Cinco meses para la salida

De Westminster a la Calle Real

  • La inestabilidad de la política británica condiciona y retarda los acuerdos del Brexit, que provocan inquietud en una comarca que se juega su futuro

Un hombre luce un cartel contrario a la salida en Londres. Un hombre luce un cartel contrario a la salida en Londres.

Un hombre luce un cartel contrario a la salida en Londres. / Efe

Dice Google que entre La Línea y Londres hay 2.385,8 kilómetros, lo que supone unas 23 horas de viaje. Sin embargo, desde la Calle Real suena en estos días la tormenta de Westminster como si tronara por encima de Sierra Carbonera. Nunca la política británica había incidido de forma tan directa en el futuro de La Línea y el resto del Campo de Gibraltar como ahora, en plena negociación para la salida de la Unión Europea de un Reino Unido que arrastrará a Gibraltar a un lugar desconocido. Y con él, a una parte importantísima de la economía campogibraltareña, muy especialmente la linense.

A poco más de cinco meses de que se haga efectivo el Brexit, los desacuerdos políticos en Londres, a dos, tres y cuatro bandas provocan un estado de incertidumbre dentro de la incógnita general sobre qué sucederá tras la salida. No hay acuerdo sobre el Brexit, pero es que ni siquiera está cerrado del todo el protocolo para la retirada de Gibraltar, ni los memorandos de entendimiento con los que se pretende regir la relación de la Roca y la comarca tras la salida. Y no lo están en buena medida porque se antoja inútil cerrar cualquier pacto hasta que no se despeje el panorama político británico.

El crédito de la primera ministra, Theresa May, empieza a agotarse entre los suyos y la salida para el callejón del Brexit es cada vez más incierta. La negociación está encallada porque se haya condicionada a la tempestad política en la City, con los partidarios del Brexit enfrentados a los que abogan por quedarse y los que defienden una ruptura brusca frente a los que entienden que los conveniente es una más suave. Un enredo interno en el que está sumido sobre todo el Partido Conservador, con la primera ministra, Theresa May, con más enemigos entre sus compañeros de formación que en el adversario, el Partido Laborista, expectante ante la posibilidad de un segundo referéndum.

Una mujer luce una chapa en contra del Brexit Una mujer luce una chapa en contra del Brexit

Una mujer luce una chapa en contra del Brexit

La inestabilidad en el bando británico condiciona la negociación por parte del equipo que encabeza el ministro de Exteriores, Josep Borrell, en los relativo a las medidas prácticas sobre las que se sigue conversando. Según fuentes cercanas al Ministerio, España afronta estas reuniones teniendo muy presente que en cualquier momento la otra parte puede cambiar de idea, bajo la presión de cualquier grupo, o incluso pueden variar los interlocutores, como de hecho ya ha sucedido. También que cualquier paso en la negociación general puede acabar contaminando el caso peculiar de Gibraltar.

Tres cuartos de lo mismo sucede en el equipo de Michel Barnier, negociador jefe de la Unión Europea para el Brexit, que observa con expectación e incertidumbre lo que sucede en los despachos de Londres, donde Theresa May sigue entretenida en contener las rebeliones internas en su partido y en lidiar con dimisiones en su gabinete mientras no consigue imponer una idea común para la salida. El moribundo Plan de Chequers, del que abominan los Brexiteers, tampoco agrada a los líderes europeos. Se trata de un proyecto adoptado en julio 2018, con el cual, de llegar a implementarse, Reino Unido mantendría el acceso al mercado único de mercancías pero no al de servicios. Al mismo tiempo, la parte británica limitaría la libre circulación de los trabajadores.

El panorama se asemeja a una tela de araña. Por un lado están los partidarios de que el Reino Unido no abandone la UE, cada vez más activos. En la consulta del 23 de junio de 2016, un 48,1% de los votantes lo hicieron a favor de quedarse. El 51,9% se pronunció a favor del divorcio. Nadie sabe si se repitiera ahora qué sucedería, pero el Eurobarómetro difundido por el Parlamento Europeo el pasado miércoles refleja que un 51% votaría por continuar en el bloque comuniario. Es decir, existe un tanto por ciento sensible de arrepentidos que aboga por interrumpir la marcha. Más de 100.000 personas participaran hoy en una manifestación por la capital para pedir el segundo referéndum, que puede producirse si Theresa May no logra el apoyo parlamentario necesario para el acuerdo de divorcio con la UE. “La gente votó por el cambio y para recuperar el control, no por el caos económico o para poner en peligro los empleos y derechos difícilmente ganados”, aseveró uno de los organizadores, que ha encontrado respaldo individual en todos los partidos, incluso el de May, así como en sindicatos y otros colectivos.

Más de 100.000 personas están convocadas hoy a una manifestación para pedir un segundo referéndum

En septiembre, los laboristas se expresaron con ambigüedad ante la opción de una nueva consulta.Sólo votaron a favor cuando se estableció como un método para antipar las elecciones. El Partido Liberal Demócrata, una formación bisagra de centro, se ha convertido en el único que enarbola abiertamente la bandera europeísta sin disimulo.

Otra opción es que el 29 de marzo de 2019 el Reino Unido y Gibraltar se vayan sin pacto. En este caso, los expertos dibujan un escenario catastrófico de colapso económico, paralización de rutas y trenes e incluso escasez de alimentos, medicinas y combustible. El Gobierno de la primera ministra británica promueve una tercera vía: el ya explicado Plan Chequers, con el que sobre todo pretende resolver el temido problema de la frontera irlandesa. El plan propone continuar el libre comercio de bienes entre la UE y el Reino Unido, que controlaría los que entren en Irlanda del Norte con destino a la UE a través de la República de Irlanda para que cumplan con los aranceles y las normas sanitarias y de seguridad europeas. Esto ni le gusta a los euroescépticos, que ven demasiada dependencia de la UE ni a los 27, que no quieren un Reino Unido mitad dentro, mitad fuera.

Una última opción significa que el Reino Unido abandonaría la unión aduanera, pero permanecería en el Espacio Económico Europeo (EEE), que incluye a los 28 miembros de la UE más Noruega, Liechtenstein e Islandia. Estos países tienen libertad para fijar sus propios aranceles, se adaptan a las normativas de la UE y dan su aportación al Presupuesto.

Ante semejante galimatías y la falta de una posición común británica, May admitió el jueves que la Unión Europea y el Reino Unido estudian extender el periodo de transición del Brexit durante “unos meses”. Este periodo transitorio está ahora fijado desde el 29 de marzo de 2019, fecha prevista de salida, hasta el 31 de diciembre de 2020. Habría así más tiempo para negociar el acuerdo final de divorcio. Esta idea ha enfurecido aún más a los Brexiteers y ha avivado la tormenta. Mientras tanto, la UE espera. Y en España, concretamente en la Calle Real, resuenan los relámpagos que caen sobre el cielo oscuro de la City.

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