Soledad Puértolas | Escritora y académica de la RAE "La duda me define, y quizás defina también al mundo de hoy"

  • Soledad Puértolas explora los secretos y silencios de una familia en 'Música de ópera'.

  • La autora participó esta semana en el Congreso de las Academias.

Soledad Puértolas. Soledad Puértolas.

Soledad Puértolas. / Quique García (EFE).

Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) participó esta semana en Sevilla en el Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale) con una charla que compartió con Luis Mateo Díez y José María Merino sobre Recuerdo y escritura. Las evocaciones sutiles, el interés por esos gestos aparentemente modestos que conforman la vida y la mirada compasiva y certera hacia sus personajes convierten a Puértolas en una de las autoras más importantes de la literatura española actual. Música de ópera (Anagrama), su última novela, supone una nueva muestra de la sensibilidad y la elegancia de su prosa.

Música de ópera es la saga de tres mujeres de la misma familia, una historia que bien podría haber incurrido en el folletín, pero que usted narra con su habitual austeridad.

–Sí. Cuando juegas con sentimientos y emociones corres el peligro de que estos queden caricaturizados, que te salgan esquemáticos y no tengan sobre el papel el calado que poseen en la vida real. Yo sabía que estaba manejando elementos difíciles, que andaba en la cuerda floja, y por eso traté de crear una red que sostuviese todo y tras la que se pudiese percibir que hay una profundidad en la existencia humana.

–Doña Elvira afronta su viudedad como una plenitud: viaja constantemente, acude a festivales de música… Es una viuda alegre, pero sin interés por los hombres.

–Sí, ella vive su situación como una plenitud. Por lo que conocemos de ella parece un personaje un poco hermético, que se abre cuando le escribe unas cartas a una amiga, aunque son cartas contenidas que además dicta a su administrador, con lo cual va a ser siempre una mujer un tanto enigmática. Antes de la guerra, en el momento en el que arranca mi visión de ella, es alguien capaz de sentir felicidad.

–Esa viuda llega a preguntarse si las misivas que le envían sus hijos van dirigidas a ella, porque hablan de cosas que no le interesan. Y las otras dos mujeres protagonistas también contemplan con extrañeza a sus parientes: Valentina descubrirá una verdad insospechada de su madre, Alba observa con perplejidad a su padre. Quizás ocurra en todas las familias, pero aquí no se conocen los unos a los otros.

–Ahora las relaciones entre padres e hijos transcurren de otra manera, pero antes había en las familias, y eso lo he querido transmitir, un sentimiento de ignorancia con respecto al otro. Tú no sabías qué había detrás de lo que te mostraban, si lo que percibías era la verdad, te quedaba la sospecha de que se te escapaba algo. Alba se pregunta por un padre que no puede controlar su ira. En la novela podemos atisbar que él ha defraudado a su madre siempre, desde el principio, porque ella deseaba una niña, que él no ha encontrado su papel. Todo eso puede explicar de algún modo su comportamiento. Cuando escribes una novela quieres entender algo más la vida: a mí me empuja a hacerlo el tener una visión más completa de las cosas, o al menos intuir que siempre hay algo más. Te da cierto sosiego saber que hay más datos de los que manejas.

Con Luis Mateo Díez y José María Merino en el Congreso de la Asale. Con Luis Mateo Díez y José María Merino en el Congreso de la Asale.

Con Luis Mateo Díez y José María Merino en el Congreso de la Asale. / Juan Carlos Muñoz

–Antes ha dicho "por lo que conocemos de doña Elvira". A usted no le interesa un narrador omnisciente que lo controle todo de los personajes.

–No, no me interesa. En el libro hay una voz neutra que va aproximándose a quién es doña Elvira, y tras ese intento se mete en el entorno de Valentina, y después en el de Alba. No es un narrador omnisciente, no sabe muy bien qué se va a encontrar. Tiene un plan general [ríe] pero todo es una búsqueda. Ya no podemos ser costumbristas como Galdós. Baroja tiene más sentido, porque en sus obras reivindica la subjetividad, acaba con la pretensión de sabiduría del narrador, en ese sentido es más cercano. Lo que ocurre es que Baroja traslada muchas opiniones, y yo tengo otra postura: me gusta compartir mis dudas, mi duda me define. Y creo que esa duda define a los habitantes del mundo de hoy. Los tiempos han cambiado.

–Durante la Guerra Civil, sus personajes recuperan "la sensación de verano" en la casa que alquilan, viven "una dulce rutina".

–En su momento no se sabía que la guerra iba a durar tanto, que iba a ser tan cruenta y que iba a tener tanta importancia. En algunos círculos se vivía de otro modo, sin la trascendencia histórica que posee ahora. Doña Elvira se traslada a una casa donde no tienen importancia los hombres y allí recupera incluso una felicidad perdida, y organiza un mundo irreal en el que se siente cómoda.

–Esa mujer debe su gusto por la belleza a las lecciones de piano de su juventud. ¿Qué acentuó la sensibilidad de Soledad Puértolas?

–No sé cómo se formó eso, es un misterio. A mí, digamos, me atrae la belleza escondida, no quiero una puesta de sol permanente, no tengo esa idea tan clara de lo que es bello que tiene por ejemplo Doña Elvira. Mi persecución es más enigmática. Yo misma no sé qué persigo, pero sé que busco algo, tengo un motor extraño ahí.

"Es curioso, pero no siento tanto que mi obra la haya hecho yo. Pienso que ese mundo me ha hecho a mí"

–Se cumplen cuatro décadas del Premio Sésamo por El bandido doblemente armado. ¿Ve coherencia en el camino si mira hacia atrás?

–Es curioso, porque siento que ese mundo me ha hecho a mí, no que yo haya creado ese mundo. Todo lo que he ido explorando, todo lo que he ido escribiendo, me ha configurado. La coherencia estaría en que mis personajes andan siempre dubitativos, incluso Doña Elvira, que por su posición debería tener las cosas más claras. Me consuela pensar que las personas poseemos una especie de solidaridad en nuestras incertidumbres [ríe].

–Hace casi una década que ingresó en la RAE. ¿Cómo se vive la institución desde dentro?

–Al principio te ves en una sala donde parece que se está dirimiendo el futuro de la humanidad y te impresiona, pero luego ves que es gente como tú y un día rompes el hielo y empiezas a participar. A veces hay debates muy intensos en los que dos personas no se van a poner de acuerdo y decides que no te vas a meter, que no va a servir de mucho. Como ocurre en la vida.

–También preside el Patronato de la Biblioteca Nacional.

–Es un tema que me ocupa muchísimo. La Biblioteca Nacional pide una nueva consideración. Nuestra relación con los manuscritos y los libros ya no es la misma, esas consultas en la sala de lectores han bajado muchísimo, como es lógico, porque se puede consultar todo en internet. Habría que incorporar más ese edificio maravilloso a nuestra vida, abrir al público más los jardines... La directora, Ana Santos, y yo buscamos nuevos planteamientos para que se vea lo que hacemos. Ahora, por ejemplo, hay una exposición maravillosa de Galdós que merecería tener más repercusión.

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