Premios Goya en Málaga

Y Ángela Molina nos devolvió la esperanza

Ángela Molina, con su Goya de Honor, junto a Jaime Chávarri. Ángela Molina, con su Goya de Honor, junto a Jaime Chávarri.

Ángela Molina, con su Goya de Honor, junto a Jaime Chávarri. / Miguel Córdoba / Academia de Cine

Al aparecer en el escenario del Teatro del Soho para recibir su Goya de Honor, Ángela Molina anunció con una sola frase que nos ayudaría a reconciliarnos con el mundo. "He recibido tanto de la vida", dijo. Poco antes, su aliado Jaime Chávarri la había definido con palabras certeras: luz, calor, vida. "Sigues iluminando el cine español con tu talento, tu belleza", le comentó su director en Bearn o la sala de las muñecas Las cosas del querer. Y no se equivocaba Chávarri. Con Ángela se incendió todo. 

Molina dio "gracias a Dios, por el amor que no distingue lo sagrado de lo vivo". Recordó a sus padres, que le despertaban "una ola de amor" y añadió después que "hace algún tiempo, mucho en el calendario, poco en el corazón", su progenitor actuó una vez en ese teatro. "Estaría orgullosa de que yo aquí reciba lo que para él era el alma de su arte, el cariño del público". 

La intérprete, que en su intervención derrochó esa presencia rotunda que desprende en pantalla, afirmó que ese Goya sólo sería suyo "si lo comparto con todos los oficios del cine". Y habló de un país, España, en el que habita una "gente generosa, noble, buena, leal" que en las "horas más difíciles, necesitamos vivir para querer, querer para vivir", argumentó. Y en sus palabras, en su emoción, el espectador recuperaba la confianza en las cosas. 

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