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Gato busca cascabel: presente y futuro de un festival de cine

  • Hay público, hay ganas y hay una idea: es el momento de replantear el rumbo de un certamen que ha ido dramáticamente a menos y al que le sobran películas (malas).

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Mal se han hecho las cosas cuando, en plena semana del festival, algunas de las mejores películas europeas de la temporada pueden verse en los cines comerciales de la ciudad y no en su programación. Los Dardenne, Von Trier, Moretti, Almodóvar o Leigh que se proyectan en las salas sevillanas sí que representan realmente una parte, tal vez la más conocida, de la excelencia, la singularidad, la diversidad y la vitalidad de la mejor tradición autoral de ese gran cine europeo que aquí se invoca cada año y que, en esta octava edición, apenas nos ha dejado un título para el recuerdo, Le Havre, del maestro finlandés Aki Kaurismäki.

Junto a ella, un puñado de filmes destacables (The Turin Horse, Elena, The Artist, Shame, Policeman, Oslo, august 31st, Mercado de futuros...), muchos de ellos de inminente estreno, aparecían de forma previsible entre una inflada centena larga de títulos menores que sólo representan la mediocridad uniformada y roma del cine europeo avalado por las instituciones oficiales, que ha encontrado en este evento la mesa y el mantel puestos para una invitación perpetua en la que no se pagan ni unas aceitunas. El desastroso palmarés, salido de una polvorienta y oxidada máquina del tiempo, sólo podía confirmar esta inercia.

Con la que se nos viene encima, es momento de replantear el rumbo de un festival que, en su actual modelo, ha ido dramáticamente a menos, un certamen al que le sobran películas (malas) y no le falta tanto presupuesto como repite la eterna cantinela de sus gestores y directores artísticos, que piden mucho y dan muy poco a cambio; enésima prueba, llevamos años escribiéndolo, de que lo que aquí escasea es el trabajo previo serio y riguroso, el buen criterio (no digamos ya el buen gusto), la sensatez y las ideas claras a la hora de compensar un festival con sus verdaderas dimensiones y posibilidades.

Sevilla no debería mirar tanto a San Sebastián, Valladolid, Sitges o Málaga, modelos inalcanzables y caducos, como a Gijón, Las Palmas, Navarra (Punto de Vista), Madrid (Documenta), Bilbao (Zinebi) y, si me apuran, a otros eventos de cine europeo, mucho más modestos y sorprendentemente mejor programados, como el Muces de Segovia o el Cineuropa de Santiago de Compostela.

Tenemos el público, fiel y agradecido, tenemos la ciudad, tenemos las ganas y tenemos la idea, que sigue siendo válida. Ahora toca estrujarla, pulirla, darle una vuelta (o dos), limpiarla de suciedad y falsas expectativas (ese cancerígeno horizonte de los inocuos Premios EFA, ese lastre de la industria), saldar las deudas, montar un equipo estable y permanente con verdaderos programadores y especialistas, valorar y entender el cine como parte esencial de la cultura, del arte incluso, pongámonos soñadores, y no contentarnos con la esclavitud del entretenimiento con pedigrí de alfombra roja y el llenazo como únicos argumentos para el éxito y la supervivencia.

Las instituciones responsables saben que cargarse un festival con 70.000 espectadores sería impopular, además de un innecesario sacrificio para una ciudad que cada día pierde más comba en la llegada de otros cines a la cartelera. Ahora les toca, con el cinturón más apretado, vale, ponerle el cascabel a un gato dócil, triste y azul, que diría el cantante brasileño, y que siempre se dejará querer a poco que se le mime.

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