En un barrio de Nueva York | Crítica Por fin un gran musical

Anthony Ramos y Melissa Barrera, en una escena de 'En un barrio de Nueva York'.

Anthony Ramos y Melissa Barrera, en una escena de 'En un barrio de Nueva York'. / Warnes Bros

El éxito de este muy buen musical no supone, como se ha escrito y dicho, el triunfo de lo latino en Broadway y Hollywood. La influencia latina en la música americana se remonta, como mínimo, a los años 20 y 30, tanto en el jazz como en la música popular bailable. En el jazz alcanzó una plenitud ya no abandonada con Machito y Mario Bauzá al frente de la banda Afro-Cubans, con Dizzy Gillespie y su afrocuban jazz o con Tito Puente. En la música popular bailable triunfó con Xavier Cugat desde los años 20 en el Cononaut Grove de Los Ángeles y desde los 30 en el Waldorf-Astoria de Nueva York. En Hollywood Cugat participó en muchos musicales Metro desde los años 40 y el musical de inspiración latina, con músicas muy adaptadas al gusto estadounidense, triunfó desde la aparición del sonoro con Dolores del Río en Volando a Río de Janeiro (debut de Astaire & Rogers bailando The Carioca) o In caliente, alcanzando la moda latina su cumbre con el éxito de Carmen Miranda, la actriz y cantante mejor pagada de Hollywood en los 40. Para un tratamiento dramático de gran impacto que aborde los problemas de la comunidad latina habrá que esperar al estreno de West Side Story en 1957 –llevada al cine en 1961 por Robbins-Wise y ahora por Spielberg– para la que Leonard Bernstein compuso los números Dance at the Gymn-Mambo o América, en los que la gran Rita Moreno interpretó el papel que en teatro había estado a cargo de otra gran estrella latina, Chita Rivera.

Dicho lo cual hay que añadir que el triunfo de Lin-Manuel Miranda en Broadway con sus musicales In the Heights (2008) y Hamilton (2015, grabada por Disney en 2020 en su espectacular versión teatral) carece de precedentes. Broadway fue desde el principio un territorio abierto a los nuevos americanos de primera generación, muchos de ellos hijos de inmigrantes judíos de Centroeuropa (Irving Berlin, George Gershwin, Jerome Kern, Jule Styne, Frederick Loewe o Leonard Bernstein). Pero nunca un compositor de origen latino logró en sus escenarios el éxito alcanzado por Lin-Manuel Miranda. In the Heights fue nominado a 13 Tony, obteniendo 5; Hamilton fue nominado a 16, obteniendo 9, además del Pulitzer y otros premios. Esto lo convierte en parte de la historia de Broadway.

En su laborioso traslado al cine que ha tardado 12 años –lo que incluye la caída del imperio Weinstein que había comprado los derechos– In the Heights ha perdido, dicen quienes la han visto representada, parte de la fuerza que tenía en teatro. Pero esta debía ser tanta, como demuestran su larga permanencia en cartel y sus premios, que la película resulta ser uno de los mejores musicales visto en años, dado que el género -¡ay!- entró en catalepsia en los 70, con Bob Fosse como su último genio creativo. Tal vez esta pérdida en el transfer del teatro al cine se deba a la elección del director, Jon M. Chu, que suma en su filmografía algunos musicales mediocres (dos entregas de Street Dance, Jem y los hologramas y especiales de Justin Biber) y algunos títulos sin interés (G.I. Joe: la venganza o Ahora me ves 2). En la siempre complicada comparación entre Broadway y la de Hollywood unas veces la versión cinematográfica gana a la teatral (casos supremos de The Band Wagon, West Side Story o My Fair Lady) y otras el cine destroza grandísimos musicales (caso más lamentable, el de Chicago).

Su mayor valor no radica en sus homenajes al pasado, sino en su frescura, su música y sus coreografías

Pese a ello este musical ofrece extraordinarios números, musicalmente interesantes en su mezcla de músicas urbanas y latinas (muy suavizadas en lo que a sus aspectos más agresivos se refiere, como corresponde al universo Broadway), espléndidamente coreografiados y excelentemente cantados y bailados. El arranque, al que he encontrado un aire muy Jacques Demy por plantear situaciones de la vida cotidiana cantando y bailando, es tan soberbio que entran dudas de si se podrá mantener ese pulso de casi 10 minutos toda la película. Se puede. Esta historia, que recuerda un poco a la hermosa Smoke de Wang y Auster al centrarse en la tienda de un barrio, es bienintencionada, optimista y romántica. Lo que se le ha criticado, pese a ser virtudes propias de la mayor parte de los musicales. Trata de la búsqueda de la felicidad personal, del sueño americano y de las luchas para alcanzarlos en la comunidad latina del neoyorquino Washington Heitghts. También temas muy propios del musical, ya sea en clave de comedia o dramática. Tal vez por eso más de una vez, además de a Jacques Demy, el muy buen planteamiento coreográfico de Christopher Scott hace guiños al musical clásico –Fred Astaire, Gene Kelly o Busby Berkeley– y moderno –Jerome Robbins o Bob Fosse–. Aunque su valor mayor no son sus homenajes al pasado sino su frescura, su música y sus coreografías. Las cosas que hacen grande a un musical. Y este lo es.

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