Los muertos no mueren | Crítica Jarmusch bendiga a América

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Para Jim Jarmusch los géneros siempre han sido un cómodo molde para trabajar y reescribir esa particular filosofía, una filosofía tan vital como cinéfila, que le permite observar el mundo, más concretamente a la sociedad y la cultura norteamericanas, a mitad de camino entre el retrato seco y socarrón, la cultura pop, la herencia de la mejor tradición literaria y un presente poco halagüeño que, en cualquier caso, merece la pena contar aunque sea con un poco de ironía.

Lo hizo con el western (Dead man), con el cine de samuráis y mafiosos (Ghost dog), con el de espías internacionales (Los límites del control), con el de vampiros sedientos (Sólo los amantes sobreviven) y lo hace ahora, tras el paréntesis lírico de Paterson, con ese cine de zombis que tiene a Romero o a Carpenter como referentes de un universo apocalíptico y en descomposición que ha servido siempre, como sucede en la buena ciencia-ficción y el cine de terror, para diagnosticar algunas enfermedades contemporáneas y su propagación inmediata.

El Centerville acogedor y amable de su película, una suerte de Twin Peaks jarmuschiano dispuesto para otro tipo de misterios, funciona así como reducción a escala del tejido social norteamericano en el que las fuerzas del orden, los comerciantes, los justicieros trumpistas, los parroquianos de la cafetería, los jóvenes hípsters, los niños traviesos, el ermitaño del bosque o la dueña de la funeraria local trazan un pintoresco y entrañable mapa humano que el director de Bajo el peso de la ley observa siempre con ese toque de humor minimalista y extrañamiento que convierte a cada uno, en su singularidad, en protagonista de una batalla que no es tanto contra los zombis que se despiertan al anochecer por culpa del cambio de rotación del planeta provocado por el fraking (¡bravo!), sino contra la propia estupidez que, como el personaje de Tom Waits se encarga de recordarnos en una coda algo innecesaria, nos ha convertido a todos, sin saberlo, en pequeños muertos vivientes diurnos, erguidos y satisfechos.

Da gusto ver así a Bill Murray, Adam Driver, Clhoë Sevigny, Steve Buscemi o a la extraterrestre (aquí más que nunca) Tilda Swinton mascando lentamente, como personajes salidos de un western de Hawks, esos maravillosos soliloquios y diálogos repetidos y autonconscientes (de la canción principal de Sturgill Simpson al propio guion de la película), recreándose en esa dilatación trascendental marca de la casa con la que Jarmusch crea ese cadencioso ritmo interno para una comedia que es siempre más filosófica, literaria (Poe, Melville), cinéfila (prueben a encontrar todas las pistas y guiños, de Nosferatu a Star Wars) y humana de lo que esa renovada casquería de polvo y píxeles nos deja ver.