Petra | Crítica Corazones de piedra

Un mismo gesto se repite en este sexto largometraje de Jaime Rosales: la cámara se desplaza levemente desde fuera del lugar de la escena, como si acechara los acontecimientos por venir hasta encontrar el sitio, casi siempre en movimiento, desde el que mejor observar lo que pasa y lo que se dice, para luego abandonarlo una vez desarrollado o expuesto.

Rosales sigue investigando nuevas formas y figuras de estilo aunque aquí las asiente sobre la potente estructura dramática de la tragedia clásica, una estructura que él mismo descompone, adelanta y retrasa en un transparente puzle narrativo que juega con los tiempos y las expectativas del espectador desde unos rótulos que anticipan cada capítulo en un orden no necesariamente cronológico.

Sobre estos dos principios recurrentes se asienta un film gélido, frío, mineral y rocoso como algunos de los paisajes y lugares por los que transitan sus personajes, una película que nos interesa más en su superficie trágica actualizada que por los múltiples y posibles subtextos históricos (la memoria, las fosas comunes, el padre maléfico), sociológicos (la incomunicación intergeneracional, la juventud desorientada), artísticos (el arte como negocio, el arte como terapia, la verdad del arte), identitarios o edípicos que de ella puedan extraerse con más o menos profundidad.

Jugando un poco a ser Dios (esa música vocal arcana parece recordarnos siempre que estamos conectados con el tiempo y con el mito), Rosales dispone sus elementos como quien observa desde fuera de la pecera (de la puesta en escena), como quien maneja los hilos de unas marionetas (en un logrado tono naturalista que alcanza incluso al pérfido personaje del padre que interpreta estoicamente Joan Botey) que ejecutan la función marcada por su destino trágico de sangre mezclada, interrogantes, mentiras, amor, dolor, humillación, muerte, descendencia y, el última instancia, perdón tras la devastación.

Siempre queda la misma sensación ante cada nueva película de Rosales, por más accesible e integrada que ésta sea, como es el caso de Petra: la de estar ante un ejercicio de inteligencia y control de los elementos que, en todo caso, levanta un muro insalvable para la empatía y la emoción. Hay quien a esto lo llama “cine de la crueldad”.