historias de algeciras

Ni la primera ni la última (y II)

  • Tras la pertinente boda, Juan y María Teresa se convirtieron en padres de una niña a la que pretendieron dar la mejor educación posible

  • A pesar de ello, su honra quedó "manchada"

El Puente Viejo era parte del camino diario de Juan.

El Puente Viejo era parte del camino diario de Juan.

Siguiendo en el contexto matrimonial contemporáneo de Juan y María Teresa, comentar la importancia social de las ceremonias que se desarrollaban durante, por ejemplo, el periodo de luto por el fallecimiento de algún familiar de los contrayentes, o urgente incorporación militar al nuevo destino del novio, tal como el que sigue: "En la Iglesia parroquial de la Palma, se produjo el casamiento de la señorita Rosalía García con el Teniente de Navío D. Agustín Pintado. A causa del luto familiar de la desposada no asistieron al acto más que las personas emparentadas con los contrayentes […] Posteriormente el novio se trasladó a su nuevo destino". De regreso, a buen seguro, menos suntuosa boda de Juan y María Teresa, esta tendría otro desarrollo más acorde lógicamente con sus exiguas posibilidades económicas. Como mucho, tras la matutina ceremonia, quizá pudieron celebrar un modesto desayuno, entre parientes y vecinos mas allegados; costumbre esta muy extendida entre las familias con menos posibles.

Dada la zona del distrito de San Isidro, donde tanto la novia como el novio residieron durante su juventud, bien pudieron estar en la pequeña e íntima celebración amigos, vecinos o allegados, como el popular Francisco Piña, personaje conocido por todo el vecindario, dado su trabajo como barbero, teniendo su establecimiento en número 5 de la calle de Sevilla; el alfarero Andrés Revolo, quien tenía su domicilio en la calle Montereros, 17; o, José García, vecino residente en el número 27 del popular Callejón de Jesús. Sea como fuere, los cónyuges comenzaron una esperanzadora vida en común en aquella Algeciras que estaba a punto de saludar al nuevo siglo XX. Juan seguía con su rutinaria vida de casa al trabajo y del trabajo a la casa, utilizando –al parecer, dada la lógica del caminante–, entre ambos destinos vitales de su humilde existencia el llamado Puente Viejo que conectaba ambas bandas del río y la transitada calle de la Alameda. Tras llegar a la plaza de la Caridad y dejar atrás el hospital del mismo nombre, enfilaría la calle Nueva que le conduciría al barrio donde tenía enclavado su feliz hogar. Con el normal paso del tiempo María Teresa quedó embarazada, dando a luz, cuando la tiranía de la Natura creyó oportuno, a una hermosa niña a la cual se cristianó con el mismo nombre que el de su madre.

Al ser hija única y dada la fijeza en el trabajo de Juan, ambos progenitores bien pudieron para la educación de su hija estrechar su economía familiar y matricularla en una escuela de cierto renombre y prepararla como a una señorita bien. Por aquellos años y en el centro regido por las monjas concepcionistas se procedió a realizar: "Exámenes de ingreso al colegio de las religiosas de la Inmaculada Concepción". Días después de aquellas pruebas evaluativas y en una de las salas del centro: "Fueron expuestas labores de las colegialas del anterior curso de los diferentes primores con el gusto artístico que distingue a las religiosas: bordados de todas clases, tarjeteros, papeleras, pilas para agua bendita, ornamentos de iglesia, cuadros al óleo, al lápiz, a la acuarela e infinidad de objetos […] patentizaban el talento de las hermanas profesoras de dibujo y de la aplicación de las señoritas que los exponían". Prosiguiendo el texto consultado: "De 1 a 4 de la tarde desfilaron por el colegio distintas concurrencias que admiraban los objetos expuestos y felicitaban a las religiosas que, con tanta asiduidad como talento, trabajan en pro de la cultura femenina de Algeciras".

La posible y laudable pretensión de dar a su hija una educación muy por encima de la que ellos recibieron, implicaba un gran sacrificio económico familiar, pues, no en vano, entre las alumnas de aquel centro se encontraban apellidos tan alejados de la realidad social de Juan y María Teresa como: Alcoba, Muro, Nicart, G. Quevedo, Santos, Oñate o Guadalupe. Por el bien de su hija, el reto fue afrontado.

