Un mundo normal | Crítica Últimas voluntades, carretera y manta

Gala Amyach y Ernesto Alterio en una imagen del filme de Achero Mañas. Gala Amyach y Ernesto Alterio en una imagen del filme de Achero Mañas.

Gala Amyach y Ernesto Alterio en una imagen del filme de Achero Mañas.

Veinte años han pasado desde que Achero Mañas se pusiera con El bola al frente de aquel realismo blando de corte social que por entonces era seña de identidad (y prestigio) de un joven cine español con ánimos renovadores al asalto de la industria. Aquel filme, premiado con el Goya, no consiguió empero que la carrera posterior del también actor transitara por los caminos de la calidad o la regularidad, y desde entonces apenas dos películas, Noviembre y Todo lo que tú quieras, han jalonado una trayectoria desconcertante.

Mañas regresa ahora con un filme que se supone de madurez y con ecos autobiográficos, una suerte de expiación del camino de estos veinte años concebido como ajuste de cuentas consigo mismo y, sobre todo, como homenaje a las madres y a las relaciones materno-paterno-filiales que han ocupado el espacio de la vida privada y los afectos elementales. Un filme al que le cuesta coger el tono y el foco entre su primera parte, centrada en la crisis de un actor en plena separación de pareja (Ernesto Alterio, luchando aquí en ocasiones con su natural inclinación cómica), y una segunda en la que el personaje se lanza a las carreteras secundarias en compañía de su madura hija adolescente (Gaya Amyach) con el propósito de cumplir la promesa de arrojar al mar a la madre muerta (Magüi Mira: menos es más).  

Un ineludible espíritu de buen rollo (que puede recordar a aquella Little Miss Sunshine, banda sonora incluida) atraviesa así una película que siempre prefiere el humor al drama, la ligereza a la pesadez, el esperpento incluso (ese féretro recurrente) a la seriedad propia de sus temas, espíritu que se expande en algunas subtramas poco convincentes (la persecución policial, los encuentros sexuales) y que se desdobla también en el retrato de una familia libertaria y unos secundarios (el hermano pianista, su novio, la ex-esposa) que tienen algo de estereotipo y muleta de guionista.

Al fin y al cabo, Un mundo normal sigue evidenciando esa confianza excesiva en lo escrito (y dialogado: mucha cita culta de por medio) en detrimento de la puesta en escena que ya estaba presente en aquellos primeros filmes, por más que ahora, disuelto en las claves de una fábula moral de redención y catarsis, ya no haga falta denunciar nada para alcanzar los propósitos, si acaso celebrar los propios errores y el legado y darles una segunda oportunidad.