaparece.

Cubierta del libro. Cubierta del libro.

Cubierta del libro. / D. S.

Para Albain, Geai es verdad. La ve claramente "sentada en el alféizar de la ventana, aunque la ventana está cerrada. Tiene la mitad del cuerpo al otro lado del cristal, del lado frío, y su rostro se dirige hacia Albain, del lado de la casa, del lado cálido". No puede hablar sin embargo de ella sin ser tachado de mentiroso o demasiado imaginativo: "Albain tiene un secreto. Un secreto es como el oro. Lo que es bonito en el oro es que brilla. Para que brille, no se le puede dejar en un bolsillo, hay que sacarlo a la luz".

Un golpe en la cabeza convierte a Albain en niño eterno. Es necesaria la inocencia, pero también la locura, para mantener intactos todos los sentidos, para ser capaz de seguir vislumbrando ese otro lado: "Albain es como alguien que lo amara todo y no tuviera nada, Albain no siente deseos de atrapar lo que ama. Ver, comprender, es suficiente para el amor de Albain".

Christian Bobin construye un personaje con el que parece sentirse identificado, alguien que sueña y espera, capaz de pasar las horas ensimismado oyendo el susurro de los árboles, tocando el violín para la vacas o para un grupo de niños que se escapan de noche de sus casas para oír música bajo la luna. Pero Albain se tropieza con la "vida real", con las exigencias de una sociedad que espera verlo convertido en un hombre de provecho. Su camino es otro.

El amor se revela como el único sentimiento capaz de despojarlo de sus atributos, de su capacidad de ver lo que otros ignoran. Geai lo abandona en el momento en que su mirada se posa insistente en un rostro de mujer. Cabe preguntarse por qué, por qué sus ojos dejan de mirar al otro lado: "Albain nada teme por Geai. Comprende su desaparición. Comprende sin comprender. Una puerta sobre lo invisible se había abierto sin ruido. Se cerraba igualmente, sin ruido".

Geai fue publicada por primera vez en 1998 y ha sido traducida a nuestro idioma por Alicia Martínez, que consigue trasladarnos toda la potencia y la pasión de la prosa del autor francés. Entre las páginas de este libro brilla la sencillez de las pequeñas cosas, se pulsa el paso del tiempo y se alienta la posibilidad de que reparemos en la vida que late a nuestro alrededor.

Christian Bobin nos presenta una fábula moral cuyo sentido último queda en manos de lector porque esa conexión de Albain con el más allá puede interpretarse desde múltiples puntos de vista: religioso, filosófico, espiritual o simplemente imaginativo... Por encima de todo, en Geai descubrimos el mundo personal de un autor fiel a sí mismo, un mundo en el que las flores que salpican los campos, los pequeños pájaros que saludan alegremente al día que empieza o los niños de todas las edades cobran un sentido trascendente.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios