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El crimen de los blanquillos (I)

  • Tres tabacaleros dispararon a bocajarro contra un grupo de contrabandistas en aguas de la Bahía de Algeciras en un crimen que conmocionó a la Algeciras del verano de 1900

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En 1900, Algeciras era un municipio que como tantos en España intentaba subsistir día a día dentro de la gran crisis económica generada por la ineptitud política que había imperado a lo largo del anterior siglo XIX, pero que en los últimos estertores de aquella funesta centuria, se había acentuado con los distintos pronunciamientos, el fracaso de la primera aventura republicana, o la pérdida de las últimas posesiones del añorado imperio, entre otros fracasos políticos y sociales. La economía española era un fiasco, y las aproximadamente 12.000 almas que poblaban nuestra ciudad, eran testigo y victimas de aquella insoportable situación, la lucha por la vida era una constante día a día.

Aquel domingo del verano de 1900, se presentaba para los algecireños, con la misma rutina que generaba la vida de una ciudad provinciana alejada de todo. Los empleados de los populares establecimientos tenían las puertas abiertas desde las primeras horas de aquella mañana dominical (faltaban cuatros años para imponerse por ley el descanso los domingos), para atender a los trabajadores que marchaban a Gibraltar embarcando en los vapores, a los viajeros que debían tomar la diligencia de La Madrileña, dirección Cádiz, o el tren para la siempre alejada capital de España.

Cuando se conoció la noticia, no hubo casa en la que no se comentó el sucesoEl juez José Martín Barrios se hizo cargo de practicar las primeras diligencias

Por ello, los camareros del café de Miguel Piñero (Café Piñero), sito en la esquina de la calle Ancha con El Calvario, o los que servían el pirriaque de Valdés, ubicado en la Plaza Palma, esquina a calle Soledad, o los de la Casa de Comidas Ortiz, en la Plaza Alta, que disfrutaba según se publicitaban, de una clientela más selecta. Todos en definitiva, sacaban mesas y sillas, ponían al fuego el café y la leche, o trajinaban con la limpieza de vasos y copas, ya fuera para cumplir con los rituales "lamparillazos mañaneros" de aguardiente, anís o la coñac que en nuestro pueblo siempre se ha solicitado en femenino.

Algeciras se despertaba mientras sus calles olían a pan recién horneado, ya fuera en la panadería de Santiago Aguilera, ubicada a la vuelta de la calle Sol, hoy Coronel Ceballos; la de Domingo López Elvilla, situada en el número 7 de la calle Soria (Castelar), ó la de Felipe Cabello, abierta en el número 11 de la calle Salmerón (Ríos). Pero aquella mañana, aquella calurosa mañana de domingo, iba a ser diferente, la luz de julio quedaría eclipsada por el velo de la tragedia al conocerse lo ocurrido durante la madrugada.

Así sucedieron los hechos: "Tratábase de hacer un alijo por ocho individuos que tripulaban una embarcación pequeña y en efecto, parecer ser que por la playa del Cementerio dejaron una cantidad muy insignificante de tabaco de contrabando, cuando de ello se apercibió un carabinero, hizo un disparo para alarmar acudiendo inmediatamente un bote de la Arrendataria (Compañía Arrendataria de Tabaco cuyos miembros por el color de sus uniformes, eran denominados popularmente como blanquillos), tripulado por los marineros Manuel Espinosa, apodado Virrey, otro conocido como El Gallego y el patrón de nombre Juan Rodríguez. Los contrabandistas se disponían á huir -prosigue el documento consultado- y al verse perseguidos de cerca se entregaron; pero los tabacaleros antes citados, continuaron disparando y á mansalva asesinaron á dos como se hubiera hecho con perros rabiosos, é hirieron gravemente á otro que á estas horas habrá fallecido".

Cuando se conoció la noticia, no hubo casilla o cajón de la plaza de abastos, como la número 5 atendida por Manuel López, casado con Concepción Guerra; la número 20, de Amalia Rojas, o la 18 de Francisco Siles, que cada mañana bajaba para atenderla desde su cercano domicilio en el número 7 de la calle de Las Viudas (Tte. García de la Torre), que por la habitual y numerosa clientela y asiduos, no se comentara con gravedad e indignación el hecho acontecido la madrugada anterior en la costa a la altura del Cementerio Municipal. Continuando el documento: "Estos crímenes merecen un ejemplar castigo para esos indignos asesinos que con sus hazañas han llevado á varias familias el luto en Algeciras […], y no caben la atenuante para ellos de que los contrabandistas hicieran resistencia, por cuanto que los infelices no llevaban armas de ninguna clase, así que nosotros con toda energía desmentiremos tal falsedad propalada tal vez por el padrino de esos... para atenuar la causa".