La intención era educar a la niña para que se convirtiera en una señorita bien

Existían otras posibilidades como la sección pública de niñas del colegio de la Palma, donde la formación básica sin duda estaría asegurada, pero carecía de la visión social del anterior, como lo probaban: "Las pésimas condiciones del público centro". Situación que se agravó con el siguiente y documentado desastre: "En la Escuela Pública de niños se incendió un quinqué, que al romperse prendió fuego a uno de los pupitres, pero sin producir ninguna desgracia en los niños que precisamente estaban en clase en aquel momento. El fuego fue apagado en el momento, si bien a las voces de algunos niños que huyeron, acudieron alarmados algunos vecinos de la calle". Prosiguiendo el documento estudiado: "El director de la Escuela dio cuenta del suceso al Alcalde, indicándole la conveniencia de que en vez del gas sea alumbrado el local de la clase nocturna con luz eléctrica, y el Alcalde señor Santacana ofreció ocuparse del asunto porque no es posible dijo, hacer aumento en el presupuesto". Ni Juan ni su esposa estaban dispuestos a exponer a su pequeña María Teresa a aquellos peligros, por mucho que el respetado Alcalde de las Conferencias se comprometiera a solucionarlos.

Extracto de la declaración del padre y novio de la joven María Teresa. Extracto de la declaración del padre y novio de la joven María Teresa.

Extracto de la declaración del padre y novio de la joven María Teresa.

Como último recurso existían los pequeños colegios privados, como el de la Señorita Lucía, que tampoco estaba exento de sus riesgos, pues según también fue recogido: "Hace varios días un individuo hijo de la maestra, entró en el colegio que esta tiene establecido en sitio céntrico, y sin saberse la causa, pretendía navaja en mano matar a dos de las alumnas. Las dos muchachas y el resto de sus compañeras al ver la hostil actitud del individuo, la emprendieron a gritos pidiendo auxilio". Pasado el peligro, los preocupados padres de aquella única y amada hija, tenían la decisión tomada: el colegio del distrito de la Caridad ganaba la partida.

Pero como la absoluta seguridad no existe, curiosamente otro hecho demostró que tampoco el concepto privativo de los centros suponía un escudo que impidiera las vicisitudes negativas de la vida: "A la hora de la salida se presentó una mujer en el colegio que tienen a su cargo las Hermanitas de la Caridad y llamó a una alumna [...] Ya se disponían a entregar a la niña creyendo que la mujer aquella fuera una nueva criada de la casa cuando se presentó la verdadera criada [...] Al oír la desconocida que preguntaban por la alumna [...] dio a correr por la calle sin que pudiera, hasta ahora, averiguarse quién fuera y el qué se proponía aquella desconocida. La policía hace activas gestiones para descubrirla". Pasado y olvidado el susto, la pequeña María Teresa tuvo la formación que el sacrificio de sus abnegados padres pudieron ofrecerle. Ya les hubiera gustado que incluso hubiese aprendido a tocar el piano como las niñas bien, pero el sueldo, incluidas la horas extras, no daba para más.

Y así pasaron los años. Y los tres componentes de la familia fueron testigos, además de los actos de la Conferencia Internacional, entre otras, de la visita real, o de la implantación en nuestra ciudad del Banco de España. La que fuera pequeña María Teresa dejó de ser una niña para convertirse en una mujer. A buen seguro, un día la madre le comunicaría a Juan que la niña: "Había ido por primera vez a Gibraltar"; frase hecha, muy de la zona, para señalar el paso de niña a mujer. Mirando aquel natural cambio en quien hacía muy poco tiempo paseaba de la mano de sus padres por la Plaza Alta, se preguntarían: "¿Quién será el prospero galán de buena familia que enamorará a nuestra hija?". Para tal meta, la vigilancia sobre la joven era la común de la época: la ida o regreso del colegio siempre en compañía; en los paseos, nada de coincidir con el horario de ídem con los soldados; y por supuesto, la obligada figura de la tradicional "carabina", en caso de la no presencia parental. La regla de oro coercitiva era sin duda la siguiente: absoluta obligación de pasear por la calle Convento, dirección Plaza Alta, por el marchapie de la derecha, pues en el de la izquierda estaba la frontera del pecado que conducía a la calle Munición. Barrio –aún– en fase de adquisición de "alegre fama" dada la gran presencia de reclutas destinados al recién creado Protectorado español. Aunque lo cierto era que las casas de tapaíllo bien podrían encontrarse en las calles y rincones menos insospechados; por ejemplo, en la cercana calle Sevilla, no lejos de la entrada trasera al elegante Banco de España.

