Cuñados | Crítica Todo queda en casa

Miguel de Lira, Federico Pérez y Xosé A. Touriñán en una imagen de 'Cuñados'.

Miguel de Lira, Federico Pérez y Xosé A. Touriñán en una imagen de 'Cuñados'.

Leo con asombro que esta comedia gallega y hablada en gallego (aquí la verán doblada, me temo) llega a las salas con más de 120 copias, una cifra que parece responder a unas previsiones demasiado optimistas tal vez basadas en su condición de enredo caricaturesco y costumbrista para descongestionar tensiones pandémicas o a su inequívoco título-reclamo para ese espectador de clase media empobrecida, mustia y asustada.

Más allá de estas expectativas comerciales, Cuñados reivindica el tipismo y el paisaje locales como principales reclamos universales en una estructura bien engrasada a propósito de dos cuñados en crisis y un tercero en discordia que deciden improvisar el golpe de sus vidas que salde las deudas, haga justicia poética de clase contra el empresario corrupto (traficante de pulpo, para más detalles) y, ya de paso, recomponga la estabilidad familiar y la autoestima perdidas en una misma pirueta impulsada por la ingesta de vino artesano y una pizca de suerte.

Todos los participantes en el enredo parecen haber entendido el tono ligero, amable, estereotipado e intrascendente de la propuesta y se prestan con entusiasmo a las idas y venidas de un guion que sabe girar con acierto cuando parece que se le ha agotado la mecha. Son precisamente esos actores (Touriñán, De Lira, Pérez), tantas veces secundarios o carne de serie barata, los que sostienen con gracejo galego este castillo de naipes que está siempre en el límite del desmoronamiento, una película salida de otra época que, peajes de film commission y subvención autonómica-municipal mediante, entronca con la vieja tradición de la comedia regionalista al tiempo que mira de reojo a ese cine francés ambientado en el rural o la provincia destinado a la exportación europea.