En aquella Algeciras -a camino entre el siglo XIX y XX-, el termino contrabando o Jarampa estaba unido al de subsistencia, en su definición más dura: el hambre era tan habitual como las enfermedades y muertes que generaba; y Algeciras era una población afortunada por su posición geográfica, a la que acudían gentes de todas partes para al abrigo de Gibraltar y su comercio, poder mantener a sus familias. Pero volvamos a la información estudiada: "Por el examen médico practicado en el herido y los cadáveres, se deduce que los disparos han sido hechos á un metro de distancia á juzgar por el orificio de entrada de los proyectiles. Sería vergonzoso e ignominioso, no se hiciera un ejemplar castigo con esos empleados que han asesinado á los desgraciados: Miguel Manso Nacimiento, Antonio Richa y Francisco Avellaneda Baldesa, de los que el primero deja viuda y ocho hijos en la orfandad y el segundo tres hijos y la viuda".

Conforme transcurría la jornada, se conocían más datos de lo acontecido junto a la Punta del Rinconcillo, del ya denominado Crimen del Cementerio ó de los Blanquillos. Desde los diferentes organismos, se quería tener conocimiento de la auténtica realidad de los hechos, consiguiéndose una declaración de uno de los protagonistas, el tripulante de la barquilla contrabandista José Ragel Rolín, quién manifestó: "Serían las doce y media de la madrugada cuando esperábamos para alijar unos cuantos bultos de tabaco que conducíamos desde la vecina Gibraltar y al efecto nos hubimos de aproximar á la playa por la debida precaución por el lado del Puente de Los Ladrillos (a la actual altura del gran centro comercial), pero comprendiendo la imposibilidad de llevar a cabo nuestro propósito, decidimos retirarnos á aquel sitio para esperar la ocasión de dar mico (despistar) a los carabineros. No hacia 5 minutos que íbamos bogando hacia afuera, cuando nos apercibimos que una embarcación, que ya suponíamos de la Arrendataria, se nos acercaba con vertiginosa rapidez. Viendo á pesar de la oscuridad reinante que estaba cerca, y sin más aviso que el ruido de una detonación y el silbido de un proyectil, empezamos á echar los bultos al mar, con objeto de evitar que nos prendiesen como acostumbran; así lo hicimos, pero desde el bote que por momentos se encontraba más próximo á nosotros, continuaban disparando á discreción, taladrando nuestra barquilla los proyectiles, hasta el extremo de que el remo con el que yo iba bogando me lo destrozó una bala. Si bien es cierto que nosotros -prosigue el llamado Rolín con su declaración- huíamos por no caer en poder de los tabacaleros, lo acostumbrábamos á hacer porque el amo del tabaco nos reprocha diciéndonos que nos entregamos enseguida, así que tenemos que justificar el haber hecho lo posible para salvar aunque no sea más que la embarcación. El peligro que corríamos no pasó desapercibido para nosotros y gritábamos que no tirasen, pero en vista de su insistencia, y de que nos iban á matar, seguimos huyendo; cuatro de los compañeros se acurrucaron en la proa del bote, y ya solo quedábamos bogando el Richa, Frasquito y yo; Manso venía al timón. La embarcación que tripulaban los de la Arrendataria -continua la declaración- casi nos tenía alcanzados; sonaron más disparos y Richa sin pronunciar más que un ¡Ay!, cayó desplomado desde la banqueta donde iba sentado, al fondo de la barquilla, lo vi caer y me figuré que también pretendía esconderse, pero por los movimientos tan extraños, que hizo, comprendía que lo habían matado: Miguel Manso, que como antes digo, venía al timón dejó este, tomando el remo que el desgraciado Richa dejara, comenzando á la vez á dar voces de ¡No tires más Juan que me has matado a un hombre! Otro disparo sonó más próximo, pués por lo visto querían acabar con todos nosotros, esta vez le tocó á Avellaneda caer atravesado de un balazo y lo único que dijo fué ¡Ay mi madre, que me han matado!, el pobrecito ya no habló más y quedó también muerto. En esta situación no nos dábamos cuenta de lo que hacíamos, quedé bogando solo maquinalmente y los tabacaleros se disponían para abordarnos, quedábamos sin movernos, temiendo nos mataran; otro disparo hecho á dos metros de distancia, hizo crujir la barquilla y nuestro patrón gritaba desaforadamente ¡No disparad más que tengo dos hombres muertos!; seguidamente de oírse otra detonación, se abrazó á mi Miguel Manso con el vientre bajo atravesado, lanzando ayes que imponían ¡Ay Rolín de mi alma que me han matado también!, exclamó. El herido asido a mí; los otros cuatro agachados que ni aún respirar se les oía -agregó el testigo en su declaración- el tabacalero conocido por El Gallego con una navaja amenazando y Juanito (el patrón de la Tabacalera), también ya entre nosotros profieren insultos á los cinco que quedábamos con vida de tan sangrienta agresión, pero yo sin saber lo que hacer me arrojé entonces al agua y á nado gané la playa. Reconocida la gravedad del patrón, desembarcaron en la playa y los hubimos de llevar al Hospital Civil donde le dejamos; después no sé lo que ocurriría porque nos llevaron detenidos á la Comandancia de Carabineros. A la pregunta de -¿Y Vd. pudor ver quienes eran los que hacía fuego? -respondió-: Ya lo creo; tengo la más absoluta seguridad de que el patrón Juan Rodríguez era el que más fuego hacía, porque le vi disparar muy cerca, el otro que venía disparando juraría que era El Gallego, pero tirando venían dos, de eso no me cabe duda alguna. A la pregunta de -¿Los otros dos que iban en el bote de la Tabacalera que es lo que hacían?, respondió:-Bogar mucho porque su patrón les decía que apretaran; el que en nada se metió fué el Virrey, al contrario nos animaba y decía ¡Jesús que ruina nos ha buscado este hombre!, supongo que lo decía por el patrón. A la pregunta de ¿Se defendieron Vds.?-contestó:-No llevábamos un alfiler siquiera". Finalizando la declaración.

