Buenos principios | Crítica Ellos sí envejecerán juntos

En una escena central de esta película, la pareja que redoblan de la vida real a la ficción Yvan Attal y Charlotte Gainsbourg se dice, citando el título de la famosa y desoladora película de Pialat, “nosotros no envejeceremos juntos”, aparente punto y aparte de una relación de muchos años con cuatro hijos a las espaldas. Se agradece la cita, aunque mucho me temo que los derroteros de esta crisis de pareja y, por extensión, de familia, van por un camino mucho más cómodo, amable y previsible que el desgarro que atravesaba la cinta de 1972.

Basada en una novela de John Fante, Buenos principios juega al espejismo autobiográfico con un perrazo como catalizador de una transformación destinada a vaciar el nido y poner al matrimonio ante la separación definitiva tras años de lógico desgaste. Todo lo que concierne a los hijos y sus vidas más o menos erráticas pesa más bien poco o roza el cliché generacional. Lo que parece interesar a Attal es ese momento crucial del rebobinado y las franquezas, ese cara a cara en el que la mujer, esposa y madre va ganando poco a poco un peso que no tiene y que mueve la balanza de la valentía hacia su lado, al menos aparentemente, dejando a nuestro protagonista lamiéndose las heridas.

Las cuitas de la familia burguesa acomodada buscan su respiradero a través de la escritura de un padre, novelista bloqueado de un solo y lejano éxito, en lo que se antoja, y muy de lejos, como la estrategia narrativa y el elemento que den salida y recompensa a la función. Por suerte, el perro cede protagonismo y se mantiene al margen en la mejor secuencia del filme, esa en la que Attal y Gainsbourg se desatornillan de sus estereotipos gracias a los efectos del hachís mientras suena Brad Mehldau.