The Vigil | Crítica Cuando el sustrato cultural enriquece

‘The Vigil’, dirigida por Keith Thomas, se suma a los relatos de terror que siguen la estela de la tradición judía. ‘The Vigil’, dirigida por Keith Thomas, se suma a los relatos de terror que siguen la estela de la tradición judía.

‘The Vigil’, dirigida por Keith Thomas, se suma a los relatos de terror que siguen la estela de la tradición judía.

La literatura judía tiene una larga y rica tradición de relatos de terror -demonios, aparecidos, hechiceros- en muchos casos tomados de su riquísimo folklore, con los nombres mayores de Sholem Aleichem e Isaac Bashevis Singer en cabeza. El cine se ha ocupado poco de estas tradiciones y relatos. Aparte del famoso El Golem de Wegener recuerdo el episodio de la aparecida en El violinista en el tejado (estupendo número pre-Tim Burton El sueño de Tevye) no recuerdo muchos casos. Recientemente está desarrollándose una línea judía de terror con películas como JeruZalem o la muy interesante revisión de El Golem de los hermanos Doron y Yoav Paz. A ella podría añadirse The Vigil.

Keith Thomas es un novel director estadounidense de formación judía que en este largometraje de debut -producido por la imparable Blumhouse- toma elementos de la tradición cultural de relatos fantásticos judía, de los ritos religiosos del judaísmo y del Holocausto para construir una original película de terror.

Los elementos con que juega la película son tres. El primero es el shomer, un empleado de la comunidad que vela los cadáveres desde su fallecimiento hasta su entierro en el rito conocido como shemirá, cuyo objetivo es evitar la profanación del cadáver y sobre todo -y es lo más sugestivo- cuidarlo en los momentos posteriores a la muerte en los que el alma, desconcertada por su reciente abandono del cuerpo, sigue apegada a él y es acechada por demonios; en la película el shomer es un joven que, pese a haber perdido la fe y sentirse, no sin sentimiento de culpa, un excluido de la comunidad, acepta el trabajo por las difíciles circunstancias económicas y emocionales en que vive. El segundo elemento, lógicamente, es el cadáver que ha de velar, que es el de un superviviente del Holocausto. Y el tercero está formado por el dybbuk (alma en pena expulsada del infierno que atormenta a los vivos) y el mazzik (diablo), porque los demonios que han atormentado a alguien mientras vivía, no sueltan su presa, sino todo lo contrario, tras su muerte. Elemento de gran importancia, casi cuarto protagonista, es la casa, más bien siniestra, en la que todo tiene lugar en una atmósfera inteligentemente teatral y claustrofóbica. De alguna forma la película y su protagonista son deudores, en el mundo del judaísmo, del Exorcista y su católico padre Karras, el sacerdote atormentado por las dudas de fe y el sentimiento de culpa y dolor que la situación de su madre le produce, elementos que el Diablo aprovechará para destruirlo.

A partir de aquí todo queda en manos del espectador, incluida la posibilidad de enfrentar el terror ficcional nacido de las viejas historias del folklore -o el moderno terror cinematográfico- con el terror real de la memoria del Holocausto. Y si se quiere, de unirlos: parte del folklore judío nace del entrecruzarse de las seguridades religiosas con las persecuciones sufridas.

Esta pequeña película de pocos actores, casi único escenario y medios limitados, sin ser una grandísima obra, aporta originalidad en su tratamiento -pese a algunas concesiones al sobresalto- e interesantes elementos de reflexión. Contiene errores y alguna facilonería, pero su rico sustrato cultural los compensa y el excepcional trabajo de Dave Davis aporta valor dramático en la construcción del protagonista. 

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