La documentación consultada recoge la repulsa que el acto produjo: "Estas manifestaciones confirman que los tres desgraciados Miguel Manso, Antonio Richa y Francisco Avellaneda, fueron asesinados miserablemente. El reglamento por el cual se rigen los agentes de la Arrendataria de Tabacos -prosigue el documento-, dice que sus empleados no pueden aprehender ni deben disparar sin la justificante de defensa propia y solo les está permitido en el mar de noche, el uso de luces y cohetes para apercibir a las fuerzas del resguardo del probable alijo, pero como entre los españoles se infringen las leyes á veces con la mayor impunidad, y nada sucede el que delinquen, de ahí el que sucedan tantas desgracias; si á los tabacaleros que por capricho disparan, que esto sucede todos los días, se les impusiera su debida corrección, otra cosa sería y se habría de fijar más en el cumplimiento de su deber, porque ellos deben saber á lo que están obligados". A todo esto la indignación era generalizada en toda Algeciras, desde los vecinos del patio "Cantarería", sito en el número 50 de la calle de Jesús, propiedad de José Román del Valle (padre de José Román Corzánego), pasando por el llamado del "Silencio", en el número 29 de la calle Matadero ó Nueva, propiedad de Josefa Ureba; el de "Puchi", en la calle Baluarte, propiedad de Jerónimo Romero; el patio "Ronda", sito en el número 18 de la calle de Jerez, antes de la Palma, propiedad de José Ronda; el de "Pelayo", en el número 23 de la calle General Castaños, propiedad de Adela Pelayo; el de "Morera" de la familia Morera Sarmiento; ó, el de "Gamboa" en la Villa Vieja, todo fue un clamor popular de protestas contra los hechos ocurridos.

Sobre la intervención judicial, se hizo público: "El Ilustrado y celoso Juez de primera Instancia, Don José Martín Barrios (quién se mantuvo en su puesto hasta bien entrado el siglo XX, ocupándose de temas escabrosos como el de la polémica cesión municipal de terrenos junto al Hotel Reina Cristina en 1902), practicó las primeras diligencias en averiguación del suceso, ordenando la traslación inmediata de los cadáveres á la sala de autopsias del cementerio, y por corresponder á la jurisdicción de Marina, se hizo cargo del proceso el Sr. Fiscal de esta Comandancia Teniente de Navío D. Agustín Pintano, quién con una actividad digna de elogios empezó á instruir el sumario".

Continuará

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