Ben Clark | Poeta “Está bien que las cosas terminen: hay que aprovechar la alegría que puedan traer”

  • El autor de ascendencia británica y malagueño de adopción regresa a las librerías con ‘¿Y por qué no lo hacemos en el suelo?’ (Espasa), una aproximación al amor en su acepción contemporánea

El poeta afincado en Málaga Ben Clark (Ibiza, 1984). El poeta afincado en Málaga Ben Clark (Ibiza, 1984).

El poeta afincado en Málaga Ben Clark (Ibiza, 1984). / Alberto de la Rocha

La poesía en lengua española tiene en Ben Clark (Ibiza, 1984), autor de ascendencia británica y malagueño de adopción (y, cabría decir, por convicción), a uno de sus valores presentes más firmes y a la vez prometedores. Con premios en su haber como el Hiperión, el Ojo Crítico y el Loewe, Clark aúna una poderosa intuición viral (sus #coronaversos inundaron las redes sociales nada más decretarse el estado de alarma por el coronavirus) con la mayor exigencia literaria. La editorial Espasa lanzó este martes su último libro, ¿Y por qué no lo hacemos en el suelo?, un volumen con poemas de nueva creación en su mayor parte y dedicado a un tema tan delicado, particular y universal como el amor.

-En el prólogo de ¿Y por qué no lo hacemos en el suelo? cita un poema de un solo verso de Antonio Sánchez Zamarreño: “Nada sabe de amor quien vuelve vivo”. ¿Podríamos decir lo mismo de la poesía, si regresas entero es que no te has enterado de nada?

-En parte, sí. La poesía se compone de pequeñas verdades que vamos incorporando, pero lo que escribimos no está completo hasta que el lector hace su aportación personal. En eso, la poesía se parece al amor: dejas algo y te llevas algo. Es como un intercambio o, para ser exactos, un trueque.

-En el mismo prólogo señala que el amor entraña una promesa de felicidad que, a veces, se cumple. Sin embargo, ya en los primeros poemas del libro, como El silencio y El corazón fantasma, queda patente que resulta difícil escribir sobre el amor sin hacerlo sobre el desamor. ¿La fecha de caducidad es el quid de la cuestión en la poesía amorosa hoy día?

-Sí. Aunque nos siga gustando fantasear con la idea de un amor eterno, a prueba del tiempo y de todas las adversidades, no hay más remedio que atenerse a la evidencia, por muy triste que pueda resultar, de que el comienzo de algo es siempre el principio del final y de que el amor no es una excepción. Ahora bien, hay dos maneras de afrontar esta verdad, una negativa y otra positiva. La primera se deja arrastrar, de manera ciega, por la desilusión. Es una experiencia que no deja nada a su paso, de lo que no se puede aprovechar nada. La segunda, sin embargo, puede resultar amarga, pero se dispone a vivir la experiencia, a conservar cuanto de bueno puede haber en ella, a pesar de que de antemano sepamos que no va a durar para siempre. Yo partiría de la premisa de que toda energía tiende a disiparse, y eso nos atañe a todos en todos los sentidos. Pero esto no significa que no podamos vivir momentos de felicidad. Más aún, creo que, de alguna forma, está bien que las cosas terminen. Hay que aprovechar la alegría que puedan traer y pensar que después vendrán otras cosas que nos dejarán otras experiencias buenas y que, incluso, podrán dialogar con lo bueno de las relaciones anteriores. Es lo más inteligente.

-De hecho, la mayor parte de los poemas del libro recrean instantes con la intención de detenerlos, de conservarlos. ¿Es la manera más honesta de escribir poemas de amor?

-Los poemas funcionan un poco como cápsulas de pensamiento y emoción. Su objetivo es, o debería ser, acceder a un momento concreto de emoción para, desde ahí, comulgar con una emoción viva por parte del lector. De ahí el protagonismo de los instantes a los que te refieres. Esta cuestión es muy importante desde un punto de vista técnico, mecánico incluso. Es algo que se trabaja y se mejora con el oficio, porque lo que los poetas queremos es, justamente, comulgar con la emoción del lector. No se trata sólo de escribir bonito.

