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¡Qué cerebro, madre, qué cerebro!

  • 'Brian the Brain' tiene como protagonista a un joven con el cerebro al aire por una mutación

  • La historia plantea la hipocresía y la tiranía de lo políticamente correcto en la sociedad

Detalle de la portada de la obra. Detalle de la portada de la obra.

Detalle de la portada de la obra.

La película española de 1978 titulada ¡Vaya par de gemelos!, fue dirigida por Pedro Lazaga y protagonizada por Paco Martínez Soria, que interpretaba a dos hermanos. Mientras que uno de ellos es un espabilado, el otro es un calzonazos. En una de las secuencias, en la que el primero contaba a su apocado hermano sus planes para vivir mejor, el segundo exclamaba "¡Qué cerebro, madre, qué cerebro!".

En el mundo del cómic español también hay un personaje al que se puede dedicar esa misma exclamación, aunque, eso sí, sus historietas no tienen nada que ver con las películas de Paco Martínez Soria.

Brian the Brain es una serie de historietas de ciencia ficción creadas entre 1990 y 1993 por el historietista español Miguel Ángel Martín, que lo empezó a publicar en la revista sobre historietas Krazy Comics, en 1990. Al año siguiente, la continuó en la revista de cómics Makoki, hasta el cierre de la publicación. Ediciones La Cúpula la reeditó en forma de comicbooks dentro de su colección Brut Comix en 1995, y en un tomo recopilario diez años después.

La serie está protagonizada por Brian, un niño que, debido al trabajo de su madre (sirve de cobaya humana en un laboratorio científico) nació con una mutación por la que su cerebro está expuesto al aire y a la vista, lo que le impide llevar una vida normal (cualquier golpe en la cabeza puede ser fatal). También le proporciona una inteligencia por encima de la media y habilidades telepáticas y telequinéticas. Las historietas se centran en la vida cotidiana del chaval, que tiene buen corazón, con sus compañeros de clase, con su madre, soltera, y con el mundo. Por regla general, los chavales de su edad lo discriminan y se burlan de él, o se acercan a él solamente por interés y solamente entabla verdadera amistad con otros chavales que también tienen defectos físicos o enfermedades diversas.

Motor Lab Monqi continúa contando la historia de Brian the Brain, un melodrama donde la influencia de la tecnología y los cambios sociales en el comportamiento de los seres humanos se analizan sustituyendo la asepsia discursiva de costumbre por la sutileza emocional. Las vicisitudes de Brian se subrayan con el habitual humor de Martín, tan difícil de pillar en ocasiones pero que agudiza la sensación de patetismo.

Brian es un niño que quiere ser como los demás. Evidentemente, esto es imposible: todos los niños saben perfectamente que Brian es diferente, incluso peligroso según van pasando los años y sus poderes aumentan, y le rechazan instintivamente. Este rechazo es el que le da forma a uno de los conflictos de la historia de Brian, la hipocresía, la tiranía de lo políticamente correcto, la base moral imperante en la sociedad occidental contemporánea.

Brian reconoce que Oliver, el personaje que le muestra un comportamiento más abiertamente hostil, es sincero, mientras el resto de niños calla por hipocresía. Todos siguen mansamente al líder y su comportamiento aísla cada vez más a Brian. El propio Brian, en ningún momento se queja de su situación, afrontando la realidad de las cosas sin crearse un sistema de mentiras que alivie psicológicamente su situación, eludiendo cualquier forma de victimismo. Es muy consciente de quién es y de lo que cabe esperar de los demás.

En Motor Lab Monqi se añade el trauma de la adolescencia, de la siempre dura tarea de crecer. Viviendo ya en Biolab de forma permanente, Brian se enfrenta al amor cuando Sinan, una muchacha que ha perdido sus extremidades en una explosión, se acerca a Brian con intenciones románticas. Al mismo tiempo, Brian comienza a perder sus superpoderes, el rasgo que lo diferencia de la masa. Pérdida y frustración que se airean mediante explosiones de violencia psíquica...

Los temas habituales de Miguel Ángel Martín están presentes: la ciencia y la tecnología como fuerzas transformadoras, el futuro... Finalmente, queda hablar del grafismo de Martín, ya plenamente establecido desde hace muchos años y fácilmente reconocible, conjurando un universo de edificios impersonales, ciudades vacías, playas desoladas, lluvia ácida, claridad expositiva, depuración de líneas, blanco y negro sin gradaciones, ambiente quirúrgico de una curiosa y rara belleza casi abstracta...

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