Hasta aquel entonces, algún que otro pollo "sin oficio ni beneficio", había intentado acercarse a la joven. Juan los había rápidamente "espantado", o al menos, eso había creído él. Y como Dios se ríe de los planes de los hombres, aconteció una mañana –según un descendiente directo del supuesto "pecado" con pruebas y argumentos–, que: cuando Juan regresaba a casa después de una dura noche de trabajo, al entrar en casa encontró a madre e hija llorando. María Teresa, su pequeña, su ojito derecho, estaba –según familiar versión que ha circulado en baja voz por generaciones–, ¡embarazada! Tras sentirse seguramente el mayor de los padres fracasados del mundo –¡cuántas ilusiones se habían marchado en un segundo!–, y de culparse, tal vez, de no haberla vigilado en "corto", como otras tantas veces pensó pero nunca dijo, llegó a una conclusión: por el bien del futuro de su hija, por la familia, por los vecinos, por el que dirán, había que limpiar la honra de la futura y pecadora madre. Y así surgió el siguiente texto legal, reflejo de la frustración paterna, quien parafraseando a mi siempre admirado Quevedo: "lamentaría que su hija no defendiera su honra a pies juntillas, con la misma fuerza con la que facilitó el pecado con las piernas abiertas".

Tras el casamiento la inocencia perdida de la joven quedó, de inmediato, reparada

Expresando el citado texto reparador: "Juan G. Ch. casado y empleado, quiere hacer constar [...], las espontáneas manifestaciones que Juan R. Ll., 18 años, soltero, empleado y de esta vecindad [...], se ha ofrecido hacer acerca de la conducta que ha seguido con su hija menor María Teresa G. B. soltera y 17 años de edad. Manifestando el R. Ll. libremente lo siguiente: Que tenía y tiene relaciones lícitas con la Señorita María Teresa G. que no pudiendo verla y hallarla con la frecuencia y libertad que deseaba, aprovechó la noche del primero de noviembre, en que el padre de la misma estaba de servicio y valiéndose de una llave falsa, penetró en la casa y alcoba donde se encontraba dicha señorita y con promesa de próximo casamiento y halagos, consiguió vencer la resistencia de aquella y tuvo acceso con ella quedando embarazada […] Que está dispuesto á reparar su falta casándose con la nombrada señorita, y si desde luego no lo ha hecho ya, es por haberle negado su padre el consentimiento necesario para ello; pero que desde luego se obliga á casarse tan pronto como obtenga dicho consentimiento ó en otro caso cuando consiga emanciparse por cualquiera de los medios que la Ley establece".

La noticia del embarazo se hizo "discretamente pública" para general conocimiento, cuando la amiga de una amiga "cantó la gallina". Y ambos jóvenes se casaron; y como si del bálsamo –social– de Fierabrás se tratara, milagrosamente la inocencia de la joven quedó reparada; la hombría del novio manifiesta y el apellido familiar sin mácula. La mecánica social había funcionado.

Cuando la naturaleza cumplió el encargo, llegó a este mundo un robusto niño que engrosaría el censo del vecindario del viejo barrio de Matagorda. Y el familiar informador confirma: "desde aquel día unos abuelos pasearon frecuentemente con su nieto. Que en To Santos le bajaban hasta el mercado a comprarle cañadú. Que cada 5 de enero, su abuelo, como si la vida le fuera en ello le preparaba una ristra de latas de las que venían de Gibraltar atadas con guita-redera, para que el nieto las arrastrara por las mismas calles que él zapateó de pequeño con el mismo fin: que los aristocráticos Reyes Magos no pasaran de largo sobre los pobres y humildes hogares de Algeciras. Y en junio, gustaban de llevarlo al cerromercao, y comprarle las chucherías propias de aquellos tradicionales tres días de feria. Los babeantes abuelos pronto comprendieron mirando a su nieto que el sentimiento está muy por encima de un documento legalizado por muy timbrado por el Estado que estuviere.

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