La clase de piano | crítica Otra fierecilla domada

Un joven (delincuente) toca el piano maravillosamente en la estación de trenes, con tan buena fortuna de por allí anda a la escucha el mismísimo director del Conservatorio Superior de Música de París (Lambert Wilson). Llega la policía y todo son carreras, pero el vínculo ya está hecho y es cuestión de un segundo encuentro para iniciar el camino de la doma, el éxito y la redención… siempre por amor al Arte.  

Poco después veremos a ese mismo joven en una escena de su infancia, en el momento de la revelación en casa del amable vecino: “algún día serás un gran pianista”, le dice después de haber repetido de oídas unos cuantos acordes.

Así se hacen las malas películas de talento, educación y superación, ese modelo caduco que, casualmente, vuelve a tener éxito en la cartelera francesa con títulos como Una razón brillante, en la que Daniel Auteuil rescataba de la banlieu multicutural a un joven de origen magrebí para convertirla en una campeona del Derecho.

Sin pudor alguno, La clase de piano viaja a velocidad de crucero por su trazado de fórmula contra viento, marea y credibilidad, todo sea por subrayar su edificante mensaje de superación y recompensa del talento (innato) entre obstáculos de pésimo guionista a propósito de maestros iluminados y alumnos difíciles, la condición de clase, el tránsito del duelo, la sana competencia y una idea de la educación musical que haría sonrojar a Nadia Boulanger, de quien precisamente hemos leído esta misma semana un magnífico y revelador libro de conversaciones (Mademoiselle, Ed. Acantilado). Decía la gran maestra de músicos y compositores: “Consentir los caprichos de un niño no es amarlo; amarlo es sacar lo mejor de él, enseñarle a amar lo difícil”. Justo lo contrario que propone esta película.