-En otro poema afirma: “Si sufres por amor / es que ya no hay amor”. ¿Es consciente de que esto destruye toda una tradición propia de la literatura española?

-Sí, desde luego. Pero me parece importante subrayar que la idea del sufrimiento no forma parte de la experiencia amorosa. Está en una posición distinta. Ni siquiera un amor no correspondido está necesariamente ligado al sufrimiento: al contrario, ahí puede haber incluso cierta alegría. El sufrimiento está ligado a la decepción, pero la misma tiene más que ver con uno mismo que con el otro o incluso que con la misma relación amorosa. Ese padecer sigue otros cauces, otras razones que no tienen que ver con el amor.

"Según Robert Penn Warren, la poesía empieza dando forma a la experiencia y acaba siendo la experiencia de la forma"

-“Pido perdón por todos los poemas que escribí describiendo este momento”, escribe en Rostropovich. ¿Escribir sobre el amor significa, también, hacerlo sobre algo que ya es claro de por sí, que no necesita reflexión alguna y que, por tanto, corre el riesgo de empobrecerse, de que el poema desmerezca siempre?

-Eso que planteas es la clave esencial de todo esto. En los talleres de poesía que imparto a menudo pido a mis alumnos que busquen frases o ideas que de alguna forma sinteticen determinadas experiencias. Y, cuando lo hago, siempre les recuerdo esta advertencia de Robert Penn Warren: la poesía comienza intentando dar forma a una experiencia y termina siendo la experiencia de una forma. Y sí, esto es justamente lo que ocurre: intentamos dar forma a una experiencia que consideramos inefable, pero pasado el tiempo esa experiencia, que perfectamente puede ser una experiencia amorosa, desaparece. Lo que nos queda en última instancia, sin embargo, es la experiencia de una forma. Y eso acaba siendo el poema.

-Al leer “Nunca diré ‘te quiero’ ni ‘te amo’. Diré ‘quédate aquí un ratito más’ y tú lo entenderás perfectamente”, recordé aquello que escribió Jorge Carrión sobre las formas secretas del lenguaje que comparten las parejas y cómo, al romperse éstas, ese lenguaje, y las historias para las que podría emplearse, se disuelven.

-Sí, tiene mucho que ver. En una relación amorosa se comparten palabras, nombres, gestos, rasgos, todo un mundo que al terminar la relación desaparece. Y esto se traduce en una responsabilidad para el poeta. Puedes creer que has dado con la palabra perfecta, pero tienes que ser consciente de que tal vez esa palabra no forma parte del mundo que estás creando.

-¿Y los usos del amor? ¿Hasta qué punto debe el poeta tener en cuenta los cambios en los modos de relación? ¿Hay alguna base, por decirlo así, inalterable, que no cambie con el tiempo?

-Esa base inalterable a la que te refieres tiene que ver sobre todo con la emoción, que no cambia y que es igual para todo el mundo. Otra cosa es que sea más fácil expresar esa emoción en unas coyunturas que en otras. En mi opinión, el contexto presente es muy favorable a que se hable del amor y de las emociones de manera abierta y directa, algo que es muy de agradecer. El amor siempre ha estado ahí, y a la poesía no le corresponde cambiar en función de las modas, sino atender a la emoción.

-¿Ha llegado a la conclusión de que el lenguaje humano no cuenta con suficientes herramientas para expresar el amor?

-Desde luego. Sólo ha habido en la Historia una excepción a eso que preguntas, y es Shakespeare. Habitualmente se dice que Shakespeare significó la ruina para todos los poetas que vinieron después, lo que en parte es verdad. Ya no nos queda mucho más que decir. Sin embargo, este mismo dictamen funciona también como un estímulo para seguir escribiendo, para seguir buscando el misterio. De lo contrario, sería muy aburrido.

-Pues iba a preguntarle sobre la posibilidad de recuperar el amor trascendente, pero la verdad es que Shakespeare escribió los mejores poemas de amor renunciando a la trascendencia.

-Así es. Los Sonetos son eminentemente prácticos. Shakespeare da información detallada sobre, por ejemplo, cómo actuar cuando en una pareja uno es considerablemente mayor que el otro. Sin embargo, muchos los encuentran trascendentes. Es curioso.

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