Ayla: la hija de la guerra | Crítica Fraternidad turco-coreana

Una imagen de la superproducción turca 'Ayla: la hija de la guerra'. Una imagen de la superproducción turca 'Ayla: la hija de la guerra'.

Una imagen de la superproducción turca 'Ayla: la hija de la guerra'.

Basada en un hecho real, Ayla: la hija de la guerra nos trae una de esas historias bigger tan life que uno pensaba que ya no se filmaban sobre la relación entre un soldado turco enviado a combatir en la Guerra de Corea en 1950 y la cándida niña huérfana de la que se hace cargo su destacamento después de encontrarla en medio del campo de batalla.

Empaquetada a todo lujo, esta superproducción turca no escatima liras a la hora de desplegar sus materiales ultramelodramáticos en las formas de un blockbuster que bien pudiera estar avalado por Jerry Bruckheimer, a saber, mete drones, escenas bélicas espectaculares, explosiones a cámara lenta, colores saturados y músicas enfáticas ahí donde haya que meterlos con tal de rememorar la vieja épica patriótica, el canto a la camaradería militar y el sentimentalismo barato de un cine que nada tuvo y tiene que ver con la realidad.

Si la historia real ya tiene todos los visos de lo rocambolesco (les ahorro el spoiler por si se animan), el guion de Güralp y la dirección de Ulkay lo subrayan aún más y se reservan para su último tramo litros y litros de lágrimas de cocodrilo entre un puente aéreo Ankara-Seúl que, sólo en billetes en primera clase, ya ha debido costar lo suyo.