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El cuerpo | Crítica La carne prometida

  • Tras publicar ‘El ala izquierda’, Impedimenta hace lo propio con la segunda entrega de la trilogía ‘Cegador’ del escritor rumano Mircea Cartarescu, ‘El cuerpo’, aparecida originalmente en 2002

El escritor rumano Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956). El escritor rumano Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956).

El escritor rumano Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956). / Ángel Díaz / Efe

En una entrevista concedida en 2013 con motivo de la publicación en España de su libro Nostalgia, Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956) afirmó: “Vivir en Rumanía es como nadar en una piscina de ácido sulfúrico”. Si en España, todavía, Cartarescu es mirado como un escritor barroco, experimental, de indudable talento pero de alguna forma abstraído en los problemas del lenguaje, su país natal lo considera un escritor abiertamente político, en gran medida porque Cartarescu escribe siempre, o casi siempre, sobre Rumanía y su deriva histórica y política desde el régimen de Ceaucescu. A este lado de Europa, la escritura de Cartarescu, de vuelo inefablemente poético, construida desde múltiples caudales y descripciones alucinantes que van depositándose en el texto de la manera menos evidente y en virtud de leyes propias, se antoja a menudo consecuencia del capricho, del alarde, del virtuosismo o de cierta tendencia acusada entre los poetas metidos a novelistas a parecer más difíciles que el resto. Sin embargo, conviene reseñar que la escritura del autor obedece a un empeño, digamos, y con perdón, realista: el de trasladar al lenguaje literario la realidad, o la interpretación de la misma, que dejó para la Historia una de las dictaduras políticas más delirantes, febriles, adanistas y dementes que ha conocido el mundo desde la Revolución Francesa.

La infancia de Cartarescu, matriz esencial de su obra, se corresponde con la versión del comunismo impulsada por Ceaucescu, un tirano capaz de demoler o trasladar barrios y ciudades enteras para satisfacer su gusto personal, de condenar al hambre a miles de personas para equilibrar balanzas ficticias o de construir la sede parlamentaria más grande de Europa a costa de dejar a otros tantos miles sin vivienda, en el exilio y en el más absoluto desamparo. La escritura de Cartarescu aspira a ser real a través de lo irreal porque el tiempo en que comenzó a leer y a querer ser escritor se resolvió precisamente así. Es cierto que libros como Solenoide, El Levante y El ojo castaño de nuestro amor son depositarios igualmente de la mayor tradición literaria centroeuropea y que las raíces atesoradas son múltiples, con lo que reducir este magma a una relación unilateral causa / efecto significa simplificar demasiado las cosas; pero también lo es que Cartarescu revela, todavía, hasta qué punto existen otras maneras de llevar a cabo una escritura política más allá del realismo consolidado aquí como género literario, precisamente porque la noción de realidad es suficientemente laxa e imprevisible. Cartarescu no es tampoco, que conste, un mero retratista del delirio: su opción por la imaginación es fidedigna. Pero lo extraordinario es comprobar hasta qué punto la imaginación es en su obra el instrumento más eficaz para la reconstrucción de la experiencia.

Cartarescu demuestra que hay múltiples vías para un escritor político en relación con lo real

Portada de 'El cuerpo'. Portada de 'El cuerpo'.

Portada de 'El cuerpo'. / Impedimenta

Debe Cartarescu su consideración de escritor político, principalmente, a Cegador, la trilogía que publicó entre 1997 y 2005 a partir de sus propios recuerdos de infancia y juventud en el contexto preciso del Bucarest de Ceaucescu. Hace dos años, la editorial Impedimenta publicó para el lector español la primera entrega, El ala izquierda; y ahora hace lo propio con la segunda, El cuerpo (aparecida originalmente en 2002), de nuevo con la fabulosa traducción de Marian Ochoa de Eribe, que por no pocas razones merecería quedar como verdadera coautora de estos títulos (he aquí uno de los pocos casos en una traducción rabiosamente fiel adquiere el rango de creación propia). Si en El ala izquierda el protagonista, trasunto del propio Cartarescu en un juego que no llega a ser biografía ni autoficción (Dios nos libre), sino algo mucho más libre, compartía sus recuerdos de infancia desde una Bucarest mágica y desquiciada, el Mircea de El cuerpo, también niño aunque con un pie puesto en la adolescencia, bucea en una ciudad más consciente y más afirmada no tanto en el mito sino en la Historia. Cartarescu cuenta sin reparos las miserias que tuvieron que soportar los rumanos bajo el mando de Ceaucescu, la podredumbre de sus vidas, la anulación de sus expectativas, la desfiguración de su calidad humana. El escritor se mete en sus casas, en su calles, hasta en sus camas para dar cuenta de esta destrucción vergonzosa: “Para conseguir el muslo de pollo de mi plato mi madre ha tenido que soportar colas bestiales desde la noche hasta el mediodía siguiente, incluso en invierno, en medio de la ventisca, como no tuvo que soportar siquiera durante la guerra (...) Nuestra realidad cotidiana no sería para otros sino un sueño atormentado”. En el relato se cruzan personajes que devuelven al narrador su condición infantil, como Vasile, el niño sin sombra; o María, la niña a la que le crecen en la espalda unas alas de mariposa. Pero el alumbramiento de la conciencia es determinante en el impacto propio de la madurez y en el reconocimiento brutal de la Historia.

Sin embargo, Cartarescu no escribe sobre su (posible) infancia ni sobre su país con un ánimo histórico. Ni siquiera documental, ni memorialístico. Su ambición es literaria hasta la médula: el autor escribe para transformar estos recuerdos desoladores en un cuerpo nuevo, sin ocultar su aspiración a la redención (“Gusano con cuatro compartimentos simétricos, transformo mi vida en impulsos codificados y sigo transmitiéndola, de manera jerárquica, hacia arriba”). Y la mayor inspiración de Cartarescu no es otra que San Pablo, ya desde el título de la trilogía (el escritor es aquí el fariseo que cae cegado de su caballo y que comprende que algo nuevo tiene que nacer de esto) hasta la cita inicial de El cuerpo, extraída de la primera Epístola a los Corintios: “Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción; se siembra vileza, resucita gloria”. Igual que San Pablo promete un cuerpo nuevo y una carne nueva a partir del cuerpo corrupto, Cartarescu sostiene su compromiso con la literatura como instrumento capaz de transformar la experiencia más devastadora en una vida nueva, libre y digna de ser vivida. Semejante aventura es un caso aparte en la historia de la literatura. Y para el lector, un abrazo duradero.

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